El escritor argentino Pedro Mairal, autor de 'Los nuevos' (Destino), en Madrid
Entrevista a Pedro Mairal, escritor
«Ojalá estos pésimos gobiernos en Argentina sean una cosa pasajera, tanto este como el anterior»
El escritor argentino pedro Mairal vuelve a las librerías españolas con Los nuevos (Destino), novela con una sugerente idea de partida: ¿Cómo crecer cuando los adultos parecen enemigos?
El escritor Pedro Mairal es uno de los autores hispanoamericanos más relevantes del panorama editorial actual en lengua española.
En algún momento considerado relevante escritor emergente, se puede decir que tras el enorme éxito de crítica y público que cosechó con su anterior novela, La uruguaya, lo terminó de consagrar.
Pedro Marial, nacido en Buenos Aires en 1970, regresa a las librerías con Los nuevos, que en España edita Destino, y mantuvo una conversación con El Debate para hablar sobre su novela y sus grandes temas, que son temas universales como la comunicación entre padres e hijos o el paso de la adolescencia a la vida adulta.
–En su novela hace una reflexión sobre ese «momento anfibio de la vida» en que ya no se es adolescente, pero tampoco adulto. ¿Es ese el momento más peligroso de la vida?
–No el más peligroso, pero tiene sus peligros particulares. Es un momento donde se enloquece la brújula. La gente joven sale de la casa de los padres por primera vez, todavía no saben bien el rumbo exacto que van a tomar, intentan muchas cosas, conocen a mucha gente, alguna gente es como ayudante, otra gente es medio enemiga…, tienen pocos prejuicios y conocen a gente muy diversa. Tienen mucha curiosidad exploratoria…
Cubierta de 'Los nuevos', de Pedro Mairal
Todavía no están encauzados en un oficio particular, un trabajo…, tienen los primeros trabajos precarios…
Entonces, hay una orfandad, hay una intemperie a esa edad: salir de la familia biológica y empezar a formar unas familias de amistades y afinidades. No es más peligroso que otros momentos de la vida, pero sí tiene sus peligros de variables muy dispersas y diversas.
–La vida, cuando duele por primera vez, ¿es cuando empieza a ser vida?
–Sí, exactamente. Es un momento de mucha soledad, el que estoy mostrando en la novela. Esa transición, esa aduana. Es un momento de dolor que, como adulto, no se lo puedes ahorrar a los jóvenes, a los hijos, porque es el dolor, primero, lo que te hace estar vivo y lo que te curte para seguir adelante, lo que te hace fuerte.
El castellano es muy diverso, hay muchos castellanos. Ustedes lo saben bien en España
Yo, a los personajes, de la misma manera que no le puedes ahorrar a los hijos, no les pude ahorrar el dolor. Me costó mucho lastimarlos. Me sentí como un dios cruel, porque me encariñé mucho en esta novela con los tres personajes. Pero, si haces que un personaje se enamore, para que haya una historia, le tienes que romper el corazón después. ¿Y por qué vos, como autor, vas a hacer eso? Eso es un dios cruel el que va a cometer esa atrocidad. Le haces asomarse al infinito a un personaje con el amor, y, después, se lo vas a quitar. Pero tiene que haber una historia.
El dolor está presente en toda la novela, pero creo que lo que la salva de ese dramatismo es el humor.
–Para el público español, su novela se presenta como una propuesta diferente empezando por la decisión de emplear el español que se habla en Argentina, con sus giros, sus modismos… ¿Cree que puede chocar al lector español esa decisión o, por el contrario, funcionará como una baza a favor del libro?
–Yo creo que las dos cosas. Ojalá que el hecho de que le choque un poco funcione a favor.
El castellano es muy diverso, hay muchos castellanos. Ustedes lo saben bien en España, hay muchos castellanos, con distintas especias, con distintas pimientas diversas que le pone cada región.
A su vez, en Latinoamérica, existen muchísima diversidad de castellanos, y creo que hoy en España hay mucha más apertura a la diversidad de castellanos. Creo que una de las cosas que gustó de La uruguaya fue ese saborcito del castellano de la zona de Argentina, del Río de la Plata, de Buenos Aires.
