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Portero de fútbolGetty Images/Frazao Studio Latino

El Debate de las Ideas

El padre del portero

Con tantos niños como tengo y con tantas frustraciones como acumulo, raro sería que alguno de mis hijos no me vengara frente al destino y llegara donde su padre nunca llegó. Es casi forzoso que acaben coronados en campos donde yo no he pasado de diletante –cuando me retiré a tiempo– o de fracasado –si es que perseveré contra toda evidencia–. Y aunque es pronto porque son muy pequeños y aún flotan en las aguas amnióticas de la niñez, se atisban ya algunos rasgos prometedores.

Este verano, por ejemplo, José y Manuel han ganado el campeonato de fútbol 7 del pueblo, categoría benjamín. No parece gran cosa, salvo por el hecho de que lo han ganado jugando de porteros… porteros, como su padre. Es pronto para saber si permanecerán, pues muchos niños pasan por la portería como se pasan unas fiebres. Pero de lo que no cabe duda es de que José y Manuel van para arriba; también de que su ascensión coincide con mi declive, y solo espero llevarlo al menos un poquito mejor que la madrastra de Blancanieves.

A pesar de que llevo un par de años sin participar en los torneos estivales, este verano habría hecho un esfuerzo para no verme definitivamente postergado. La mala pata ha sido que, por primera vez en bastante tiempo, no se ha convocado campeonato sénior: los altercados de las últimas ediciones han disuadido a los organizadores y espantado a los árbitros, que ya ni trayéndolos de fuera. En su lugar se celebró un campeonato de hermandades. Con ello logró evitarse a ciertos equipos tan dados al alboroto como reacios a las cofradías, mientras a los participantes se les demandaba un esfuerzo de ejemplaridad cristiana, que para algo jugaban en nombre de la Hermandad de Jesús Caído o en el de la Quinta Angustia.

No vi ninguno de los partidos porque estaba a mis cosas, pero según los encendidos elogios de las autoridades en la entrega de premios, tuvo que ser el torneo más lamentable del mundo, una birria sin testosterona. Habría sido, por tanto, una oportunidad para no retirarme del todo sin jugarme el pellejo o la precaria rodilla izquierda, pero en su momento no lo vi y decliné agradecido las tímidas invitaciones a participar. Así pues, me he convertido casi sin darme cuenta en una de las figuras más tristes y características de nuestros polideportivos; he dado consejos técnicos mientras buscaba aparcamiento; me he acodado en una barra publicitaria con una lata de Cruzcampo a los pies; he cuestionado las decisiones del árbitro; he disimulado decepciones y exagerado alegrías; he sido, durante todo el verano, el padre del futbolista.

El papel se me antoja triste ahora, quizá porque ganaron el campeonato; en cambio, cuando escribieron a Matilde para que José jugara, no anticipé estas melancolías y di mi autorización al instante. Mi primogénito, portero. Por emulación, vocación, aptitud o descarte, lo mismo da. Portero. Y aún faltaba lo mejor, lo más sorprendente. Mi segundo, mi Manuel, que aún va con alzador en el coche, portero también. Esto sucedió durante un entrenamiento previo al campeonato. Faltaba un portero para el partidillo y como Manuel estaba a mi lado acribillándome con las irritantes preguntas típicas de la edad (¿Cuánto mide el campo? ¿Y la portería? ¿Esto es césped de verdad? ¿Hay algún césped de verdad? ¿Cuántos césped de verdad hay en España? ¿Y en el resto del mundo?), y como no parecía que la falta de respuestas fuera a disuadirle, me levanté, lo cogí del brazo y anuncié: «¡Manuel! ¡Manuel juega!». Y allí que se fue, a dejarme tranquilo.

La estupefacción fue grande cuando el chaval, que no tenía edad para la categoría ni había mostrado predisposición porteresca hasta entonces, que lleva los huesos por fuera de lo canijo que está, que colocado en el centro de la portería parece engrandecerla… La sorpresa fue grande, digo, cuando el chaval empezó a parar. No era ortodoxo. No podía serlo. De haber intentado, por ejemplo, parar el balón con el brazo, se lo habría tronchado, roto como una ramita seca. Así que interponía el cuerpo entero, eclipsaba la pelota, la envolvía. Se anticipaba, volaba, se arrojaba a los pies del delantero demostrando que tiene de valor lo que en carnes le falta. Al concluir el entrenamiento, Manuel fue invitado a formar parte del equipo. Y con los dos varones en un mismo equipo y una misma posición, la posición de su padre, hemos pasado bien que mal el verano.

Los partidos se celebraban siempre a última hora, a las 9 o las 10, cuando remitían los rigores apocalípticos de nuestros julios y agostos, porque en ningún lugar del planeta hace más calor que aquí en julio y agosto. A fin de que les diera tiempo a calentar, llegábamos con bastante antelación. Luego, cuando empezaba el partido, en lugar de en la grada, me colocaba tras la portería, para que me oyeran. Era bochornoso, lo sé, pero no podía no hacerlo: la paternidad tóxica que me tiraba, el fathersplaining supongo. De este modo, con los niños turnándose en la portería y yo siempre detrás, inevitable, entrometido y con las manos agarradas a la red, fueron sucediéndose los partidos hasta la final, final que ganaron 4-1.

Aunque en esta categoría el fútbol no es demasiado vistoso, he disfrutado una enormidad viendo a mis hijos, sobre todo por la oposición entre ellos. En esta influirán las edades y estaturas, desde luego, pero también algo más profundo, cabe decir que ideológico. Al observarlos me acordaba de Eugenio d'Ors y la diferencia suya entre las «formas que se apoyan» y las «formas que vuelan», que serían las dos maneras a través de las cuales el arte se resiste a la atracción de la gravedad. José encarnaría la primera opción, la de las «formas que se apoyan». José es clasicismo. Es Poussin. Nunca precipita la estirada; se mantiene en pie siempre que sea posible, en equilibrio. Por lo general aguarda la decisión del delantero y domina el espacio, lo cual le dota de estabilidad y le permite realizar paradas de una firmeza escultórica. Manuel, por el contrario, evoca las «formas que vuelan». Manuel es el barroquismo. Es el Greco. Ante la gravedad, responde doblando la apuesta en una suerte de locura ascensional. Su estrategia no se basa en detener el tiro, que no puede, sino en anticipar el futuro –el futuro, que no existe–, y con ese objetivo se lanza, levita y revolotea. Carece de volumen, de masa. Es un portero casi enteramente espiritual, incorpóreo. Y aun así para. Vaya que si para.

Es pronto, decía arriba, para saber si perseverarán como porteros y si, en tal caso, harán buen papel. Es pronto, pero los signos no son desalentadores. Y por más que atente contra mi deseo de eterna juventud el verme así postergado, antes o después iba a llegar. Era inevitable. Sin embargo, que mis hijos tomen el relevo, ocupen mi lugar en el área chica y acaso me venguen arrancándole al destino lo que a mí no quiso darme, es algo totalmente contingente, improbable incluso. Ahí reside la esperanza, en lo improbable, también en lo que dijo Keynes de que, al final, es más frecuente que acontezca lo inesperado que lo inevitable. La contingencia, y solo la contingencia, puede doblegar al destino. Puede.