Detalle de El sueño (1935)
Matisse deslumbra en Madrid desde el Pompidou parisino: el genio en su paraíso infinito
Chez Matisse, el legado de una nueva pintura, del 29 de octubre al 22 de febrero de 2026 en CaixaForum, muestra el recorrido del pintor francés y sus influencias
El paraíso infinito de Matisse comenzó cuando descubrió la pintura durante su convalecencia por apendicitis en 1889. No era un niño. Tenía 20 años y el arte se lo llevó. En las obras (46) que expone CaixaForum en Madrid, la mayoría procedentes del Pompidou de París, en proceso de remodelación, se advierte el rapto y después la aventura artística en que se convirtió su vida.
Autorretrato de Matisse (1900)
Su primer autorretrato, de 1900, que da la bienvenida a la exposición, parece indicar con la mirada invisible, pero presente, el camino incierto en su inclasificabilidad: Parece ser esa imagen la que dice vivamente: «No pinto las cosas, pinto las relaciones entre las cosas»: el aviso de lo omnipresentemente conceptual, evocador y original que guió el camino de tantos como Moreau y Deráin guiaron el suyo.
Verano 1907
A principios del XX escandalizó por el color. ¿Se puede escandalizar por el color como si fuera un muslo? Él lo hizo, y por él Braque, Vlaminck o Czóbel entre corrientes cruzadas, ventoleras de corrientes, viento y agua artísticos. Al color le siguió (y acompañó) el exotismo de sus viajes sureños, mediterráneos, en Niza o España. Pasa el siglo y, como si fuera un joven más de la Generación Perdida, intenta alistarse en la I Guerra Mundial. Tiene 45 años y no le dejan.
Margarita con gato negro (1910)
Así que ha de quedarse en París, donde su pintura refleja el periplo de un hombre solitario y ocioso en una ciudad vacía. Pinta interiores en un impulso enjaulado. Deambula entre su estudio del Quai Saint-Michel y su casa en Issy-Les- Molineaux. Este período es un puente inevitable antes de la próxima parada del viaje interminable y fantástico de Matisse: la abstracción que no lo es exactamente, la abstracción «matisseana» que precede al cubismo.
Retrato de Auguste Pellerin II
Ya pasó el Verano de 1907 por el que le acusaron de desprecio por la pintura. También su Margarita con gato negro, su hija, casi una imagen bizantina. Ahora es el retrato por encargo de Auguste Pellerin II, algo distinto, imposible, radical, oscuro, figurativo y abstracto de 1917 que da paso al cubismo que llega. De nuevo Margarita, pero blanca y rosa y cubista. Un cubismo momentáneo que interrumpe la contemplación, una suerte de «dolce vita» francesa y lánguida.
Cabeza blanca y rosa (1914)
Matisse se mueve. Incluso físicamente a Estados Unidos y Australia, donde íntimamente vuelve a cambiar: la evolución constante en esta época junto a Picasso y su esposa Françoise Gilot. Pierre Bonnard también está por allí. Destellos del ya viejo impresionismo agitado, cuando aparecen Le Corbusier o Hans Hoffmann.
Interior rojo (1948)
Da la impresión de que Matisse se resiste al modernismo, al tiempo, pero lo acepta, lo asimila, lo deglute y lo muestra para no morir nunca, para aguantarlo todo, como el anciano de Up, que ve crecer rascacielos alrededor de su casita, y triunfar en sus interiores coloridos, como si viviera dentro de ellos, su paraíso infinito, como cabinas de naves espaciales en un nuevo mundo donde sigue siendo el rey.