En esa diversidad de castellanos está, en parte la riqueza de la literatura hispanoamericana
Y en esta novela también está ese sabor coloquial. Este es un gran tema para hablar con los distintos autores y editores en España. Vos tenés algo que es tu lengua madre, la fuerza de tu lengua viva, ese castellano que mamaste en tu infancia y que hablaste y que usaste para hacer reír, para insultar, para enamorar, para seducir, para mentir… Esa es tu lengua viva y ese es el castellano que tiene fuerza. Tu castellano. Si lo neutralizás para ser entendido en otros lugares, le quitás todo el sabor, toda la fuerza, y terminás hablando un castellano que no se habla en ningún lado. Es un castellano que puede servir para comunicar de un modo, quizás, claro algunos conceptos, pero que no tiene sabor y no tiene un anclaje emocional.
El escritor Pedro Mairal
Yo agradezco mucho que en Destino, en España, me hayan respetado ese lenguaje. Me lo observaron, de una manera muy inteligente. Me decían las cosas que no se entenderían, y fue bueno ser consciente de eso, para que no sea una cosa automática que te sale. Soy consciente de cuáles son los momentos o pequeñas sorpresas lingüísticas. Pero respetaron que yo quisiera respetarlas porque yo confío en el lector. Confío en que el lector va a reponer el sentido y, hoy día, todo el mundo lee con el móvil al lado y si realmente hay una palabra que te deja muy afuera, la buscás.
Pero, en general, por contexto se entiende así como nosotros en Latinoamérica entendemos los textos españoles y sabemos lo que es un butanero, un fontanero y sabemos que «coger» es otra cosa.
En esa diversidad de castellanos está, en parte la riqueza de la literatura hispanoamericana.
–¿Hay que reivindica en España ese modo de hablar más poético del argentino frente a la austeridad retórica de los españoles?
–No, no veo para nada austeridad retórica en los españoles. Veo una riqueza total de maneras de decir. Ayer escuchaba la expresión «subirse a Asturias». ¡Qué lindo eso! «Subirse a Asturias». O «bajarse al moro», para expresar la idea de bajar a Marruecos. Me parece hermoso eso. Está lleno el castellano que estoy escuchando en España de cosas muy expresivas. Lo que voy viendo es que eso va ganando espacio en la literatura.
Todavía no he leído, la ojeé nada más, una novela que se llama Calabobos, de un escritor cántabro que se llama Luis Mario, y él mete expresiones de esa zona sabiendo que pueden sonar un poco disonantes en el castellano más hipercorrecto, más neutral, pero esa es su lengua viva y me alegra mucho que haya hecho eso.
Que cada castellano de cada región traiga apegada su riqueza es indispensable, porque eso es lo que mantiene la lengua viva, lo que mantiene la lengua despierta.
–Antes mencionó su anterior novela, La uruguaya, que fue un gran éxito. ¿Está acostumbrado a ese éxito?
–Ojalá le vaya bien a esta novela a Los nuevos, nunca sé qué va a pasar con un libro, no soy buen juez de mi propia obra. Yo le di la novela La uruguaya a mi editora en Buenos Aires pidiéndole disculpas, porque había pautado hacer otra cosa, y salió de pronto esa novela y le dije «te pido disculpas, no sé qué es esto», y explotó.
Nunca sé bien lo que estoy haciendo, el éxito es una cosa que sucede o no sucede, pero a mí es algo que me excede por completo, no lo puedo controlar. Bienvenido cuando pasa, bienvenido cuando un libro se vende mucho, bienvenido cuando se hace una adaptación cinematográfica, pero yo escribo todos los libros con el mismo amor, la misma pirotecnia verbal y la misma energía. Después, el resultado, es una cosa que no puedo controlar.
–Cambiando de tercio…
–¿Ves? Lo que acabo de decir, «cambiar de tercio» es hermoso, y viene de los toros. No existe un castellano desprovisto de esos matices.
–Quería preguntarle de Argentina. ¿Cómo ve su país, la situación social, política, la polarización…?
–Con mucho dolor. Está apareciendo mucho esta pregunta y siempre me ensombrezco un poco. La verdad es que la Argentina tiene un músculo creativo enorme, una fuerza de creación gigante y ninguna de estas pésimas administraciones la va a detener.
Cada vez que voy a Buenos Aires la gente sigue escribiendo, montando obras de teatro, haciendo películas, pintando, haciendo música, recitales, bandas…
Eso no se detiene nunca, así que confío mucho en el músculo creativo de la Argentina. Ojalá sea una cosa pasajera estos pésimos gobiernos, tanto este como el anterior.
–Regresando a la novela. Sorprende comprobar que Los nuevos no es solo una novela, es también una playlist. La música es central en esta historia… ¿Cómo ejecutó esa fusión entre literatura y música, entre su faceta de escritor y su faceta de creador musical?
