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Fotografía de Edgar Allan Poe

La muerte de Edgar Allan Poe y uno de los mayores misterios de la literatura entre rosas y coñac

El 7 de octubre de 1849 moría Edgar Allan Poe. A partir de 1940, su tumba sería el escenario de uno de los mayores misterios de la literatura

Un 7 de octubre de 1849 moría el genial poeta y narrador Edgar Allan Poe. Sus poemas góticos –El cuervo siempre quedará como máximo exponente de la lírica romántica anglosajona– y sus narraciones llenas de elementos sobrenaturales, tenebrosos, macabros y espeluznantes, siguen avivando las mentes de lectores de todos los tiempos y generaciones.

Pese a su celebridad, Poe murió pobre, abandonado, enfermo y enajenado con 40 años en la ciudad portuaria de Baltimore, en el Hospital Washington College. Horas antes, un amigo lo había encontrado de madrugada tirado en una calle, en estado de enajenación, con fiebre alta y moribundo.

Según recoge uno de los mayores estudiosos de Poe y el traductor de su obra al español, el por otro lado maestro de la narrativa hispanoamericana Julio Cortázar, en sus últimas horas no hacía más que reclamar la presencia de un hombre llamado Reynolds.

La conclusión a la que llegaron sus amigos es que Reynolds era un explorador en el que el escritor se había basado para dar forma al protagonista de su única novela larga, La narración de Arthur Gordon Pym.

El autor de El gato negro, Mensaje hallado en una botella, El barril de amontillado, Los crímenes de la calle Morgue o La caída de la Casa Usher, moría trágicamente, de un modo espantoso, fruto de alguna enfermedad que bien podría ser la sífilis o el cólera, complicada por un inoportuno ataque epiléptico.

Sea como fuere, el 7 de octubre de 1849 moría un escritor pobre y nacía un autor inmortal. Pero el mayor de los misterios que rodean la vida y muerte del Poe comenzaría tras su entierro.

El entierro de Poe no fue precisamente multitudinario. El funeral, sencillo, pasaría sin pena ni gloria. Habría que esperar a 1875 para que sus restos se trasladaran a un gran cenotafio y el pueblo de Baltimore le rindiera el homenaje que merece al más insigne hijo de sus letras. Aunque nacido en Boston, el nombre de Poe quedaría para siempre vinculado a Baltimore.

Lo cierto es que ahora existen dos lápidas de Poe. La que marca el emplazamiento original de su enterramiento, y el monumento donde se encuentran ahora sus restos.

Es en este último donde, desde 1940 y durante décadas, exactamente durante 60 años, cada 19 de enero, fecha de su nacimiento, un misterioso individuo, oculto bajo un sombrero y cubierto con una capa, a las cinco de la madrugada, hora de la muerte del poeta, dejaba un ramillete de tres rosas y una botella de coñac medio vacía junto al monumento funerario de Edgar Allan Poe.

El ritual se cumplió sin excepción durante esos 60 años cada 19 de enero, y el ritual de ese anónimo admirador siempre se respetó de forma escrupulosa, de manera que ni fans de Poe ni periodistas trataron nunca de desvelar su identidad.

La tradición finalizó abruptamente el 19 de enero de 2010. Ese día, no tuvo lugar el ritual. Ni ningún otro 19 de enero posterior. Es de suponer que el misterioso admirador de Poe habría fallecido, o una enfermedad le impediría volver a cumplir con la tradición.

También es cierto que otros han tomado el relevo, y que, ahora a rostro descubierto, los admiradores de Poe se encargan de que cada 19 de enero no le falten a Poe sus rosas y su coñac.