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Portada del libro 'Contentamiento de haber nacido'

Portada del libro 'Contentamiento de haber nacido'

El Debate de las Ideas

El dietario de Enrique García-Máiquez, un secreto que merece ser revelado

En el erial en que hemos convertido a nuestra patria, contra todo pronóstico, germinan flores de rara y antigua belleza. Lo que les es común a todos ellos es ese agradecimiento alegre, entusiasta incluso, por haber nacido, por existir

Enrique García-Máiquez anunció no hace mucho que había tomado la decisión de no hacer un especial esfuerzo en la promoción de su último libro, Contentamiento de haber nacido. Confía en que el libro se vaya abriendo paso por su propia valía (o quizás, más sutilmente, delega esa tarea en sus lectores). Esa postura trae alguna ventaja, no lo negaré: quienes hemos leído esa joya, escondida para el gran público, podemos reconocernos y entablar conversación sobre lo que es nuestro secreto. Pero, por otra parte, el bien es difusivo y uno querría sacrificar su condición de fino connoisseur a cambio de gritar por las plazas de nuestro país las bondades de este libro.

Contentamiento de haber nacido es la última entrega del dietario de Enrique, la que cubre los años 2016 al 2019, y confirma que, en tiempos en los que la novela clásica muestra signos de agotamiento, el género diarístico se ha convertido en punta de lanza de la mejor literatura. Piensen no sólo en Enrique García-Máiquez, sino en por ejemplo Andrés Trapiello, y entenderán de lo que hablo.

Estamos ante una obra que no es ficción (o al menos ése es el pacto implícito con el lector) pero que no cede un milímetro en su aspiración de ser literatura de primera. García-Máiquez nos invita, con esa exquisita hospitalidad que le caracteriza, a entrar en su casa, a entrar en su vida. Una invitación que harían bien en no rechazar porque, tal y como cualquiera que haya gustado del Enrique poeta o del Enrique columnista pueden intuir, entrar en ese mundo es delicioso. A veces incluso demasiado: ¿no tendrán días malos sus hijos, esos días en los que lo máximo que uno da de sí es un tonto exabrupto o una trivial obviedad? (con Leonor, su esposa, es distinto: nos queda muy claro que sin su descarnado realismo el hogar García-Máiquez Blázquez haría aguas). Es entonces cuando caemos en algo que, aunque muy viejo, yo descubrí hace años leyendo a Josep Pla: tras la aparente sencillez de su prosa se esconde una exigente labor de doma del lenguaje y de exigencia de estilo. La boina de Pla puede ocultarnos al minucioso escritor que era, así como la bonhomía de Enrique puede también engañarnos. Todo fluye naturalmente, como sin esfuerzo, pero una lectura atenta descubre el afán y la ambición con que se ha emprendido la escritura de este dietario. No en vano confiesa, un 25 de agosto de 2017, que «la corrección tiene tanta importancia como la creación».

¡Y cómo se disfruta de la generosa invitación de García-Máiquez a pasearnos por su vida y cavilaciones! Son sorbos pequeños, algunos casi haikus, otras jugosas anécdotas, otros, sencillamente, pequeñas observaciones nunca huérfanas ni de fina penetración ni de un discreto humor, muy a menudo autoparódico. La cosecha de joyitas que uno va rescatando (léase subrayando, eso sí, con lápiz e intentando no gritar) a medida que recorre los meses reflejados en este dietario es abundante. Que el rencor es un ruido insoportable. Que la poesía es decir claramente lo que no sabemos. Que hay responsabilidades que no pesan, sino que sostienen. Que la hermosura no necesita que uno la aprecie, pues Otro la mira. Hay poesía, claro, pero también hay cotidianeidad, gozosa y ordinaria, que es el marco donde florece la ironía, la sonrisa y, como sin quererlo, la reflexión más certera.

