Retrato de San Agustín, de Botticelli
Leer a San Agustín en la actualidad para encontrar sentido a la modernidad
Las lecciones de San Agustín sobre la condición humana y la fe siguen de plena vigencia
Nació hace unos 1.600 años, pero sus palabras nos hablan directamente en el presente. Fue uno de los grandes pensadores cristianos de los primeros siglos, obispo, doctor de la Iglesia. Escritor, teólogo y filósofo, autor de obras fundacionales del pensamiento cristiano.
San Agustín nació en el norte de África en el seno de una familia cristiana. No obstante, su camino se alejó de la fe hasta su conversión, que se precipitó gracias a la lectura de las epístolas de San Pablo.
El filósofo cristiano es autor de algunas de las obras más importantes del pensamiento cristiano, como Las confesiones, La Trinidad y, sobre todo, La ciudad de Dios, quizá su libro (libros, en realidad) más conocido y estudiado.
En su obra, San Agustín abarcó temas fundamentales como la naturaleza del bien y del mal, la condición humana o la búsqueda de la felicidad. Temas que, a pesar de haber sido tratados hace unos 1.600 años, siguen de plena vigencia.
Antes que Joyce: el nacimiento de la introspección
Con Las confesiones, San Agustín abrió el camino del monólogo interior y la introspección psicológica. En su obra, el filósofo realiza una profunda crítica a su propia vida anterior a la conversión.
El santo se adelantó, así, a la modernidad de otras novelas como Crimen y castigo, El lobo estepario o La metamorfosis. Incluso esa especie de monólogo interior que hace San Agustín se puede considerar precursor del homérico Ulises de James Joyce.
Leer a San Agustín también implica conocer el concepto del amor ordenado, el ordo amoris. Con esto, el filósofo estableció una jerarquía para amar a las cosas, siendo el primer orden Dios y el segundo, el prójimo. Pero la escala no se fundamenta en la intensidad del amor, sino en la prioridad.
Esto invita, especialmente hoy, a reflexionar sobre el estilo de vida moderno, muchas veces carente de valores o alejado de ellos, por la inmediatez y la vorágine del día a día.
Además, la apología de San Agustín no pasaba por una aceptación ciega de la fe, sino que defendía que, para asimilarla, había que entenderla.
Así acuñó uno de sus principios filosóficos más famosos: intellige ut credas, crede ut intelligas, cree para comprender, comprende para creer. Fe y razón son, para este padre de la Iglesia, complementarias.
Por último, la vida del santo es, en sí misma, un ejemplo del beneficio de la duda. Su conversión refleja el complejo proceso interno que le hizo pasar de llevar una vida mundana a ser uno de los pilares fundamentales del pensamiento filosófico cristiano.
Han pasado unos 1.600 años desde su nacimiento, pero la vida y la obra de San Agustín siguen siendo uno de los mejores espejos en los que nos podemos mirar en la actualidad.