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Raúl Castro y el Che Guevara en 1958

El desencanto de los intelectuales que apoyaron la Revolución cubana

Al régimen, que lleva sesenta años desmoronándose física e íntimamente, ya casi no le quedan andamios ni poetas que le canten

Dijo ayer Leonardo Padura en la Feria del Libro de Guadalajara, en México, que «el exilio es uno de los mayores dramas de los cubanos». Algo se mueve mucho (siempre se anduvo moviendo, aunque no se veía) hoy en la isla anclada en los 50, quizá como los coches antiguos, de colores vivos, de los que sólo queda la fachada: por dentro son todo reciclajes, como las casas, de modo que todo parece igual que hace sesenta años, pero en realidad es un decorado, como una calle del Oeste, un plató al aire libre en cuyas interioridades está la vida perdida por la Revolución perdida. Algo así como la generación perdida de los años veinte multiplicada por muchas generaciones perdidas. Contó García Márquez, amigo personal de Fidel Castro, que un día entró en el coche presidencial y en el asiento había un libro. «¿Qué es esto?», preguntó. Y el dictador dijo: «Es el maestro Hemingway».

El exilio es uno de los mayores dramas de los cubanosLeonardo Padura, escritor cubano

Muchos intelectuales, o escritores, mayormente, guardaron durante décadas, algunos para siempre, un respeto romántico y también funcionarial, burocrático, por sus cargos y protecciones en la Revolución o en la esperanza del triunfo de la Revolución al que siempre se ha estado esperando mientras sus responsables sabían que el triunfo de la Revolución no era más que eso que se ha estado viviendo y se sigue viviendo en Cuba. La sanidad y la educación, el mantra, como pilares de ese triunfo que también empezaron a deteriorarse como los coches y como las casas. Aquel desembarco del Granma y de los Fideles y los Ches, los Raúles y los Cienfuegos narrada como una epopeya de liberación. Steven Soderbergh hizo un ejercicio casi documentalista y soñador de aquellos inicios que sólo trajeron pobreza para la mayoría y riqueza para unos pocos.

Fidel Castro en 1960

Ese era el triunfo de la Revolución. Y «hasta la victoria siempre». Así cualquiera. «Hasta la victoria siempre» y hasta el amor y la felicidad y la riqueza de la camarilla revolucionaria que planea, consigue y detenta el poder, y «hasta la pobreza siempre» y la privación de derechos y de los bienes más elementales del pueblo que sale ya casi a borbotones por las grietas de la tierra imposibles de volver a sellar. Más de sesenta años después del triunfo de la Revolución, hasta los artistas y escritores que más tiempo o menos vivieron a la sombra de ese poder fascinador, antiimperialista y social se han cansado. Ya no da para más el triunfo de la Revolución, que ha perdido hasta la fuerza de sus poetas y cantores.

Hay mucho espíritu crítico en personas que quieren que los logros de la Revolución se salvenSilvio Rodríguez, cantautor

Alejo Carpentier fue uno de los fieles (ministro consejero en la embajada de Cuba en París o diputado de la Asamblea Nacional, murió en París ejerciendo labores diplomáticas), como Silvio Rodríguez, quien hoy sigue afirmando que en Cuba «hay mucho espíritu crítico en personas que quieren que los logros de la Revolución se salven». No es el caso de José Lezama Lima, figura de la literatura que aplaudió la llegada de los barbudos frente a Batista y que fue premiado en el nuevo régimen con toda serie de cargos culturales. Octavio Paz, Alberto Moravia, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir o Juan Rulfo, simpatizantes de la Revolución, hubieron de desencantarse pronto, o al menos alejarse de la utopía que empezaba a mostrarse que no era en los setenta, cuando Lezama Lima empezó a cuestionar, desde la misma nueva estructura de poder, al régimen y su única dirección socialista. 

«Las penas del destierro»

Lezama Lima fue pronto censurado y se le retiraron todos sus privilegios hasta el final de su vida. Homosexual como Reinaldo Arenas, otra visión hollywoodiense, casi como una continuación, aunque es anterior, de la película de Soderbergh. Lo que pasó después de la «epopeya» revolucionaria. El artista y ocasional director de cine Julian Schnabel llevó su historia de persecución, cárcel y finalmente el exilio, «uno de los mayores dramas de los cubanos», como ha dicho Padura, al cine, donde se muestra en su vida toda la represión y la doblez que significó la Revolución para él. Exiliado en Estados Unidos y enfermo de Sida, Arenas se suicidó y dejó una carta de despedida: «Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión.

«Solo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país. Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la Isla le exhorto a que siga luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy».

Leonardo Padura en la Feria del Libro de GuadalajaraEFE

El desencanto le llegó también a Guillermo Cabrera Infante, que fue director del Consejo Nacional de Cultura o director del suplemento cultural del Granma. La ausencia de libertad creativa le hizo marcharse. Su novela Tres Tristes Tigres, de 1968, fue considerada contrarrevolucionaria, es decir, políticamente incorrecta. Se parece la Revolución al movimiento woke. El nuevo «hasta la victoria siempre» que no admite libertad de opinión y de expresión. Guillermo Cabrera pudo volver a Cuba casi cincuenta años después de su exilio, «uno de los mayores dramas de los cubanos», dice hoy Padura, a pesar de admitir que «todas las razones para salir de Cuba son válidas y todas las razones para quedarse también lo son». Padura se quedó en la isla a pesar de reconocer ser un autor «limitado» por el gobierno, quien no reconoce sus méritos y premios en el extranjero, su éxito internacional. Hay una suerte de neutralidad en su lenguaje que molesta lo justo para que lo dejen publicar casi todo y también para que no pueda ser un símbolo cultural socialista como Carpentier.

Yo le canté a la Revolución mientras creí en ella. Ahora ya no es nada de lo que fuePablo Milanés, cantautor

Dice Padura que más de la mitad de sus compañeros de escuela se ha marchado de la isla, y que curiosamente eran los más militantes de la Revolución. José Lorenzo Fuentes participó en la batalla de Santa Clara junto al Che Guevara. Obtuvo cargos y ganó premios literarios. Cercano a Fidel, le acusaron de «traición a la patria» y le condenaron a tres años de trabajos forzados. Algo así como El Último Rey de Escocia. Jesús Díaz, Premio de la Crítica en 1987, que participó en la rebelión contra Batista y fue luego director de distintas publicaciones, también marchó al exilio tras El Desencanto, acaso como ver el desmoronamiento intrínseco y moral y físico de los Panero que mostró Jaime Chávarri en blanco y negro, en vez de en una familia en un país, en un régimen que llegó mintiendo o no, pero se aposentó en la mentira. El desencanto ante la ausencia de la libertad que proclamaban sus líderes en sus inicios. Los líderes de la utopía falsaria que ven en este otoño cómo se le caen las hojas sin cesar, como la de Pablo Milanés, que vive en Madrid y asegura estar harto de que le digan que Cuba es ideal. «Yo le canté a la Revolución mientras creí en ella. Ahora ya no es nada de lo que fue».