Yuval Abraham y Rachel Szor, directores del documental Naza
Cine
El documental sobre Israel y Gaza que ha sacudido el Festival de Venecia
Yuval Abraham y Rachel Szor son los directores de Naza
La reconstrucción del sistema con el que las fuerzas de seguridad israelíes planifican desde sus escritorios los ataques a Gaza, estimando fríamente la cantidad de víctimas inocentes, acaparó la atención de público y crítica en el documental Naza que compuso la novena jornada del 83º Festival Internacional de Cine de Venecia. Lo acompañaba en el concurso un film ultrafrancés Poco antes de medianoche de Nicolas Pariser, donde a través de interminables diálogos por las calles de una París en revuelta sofocada por el ejército y la policía, un mujeriego rememora sus andanzas amorosas. Naza es la palabra inventada por los israelíes para denominar a las víctimas inocentes de un bombardeo y el film de Yuval Abraham y Rachel Szor, notables por haber sido dos de los cuatro directores de No Other Land, sobre la tierra negada a los palestinos, ganadora del Oscar 2025 al mejor documental, está inspirada en una serie de artículos que publicó el diario de izquierda inglés The Guardian, uno de los productores del film.
Desde la seguridad relativa de los techos de una Tel Aviv aparentemente despreocupada de lo que está ocurriendo en Gaza a escasos sesenta kilómetros de distancia, Abraham y Szor entrevistan a una serie de personas que seleccionan, programan y hasta ejecutan materialmente los ataques a edificios civiles donde se supone que viven integrantes de Hamas con sus familiares. Los entrevistados, cuyos rostros y voces han sido convenientemente deformados para evitar cualquier tipo de represalias, confiesan con aparente distanciamiento todas estas operaciones que el mundo entero califica como crímenes contra la humanidad mientras Israel continúa definiéndolos operativos de autodefensa.
Solo en los tres minutos finales, cuando se ve a un hombre tratar de hablar con su familia sepultada en los restos de su casa o una cantidad de piernas y brazos que asoman de entre los escombros, el film logra despertar un momento de emoción en el espectador, hasta ese momento sometido a una exhaustiva información que desmiente las afirmaciones del gobierno israelí.
Nicolas Pariser es un parisino de 52 años que pasó de la crítica de cine a la realización, ganando en 2015 el premio Louis Delluc a la mejor ópera prima con Le grand jeu. Esta es su primera aparición en Venecia, después de haber dedicado su obra anterior a Cannes y especialmente a la prestigiosa sección paralela Quincena de Realizadores. Su cuarto largometraje, aparentemente autobiográfico, cuenta de un cincuentón en crisis de pareja que vagabundea por las calles de una París caótica, asediada entre revoltosos y fuerzas del orden y en vísperas de un giro autoritario, encontrándose con viejos amigos de su época de periodista y con su hija adolescente que participa en cuanta manifestación se esté haciendo en ese momento.
Léo, que lleva la cara sufrida y a la vez tierna y sensible de Melvil Poupaud, empieza a interrogarse sobre su misma existencia y al trato mantenido con sus mujeres y en vísperas de viajar a Italia para recibir una infructífera herencia de un padre que nunca conoció y encontrarse con una hermana, también desconocida (Chiara Mastroianni). Todo está contado a través de diálogos y caminatas por las calles de una París habitada por multitudes tan desorientadas como él y que hacen de este film literario y teatral, sin acción aparente, un producto típico de ese cine intelectual y conversado que tiene como única nacionalidad la francesa.
El resto de la jornada transcurrió entre la autocelebrativa What Love Builds (Todo lo que el amor construye) en el que Russell Crowe rememora su pasado de cantante y compositor de música rock, dejada en sombra por su éxito como actor, mezclando viejas entrevistas y escenas de un concierto del 2024, y el sorprendente documental El fantasma del argentino Ignacio Masllorens sobre un artista olvidado de su país de la década del sesenta del siglo pasado. El fantasma es un film que aparentemente se realiza fortuitamente día a día (pero la maestría de Masllorens en tratar de convencer al espectador de que lo que está pasando no estaba previsto en el guion nos lo hace dudar). Su película revive la trayectoria de un artista plástico argentino, Rubén Santantonín, que falleció joven, a los 45 años de un ataque al corazón, tras haber quemado toda la propia obra que tenia en su poder.
Presentado en la sección independiente Giornate degli Autori, con un único premio votado por el público, el fantasma del título es el del propio Santantonín que en ese aparente delirio que fue el arte conceptual del siglo XX, más que dejar una obra tras de sí, hoy prácticamente invisible ya que sobreviven algunas pocas esculturas (él las llamaba «objetos») y aún menos fotos contribuyó sobre todo a que otros artistas de su época sí las dejaran. Uno de ellos es David Lamelas, uno de los líderes de la vanguardia argentina de los sesenta, que conduce la trama y a sus juveniles 80 años (contra los 19 que dice sentirse) rememora certera y emotivamente un período de extrema libertad y vitalidad en Argentina que interrumpió el golpe militar de 1966.