El reputado crítico literario y también reconocido diarista José Luis García Martín ha escrito una bella y completa reseña de esta obra. Poco se puede añadir a quien ha sabido leer con mirada perspicaz este Contentamiento de haber nacido, detectando algunos de sus más preciados tesoros: el chestertoniano maravillarse de lo cotidiano, el amor a las formas, el culto al matrimonio y a la familia, culto por ser lo que son y que no hay necesidad de idealizar ni edulcorar, el humor elegante, que lo permea todo… García Martín ha sabido leer el dietario de Enrique, piensa espontáneamente el lector. Y entonces, hablando de la religiosidad que García-Máiquez no disimula, el crítico cortocircuita, no comprende, y a lo más que llega es a confesar que «lo absurdo de algunas de sus evidencias nos ayuda a poner en cuestión las nuestras, algunas de las cuales quizá tampoco resisten un análisis racional». O sea, que si hasta alguien tan sensato como Enrique García-Máiquez puede caer en algo tan irracional y esperpéntico como la religión, bien haremos en cuidarnos nosotros mismos: la superstición acecha incluso a los más preclaros racionalistas.

Cada cual es libre de extraer lo que desee de aquello que lee, pero hay que dar muchos saltos mortales con piruetas varias para extraer esa enseñanza de los dietarios de García-Máiquez. Todo es mucho más sencillo, como en El misterio de la carta robada, está a la vista de todos, evidente excepto para el más eficiente prefecto de policía o el más afilado crítico literario. Es precisamente esa religiosidad la que da unidad y sentido al dietario, la que da a luz poemas y anécdotas chistosas, la que está detrás de la autoparodia y del respeto hacia los grandes, la que sostiene la vida conyugal y familiar y explica la alegría y generosidad que rezuma por todas partes. La que explica a Enrique García-Máiquez, su obra y, sobre todo, su vida. Quítese de la ecuación esas creencias «absurdas» y el imponente castillo se viene abajo. Una obviedad que parece que sigue estando oculta a los sabios pero que los sencillos comprenden con sólo leer dos páginas.

Acabo con dos comentarios. El primero se refiere a la belleza material del libro, espléndida y delicada, una cuidada edición que nos dice mucho incluso antes de que recorramos sus páginas. El libro se presenta como la primera obra de una colección titulada Ibarra Real por la tipografía empleada, la de la edición más célebre de El Quijote, a cargo del impresor Joaquín Ibarra. Como ven lo tiene todo: elegancia, tradición, españolidad, caché literario y, cómo no, hidalguía. No se puede pedir más.

El segundo es una reflexión que me ronda estos días. Pensaba, leyendo este Contentamiento de haber nacido, que Enrique García-Máiquez es, en buena medida, el decano de una cohorte de poetas y literatos que, de manera instintiva, uno concibe como formando parte del mismo equipo. Una especia de generación a la que no cesan de sumarse nuevas voces. En el erial en que hemos convertido a nuestra patria, contra todo pronóstico, germinan flores de rara y antigua belleza. ¿Cómo se les podría llamar? ¿Qué nombre darles? ¿Generación del veintipico? Mis cavilaciones concluyeron cuando comprendí que la respuesta estaba en Contentamiento de haber nacido: lo que les es común a todos ellos es ese agradecimiento alegre, entusiasta incluso, por haber nacido, por existir. Lo reseñaba Enrique el 21 de abril de 2017, repasando la dinámica que acompaña el proceso de lectura: «al asombro lo ilumina la gratitud, que enseguida se transfigura en alegría que se transforma en una plenitud de estar vivo y en el deseo paradójico de estarlo aún más y que va a dar, siempre sorpresivamente, en la oración». Generación del agradecimiento no es mal nombre para unos tiempos que aspiran, ridículamente, a la autosuficiencia. Generación del gozo, de la alegría, del saberse privilegiado beneficiario del regalo de la vida.

Mientras tanto, los privilegiados somos también nosotros, beneficiarios del regalo de poder acompañar a Enrique García-Máiquez en sus cuitas y pensamientos cotidianos. Yo que usted no me lo perdería.

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