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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Kevin Costner aupó a Trump de nuevo a la Casa Blanca

Donald Trump le debe mucho a una serie como Yellowstone, Errejón intenta huir de sus propias consignas y los abuelos son conscientes de lo que difunden, mientras Belén Esteban ya calienta como nueva musa de TVE

Kevin Costner en Yellowstone

Kevin Costner en YellowstoneGTRES

Donald Trump anunció hace unos días que se disponía a nombrar a Mel Gibson, Jon Voigt y Sylvester Stallone como sus embajadores en Hollywood. Se le olvidó distinguir también a Kevin Costner, que ha hecho bastante más que sus otros tres colegas juntos por apuntalar su segundo advenimiento.

Quizá Costner no le prestase público apoyo pero, en estos últimos años, como protagonista y productor ejecutivo ha estado al frente de la ficción televisiva que mejor y más efectivamente ha divulgado la parte principal de los valores que asegura encarnar el nuevo presidente.

Costner ha puesto su rostro añejado y las eternas hechuras de cowboy, y Taylor Sheridan, el creador de Yellowstone, los guiones que han articulado, mejor que esos discursos que solo dan para un par de frases ruidosas, el mensaje sobre el que se ha precipitado esa marea que se llevará por delante el vacío catecismo woke.

Millones de norteamericanos la convirtieron en la serie más vista porque en ella reencontraron su paisaje olvidado, con una generosidad y una amplitud como no se había vuelto a retratar casi desde John Ford. Y como el propio Ford ya sostenía que «al país le conviene tener héroes a los que admirar», ahí aparecía John Dutton, el personaje de Costner.

Dotado de todas las aristas que se desee (la realidad es ambigua), violento hasta el crimen como la tierra que acogió a sus ancestros cuando los suyos corren peligro, pero sobre todo juicioso. Poseedor de esa recta convicción para defender los principios más simples, de la libertad aplicada a la convivencia, dispuesto para desarmar a los voceadores de consignas (esas que ahora dice Errejón), como la joven ecologista que primero desea encarcelarlo para luego acabar en su catre, tras recibir un curso acelerado de agronomía real.

Las consignas las carga el diablo

Como en aquella serie, The affair, en la que se ofrecían dos versiones del mismo hecho según los personajes principales (como antes ya se había visto en El manantial y la doncella de Bergman), asistimos más entretenidos que otra cosa al juicio de Errejón.

Probablemente se salvará porque, aunque lleve la razón, se necesita siempre de jueces imparciales que sepan discernir. Y por lo oído hasta ahora, durante las filtraciones de esta mascarada propia de adolescentes despechados, parece que él los va a tener. Así ya no deberá recurrir al socorrido lamento del «lawfare», que con tanto ahínco predican sus antiguos comilitones.

Y precisamente por ello, que se salga con la suya, es decir, absuelto como indica cualquier análisis frío de los testimonios de las partes y las pruebas conocidas, supondrá un descrédito aún mayor para los camaradas. Será la constatación, en sus propias carnes, de que aquella simpleza del «solo sí es sí» y sus derivaciones pueden servir para la manifa (como ya reconoce hasta el propio exportavoz de Más Madrid), pero la presunción de inocencia resulta uno de los pilares fundamentales de todo estado democrático. No un privilegio del heteropariarcado, como ha insinuado Rita Maestre.

El abuelo no era tonto, sabía lo que hacía

Por fin se ha podido conocer la verdad gracias, como siempre, a un estudio realizado en el extranjero. Cuando antes recibías un wasap del abuelo, con una información pretendidamente engañosa, pongamos por caso, acerca de los daños irreversibles que al cerebro podría causarle la audición, sin pausa ni control, de la discografía completa de Paco Ibáñez (también valdría para Lluís Llach, Sánchez Verdú o Bad Bunny), solía decirse para justificarlo que el pobre hombre, ya mayor, se había hecho un lío con el teclado.

¡Nada más lejos de la realidad! El envío no era fruto de la falta de pericia digital, al contrario: al calor de la mesa camilla, aquel anciano contumaz habría meditado, hasta perpetrarla más de una vez, aquella infamia deliberada.

Desde el principio, ¡se trataba de conspirar! Esparciendo por las redes supuestos bulos informativos que solo servían para reafirmarles en sus erróneas creencias, los miembros más antiguos de la derecha se dedicaban al deplorable oficio de perpetuar la idea de una realidad alterada, más próxima al ideal de sus auténticos intereses. No eran tan tontos, pero sí un poco malvados, aseguran los autores holandeses de la investigación. Ni una cosa ni la otra, en realidad se trata de esforzados rapsodas.

Belén Esteban, nueva musa de la izquierda caviar

Al hilo del nuevo sistema previsto para el acceso a la carrera de los aspirantes a jueces (que en la práctica servirá de coladero para promover a los más dóciles y maleables), el ministro Bolaños acaba de afirmar que España debe contar siempre «con los mejores». Nunca es tarde, y quizá inspirado en el sentido de algunas de las nuevas órdenes ejecutivas de Trump, en el Gobierno se ha instalado ahora el deseo de apelar al sentido común para mejorar en algunos asuntos, como el que tiene que ver con la promoción según el mérito, el esfuerzo, el conocimiento.

Pero esa súbita conversión, menos creíble que algunas de las caídas en el área del, por otra parte, genial Vinicius, no sería tan engañosa si en diferentes esferas se aplicase el mismo baremo. Estos días, por ejemplo, la reiterada presencia de Belén Esteban en la Primera de TVE, con apariciones estelares en La Revuelta, hace pensar que esta gran representante de la telebasura tendrá próximamente programa propio en la cadena pública.

Posiblemente se trate de un anticipo del sucedáneo de Sálvame, que se pretende colocar en las tardes de TVE, porque otra cosa tampoco saben hacer sus actuales gestores. Fallecida Marisa Paredes, y casi jubilada Ana Belén, parece que esa facción de la izquierda tan exquisita que tuerce el gesto ante Cela, Umbral, Garci, Pere Pruna o López Vázquez ha encontrado finalmente una musa a la altura de sus tiempos.

¡Bravo por la música, Ed Sheeran!

No soy fan de Ed Sheeran. Su pop adolescente de ritmos previsibles, melodías seductoras y armonías simples suena lo mismo que el de tantos colegas suyos: no permanecerá ni siquiera como testimonio de una época en la que la falta de personalidad, estilo y contenido se premia más que el riesgo, la inteligencia o la belleza.

Sin embargo, hay que valorar su última iniciativa, que se alinea con lo que tantas veces han dicho desde J. J. Rousseau o Daniel Barenboim hasta ahora mismo el miembro del Cuarteto Quiroga, Cibrán Sierra, que acaba de publicar un valioso artículo sobre el tema.

Los estados modernos detestan las humanidades, que los sitúa frente a sus propias contradicciones a través de la crítica, y entre todas ellas consideran a la música como un mero ornamento. Inglaterra constituyó durante mucho tiempo el faro musical de Europa, en tiempos del gran Händel, por ejemplo, cuando sus magníficos oratorios causaban furor. Y luego se ha mantenido así hasta el siglo XX, al encarnar las mejores virtudes del pop.

Pero ahora parece que allí ya no hay dinero ni para la educación, y la música, desde los griegos imprescindible forjadora de las grandes personalidades, ha sido apartada de las escuelas. Por eso Sheeran, que encontró en ella una vía expedita hacia el temprano éxito profesional, ha decidido crear una fundación que servirá para que otros jóvenes obtengan la formación que su país les regatea. ¡Bravo por él!

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