Fundado en 1910

Isaac AsimovCreative Commons

‘Yo, Robot’, el libro que profetizó la IA y que asentó las leyes de la robótica

Isaac Asimov fue uno de los pioneros que escribió sobre la capacidad de razonamiento y la autoconsciencia de las máquinas

Cuando Isaac Asimov escribió Yo, Robot (publicada en 1950), era imposible pensar que el libro se convertiría en un espejo del futuro. Las historias sobre máquinas humanoides autoconscientes que elaboró el autor fueron los primeros pasos que la ciencia ficción dio en la inteligencia artificial.

Los robots, en aquel entonces, eran parte de exposiciones futuristas o protagonistas de fantasiosas obras literarias. La IA ni siquiera se concebía como algo real. Y el ser humano estaba empezando a entender el alcance de la automatización. No obstante, los ojos de Asimov veían más allá y se adelantaron décadas.

Yo, Robot no es una simple recopilación de relatos de ciencia ficción. Más bien, es una obra sobre la que han germinado ideas de ciencia y de filosofía. En su libro, Asimov imaginó un mundo por el que pululaban como si tal cosa robots inteligentes y, además, propuso una base legal y ética para su existencia.

Esto fue revolucionario. El escritor, a diferencia de sus congéneres, no creía que los robots fueran una amenaza o una curiosidad, sino una herramienta compleja que tenía la capacidad de convivir con el ser humano y de vivir dilemas morales. Como caracterizaba a su obra, Yo, Robot apelaba a la razón y no al miedo a lo desconocido.

El dilema sobre delegar en una máquina

Isaac Asimov estableció un marco legal para su obra de ciencia ficción robótica: «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas entran en conflicto con la Primera Ley. Y un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley».

Con estas tres leyes de la robótica, el autor diseñó la constitución que regulaba la armonía entre humanos y robots. Aunque aparentaban simpleza, a través de los fallos lógicos o situaciones imprevistas de Yo, Robot, Asimov exploraba los límites del control que pueden ejercer los humanos, lo ambiguo de su moralidad y la hercúlea tarea de diseñar una IA segura y ética.

De esta forma, sorprende cómo el autor se anticipaba a debates que nos atañen de forma tan directa hoy en día. ¿Se puede asegurar que las IA actúen en beneficio de sus creadores? ¿Entienden las máquinas el concepto de «dañar»? ¿Se pueden prever las consecuencias de que las máquinas aprendan y evolucionen?

Los algoritmos ya son parte de nuestra vida diaria y, de hecho, toman algunas decisiones por nosotros: las recomendaciones de Netflix, Spotify o Instagram no son casualidad. Las máquinas, desde ese punto de vista, hacen lo que el ser humano les pide. No obstante, Asimov, con este mismo planteamiento, nos obliga a cuestionarnos profundamente a nosotros mismos.

Yo, Robot no siembra el miedo a una rebelión de las máquinas, como otras obras de ciencia ficción sí han planteado. La mirada de Asimov es más madura y serena: no teme, pero sí advierte, porque la ética no puede programarse si no se entiende. La tecnología en sí no es el problema, sino el uso que se hace de ella.

Pero el autor no era adivino, sino un pensador. Y su mente prodigiosa nos puso delante el espejo del futuro.