Escena de la versión de El prisionero de Zenda de 1937
Historias de película
El remake que copió plano por plano una mítica película de aventuras de 1937 y aun así mejoró la original
Realizada en Technicolor y con un elenco de actores ingleses es una de las mejores películas de capa y espada de todos los tiempos
A principios de los años 50, los grandes estudios cinematográficos sufrieron una crisis de taquilla debido a la rápida expansión de la televisión en las salas de estar norteamericanas. En 1950, sólo el 9% de los americanos tenía televisión frente al 86% que lo tenía en 1959. En 1946, la industria cinematográfica tuvo unos beneficios de taquilla de 120 millones de dólares y en 1953, de 22,5. Así que la industria del cine, en plena transformación, tenía que invertir en películas con un riesgo controlado.
Para recuperar al público que sólo unos años antes iba a las salas en tropel, Hollywood apostó por el espectáculo visual que la pequeña pantalla no podía ofrecer y eso se tradujo en una oleada de superproducciones de acción histórica y aventuras -con el cine de piratas, de romanos y de capa y espada como estandartes-, que resultaban idóneos para el despliegue de grandes decorados y extras.
En este contexto, la Metro-Goldwyn-Mayer con Pandro S. Berman a la cabeza, se fija en El prisionero de Zenda, la exitosa película producida por David O. Selznick en 1937 y que era una adaptación de la novela homónima de Anthony Hope que ya había contado con una versión muda en 1922. Dirigida por John Cromwell y protagonizada por Ronald Colman, Madeleine Carroll y Douglas Fairbanks Jr., la MGM justificó su interés en volver a producirla apenas 15 años después de su estreno, por su deseo de sacar adelante proyectos «antiguos» en el esplendoroso Technicolor de tres tiras que se imponía en los cines. Y es que el color se estaba convirtiendo en uno de los principales reclamos de los estudios frente a la televisión monocroma.
Selznick no se hizo demasiado de rogar y le vendió los derechos a la MGM por 225.000 dólares, derechos que, a su vez, él le había comprado en 1931 a la MGM, productora de la película muda.
Con los derechos en la mano, la MGM tira de su nómina de actores y recurre al que estaba más de moda en el cine de aventuras: Stewart Granger. Tras el arrollador éxito del actor inglés con Las minas del rey Salomón y Scaramouche, el estudio no duda en volver a utilizarle como héroe de una cinta comercial y de prestigio donde, además, puede interpretar con solvencia a dos personajes: el rey Rodolfo V y su primo Rodolfo Rassendyll.
Para el papel de su heroína coprotagonista se piensa en la esposa de Granger, Jean Simmons, pero la actriz está metida de lleno en el noir Cara de ángel y en la cinta de sandalia y arena La túnica sagrada y, muy a su pesar, lo rechaza. Piensan entonces en Eleanor Parker, coprotagonista de Scaramouche, pero resulta demasiado indómita para el personaje de princesa Flavia. Así que la MGM ofrece el papel a Deborah Kerr a quien tiene en nómina en el estudio a razón de 700 dólares a la semana, trabaje o no, que lo acepta entusiasmada.
Junto a ellos y en el papel de villano entra uno de los actores más versátiles de su tiempo que venía de hacer Rommel, el Zorro del Desierto y que estaba a punto de embarcarse en 20.000 leguas de viaje submarino y Ha nacido una estrella, James Mason.
El estudio recurre a uno de sus mejores para obrar el milagro que no es otro que rodar deprisa y controlando los gastos al céntimo: Richard Thorpe. Tras reunirse con él, el productor y él concluyen que no es necesario tocar una coma del guion de John L. Balderston de la versión del año 37 ni tampoco una sola nota de la partitura original de Alfred Newman. Es más, Berman y Thorpe deciden algo extraordinario: utilizar las mismas composiciones de plano y los mismos movimientos de cámara en todas las escenas del filme salvo algunas contadísimas excepciones.
Este hecho insólito a nadie le pasó inadvertido. El diario inglés The Spectator dijo en el momento de su estreno: «Aunque es inevitable notar que Richard Thorpe ha seguido casi de manera servil las pautas de la producción de Selznick de hace quince años, el resultado sigue siendo un entretenimiento de primera clase. Hay una maravillosa ligereza en la dirección y un reparto británico que se mueve como pez en el agua en esta fantasía de honor, traición y monóculos».
Los descomunales decorados, el deslumbrante Technicolor, la belleza y la luminosidad de cada plano, la emoción en las escenas de amor y en los duelos de espada y, sobre todo, el carisma de grandioso Stewart Granger obraron el milagro rara veces conseguido: que la copia sea mejor aún que el original. Y así lo remarcó el diario The Washington Post: «Si vas a hacer un remake, hazlo a lo grande».