–Me gusta la palabra fusión, porque algo, finalmente, se fusionó en mí en este libro. Iban por carriles separados, en general, mi faceta musical y mi faceta narrativa, y en este libro, de golpe, confluyeron las canciones que yo siempre estoy escribiendo paralelamente, a veces con otros músicos, a veces yo solo, pero en esta ocasión, las tres canciones que escribí durante la escritura de la novela confluyeron en la novela.
El escritor Pedro Mairal
Es decir, son canciones que escriben los personajes. Thiago, Bruno y Pilar forman una especie de banda, esas primeras bandas de chicos que se juntan con sus instrumentos, y escriben estas tres canciones que aparecen en el código QR incluido en el final y que te lleva a un ensayo de esos tres donde están cantando esas canciones. Fue muy gratificante que eso confluyera.
Eso que dices de la playlist, efectivamente, es así, porque las canciones funcionan en el libro como mensajes cifrados. Lo que no se puede decir, lo indecible, el dolor, muchas veces aparece como una canción. Cuando Thiago elige canciones en el auto de su papá, cada uno elige una canción, él le pone las canciones que escuchaba su madre muerte, y lo hace llorar, al padre.
Le está hablando de su propio duelo de esa manera. De la misma manera, Bruno cree descifrar en las letras de la playlist que le manda su padre, mensajes. ¿Qué le está diciendo su papá? ¿Le está diciendo algo en esas letras? Todo funciona un poco así con la música en el libro.
–La comunicación, o la incomunicación, entre padres e hijos es el elemento central de la novela. ¿Es uno de los grandes males de nuestro tiempo?
–No lo veo como algo actual, lo veo como algo muy universal temporalmente. Creemos que nos hablamos cara a cara con nuestros padres, o nuestros hijos, y nos separan treinta años de distancia, y esa distancia temporal es una distancia real, de imaginarios distintos, de maneras diferentes de pensar, de haber tenido una adolescencia completamente distinta, cada una en su época, y unas expectativas con respecto de padres a hijos…
Es decir, no hay manera de salvar esa distancia. Lo único que se puede hacer es mantener un canal abierto de comunicación de amor: que le quede claro al hijo que uno lo quiere y que te puede decir lo que necesita y que estás ahí para cuidarlo, que no lo vas a juzgar.
Creo que es lo único que se puede hacer, mantener esa puerta abierta. Pero la comunicación tiene que ser algo que suceda de los dos lados para que exista. Es muy difícil eso. Encontrar el equilibrio entre dejarlos que hagan, que se lastimen, pero que no se pasen de rosca y que no se algo terrible.
¿Cómo encontrar ese equilibrio entre dejarlos que vivan su vida y a la vez protegerlos? Yo sentí mucho eso con estos personajes en el libro. ¿Cuánto me meto en sus vidas? Si Bruno se enamora, ¿cómo hago para que no le rompan el corazón? Si no, no hay cuento. Es un delicadísimo equilibrio. Y ahí están los nuevos, recién salidos al mundo y con esta sensación que uno tiene de protegerlo.
–Ya para terminar: ¿Cómo ve España? ¿Qué le parece Madrid?
–Yo siempre tengo una gran fascinación con España. Voy conociendo de a poco distintas partes de España, distintos países dentro de España, distintas identidades. Veo una presencia de latinoamericanos enorme en Madrid, los veo bastante bienvenidos, en cuanto que es una fuerza de trabajo grande y creo que hay una adaptación bastante buena, la lengua es la misma, etcétera.
Yo me siento bastante bienvenido acá, como argentino. Claro que vengo pocos días y que no estoy quedándome a vivir. Me siento muy encasa, hay algo en el modo de ser que me resulta muy familiar.
Esa fascinación con la comida, por supuesto, y después hay un culto por la amistad que creo que compartimos argentinos y españoles, y también somos gozadores, disfrutar de la amistad, salir, beber con amigos y la risa. Me parece que hay algo ahí que nos acerca muchísimo.
Yo tengo una fascinación artística con España, desde Paco de Lucía a Picasso, Cervantes, los poetas, Quevedo, Lorca…, siento una fuerza y una conexión enorme, una raíz mía en la riqueza de la lengua castellana. Lo vivo con mucha fascinación. Y la gran transformación de España.
Vengo a España desde el 89 cada tanto y veo una transformación enorme, sobre todo en Madrid, de una España que salía con el primer destape y que ahora está como en otra etapa. Vamos a ver para dónde lleva. Pero sin duda será una España vinculada a la modernidad, mucho más abierta al mundo, ojalá se mantenga así.