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Secarral

Del páramo al secarral

Aquí Marías señalaba a una generación, «quienes empezaron a actuar hacia 1956», y denunciaba una negación sistemática de la verdad

Escribir este artículo podría ser lo más fácil del mundo, el más sencillo de una carrera o carrerita; bastaría con imitar a Julián Marías en «La vegetación del páramo», y dejar una nómina de los escritores (bastaría con escritores) que publicaron obra durante el franquismo. Es más, bastaría con la literatura de Falange. Con los falangistas, los que lo fueron puntualmente, los que tuvieron algún contacto episódico, coqueteo o veleidad o quienes escribieron alguna vez en sus revistas. «Los que ganaron la guerra y perdieron la literatura».

Veamos: como un padre anterior y por encima, Eugenio D'Ors, Giménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas, Rafael García Serrano, Víctor de la Serna, Eugenio Montes, Agustín de Foxá, González Ruano, Miquelarena, los hermanos Villalonga, Manuel Machado, Ignacio Agustí, Martín de Riquer, Luis Felipe Vivanco, Rosales, Dionisio Ridruejo o los humoristas Neville, Mihura, Jardiel Poncela, el gran Cunqueiro, el gran Pla, el gran Camba...

Pero sería un error centrarse en Falange y su entorno. Hubo en España una clara sucesión de generaciones: el 98, cuyos miembros vivieron y publicaron aún en el franquismo, la del 14, la del 27, la del 36 y las sucesivas de posguerra, la de los 50 y la de los novísimos, llegando ya a la esplendorosa y alada democracia que nos dieron entre musas atenazadas que se quitaban los grilletes y los bozales, como libertas de un camarín sadomasoquista.

Todo eso indica que hubo continuidad cultural; que el trauma terrible de la guerra, la pérdida humana y material, la general discordia y el exilio no terminaron con la cultura española, demasiado fuerte como para callar.

Parte del exilio volvió a España -piensa uno en las palabras de alborozo de Bergamín a Zambrano sobre lo encontrado al llegar-; España supo acoger además el boom literario hispanoamericano, un poco o un mucho barcelonés y el franquismo desarrolló incluso su propio antifranquismo y una vida universitaria de oposición y creciente alterativa intelectual: los millones de personas que luego confesaron haber corrido delante de los grises.

Solo con los debates intelectuales entre las familias del régimen, o alrededor de la figura de Ortega, o con las polémicas sobre el Ser de España, ya habría contenido y mucha más sustancia que el caldito de pollo clarísimo con el que ahora nos alimentamos. La controversia entre Américo Castro y Sánchez-Albornoz, por ejemplo, se desarrolló en los años 50. ¿Recuerdan ustedes algo parecido en nuestros días?

Gustavo Bueno contaba con gracia que en esos años oscuros, los hombres de la cultura y los intelectuales del compromiso hacían saber a sus allegados que tenían libros esperando en los cajones, obra pendiente para cuando, muerto el dictador, se dieran las condiciones de libertad e imaginamos, desarrollo general progresivo de las mentalidades; pero aconteció el hecho biológico, llegó el floreciente destape de las conciencias y allí no hubo nada o casi nada. No advino un nuevo Renacimiento.

Hay una historia y una genealogía de la negación del paramo. El mencionado artículo de Marías, en el que dejaba un Index Librorum paramorum (vegetación del paramo) entre 1940 y 1955, año de la muerte de Ortega, tuvo una continuidad, veinte años después, 1997, y el tono era otro, un pelín más irritado: «¿Por qué mienten?», se titulaba.

Aquí Marías señalaba a una generación, «quienes empezaron a actuar hacia 1956», y denunciaba una negación sistemática de la verdad. Su preocupación nos resulta familiar. De alguna forma, Marías levanta acta de un fracaso. Las libertades del 78 no traían una restitución de la verdad, y el efecto era mucho mayor que la justicia del parnaso literario: «No se abrirá de verdad el horizonte de España mientras no haya una decisión de establecer el imperio de la veracidad». La mentira sobre el páramo estaba dentro de la «calumnia de España».

Esto ha continuado y se le ha añadido una negación radical de lo político, al conformarse el régimen como antifranquista. Si se hace desaparecer el franquismo y se empalma la legitimidad desde el 78 con la II República, es normal que a lo intermedio no solo se le niegue legitimidad política, sentido u oportunidad histórica, sino toda vida intelectual y del espíritu.

Las dos cosas, lo político y lo intelectual, se unen principalmente en el olvido y ostracismo de los juristas y escritores políticos del siglo XX. A la generación de juristas del 27, los Francisco Javier Conde o Ayala, sigue, con igual continuación que se da en la literatura, la de los Fueyo, Fernández de la Mora y compañía, hasta llegar al más joven Dalmacio Negro.

«Las ideas políticas desarrolladas, independientemente del régimen político, entre 1935 y 1969, han estado sometidas durante casi medio siglo a una brutal desfiguración», palabras de Jerónimo Molina, que sería el horticultor o más bien jardinero cuidadoso de esa otra vegetación del páramo adyacente.

El olvido de este «compacto grupo intelectual» es relevante por su relación con el «progreso material y cultural» alcanzado por España. Fueron quienes pensaron el desarrollo del Estado, lo que está unido también al desarrollo técnico e ingenieril, aspecto no menor que también se condena al olvido y por el que saltaríamos de las letras a las ciencias.

En 1985, en las memorias de Emilio Romero, a las que llego por Ruiz Quintano, hay un artículo dedicado a esta cuestión. En «No hubo desierto literario», el periodista negaba el páramo, procedía al nominalismo abrumador con la lista de escritores de todas las generaciones, y citaba especialmente al crítico, poco sospechoso, Rafael Conte, que en un punto es muy claro sobre lo sucedido, algo mucho más importante que racanearle la gloria a un escritor, vengarse de unos enemigos o matar al padre literal o figurado: «Intentar borrar de un plumazo esta literatura es un suicidio cultural y un atentado histórico». Ahora que hablamos de suicidio demográfico, podemos añadir el cultural (empezaron más o menos a la vez).

Porque el acto innecesario de negar el páramo tiene como consecuencia, necesaria, advertir el erial de hoy, el secarral kultural.