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El Debate de las Ideas

La carta de amor de un inmigrante

La memoria familiar de la época soviética es importante porque la izquierda 'woke' surgió del fracaso de la comunista, sustituyendo la lucha de clases por la de sexos, razas y orientaciones sexuales

La autoestima de Occidente no está en su mejor momento. Según la Vulgata woke, nuestra civilización es el villano de la Historia universal: un piélago de machismo, homofobia, imperialismo y opresión racial. Según la Vulgata antiwoke, Occidente es un estercolero arruinado por el globalismo, las élites, el gran capital interesado en importar «mano de obra esclava» y una dictadura de pensamiento único progresista. Mientras la opinión pública se va polarizando en estas dos perspectivas -de signo opuesto, pero coincidentes en que el Occidente actual es basura- resulta refrescante que un extranjero nos recuerde que, pese a nuestros problemas y decadencias, seguimos siendo la gran esperanza de la humanidad. Eso intenta Konstantin Kisin con su «Carta de amor a Occidente de un inmigrante» (An Immigrant’s Love Letter to the West).

Sí, Kisin es un inmigrante: llegó a Gran Bretaña a los once años sin saber inglés; sus padres, rusos de clase media-alta, invirtieron a principios de los 90 los ahorros de toda una vida en costearle la «boarding school» en la que adquiriría su occidentalidad con el completo éxito del que dan testimonio tanto este libro como su carrera de actor cómico y su muy interesante podcast «Triggernometry», conducido a medias con el también actor Francis Foster.

La obra es un testimonio de gratitud: «Gran Bretaña -Occidente en general- me salvó de un destino terrible. Ahora que tanta gente busca destruirlo, quiero salvarlo yo a mi vez» (p. 26). Precisamente porque alcanzó a conocer las miserias de la Rusia comunista y se ha mantenido al tanto de las de la poscomunista, Kisin es muy consciente de hasta qué punto radicarse en Occidente le ha permitido tener una vida libre, digna, interesante. Es un occidental de adopción y convicción que conoce de primera mano cómo se vive en el no-Occidente.

La memoria familiar de la época soviética es importante porque la izquierda woke surgió del fracaso de la comunista, sustituyendo la lucha de clases por la de sexos, razas y orientaciones sexuales. Kisin advierte con lucidez: no debemos dar por supuesto que la gente sabe qué fue el comunismo; a la generación Z, Stalin o Breznev le quedan tan lejanos como Napoleón o Julio César. Por eso uno de los capítulos ofrece un retrato urgente del socialismo real. Sí, la URSS era realmente socialista: las diferencias sociales habían sido muy atenuadas (el sueldo máximo era sólo cuatro veces superior al más bajo), los hijos de obreros iban a la Universidad, la igualdad de sexos se aplicaba a rajatabla, los hospitales y escuelas eran gratuitos. Pero la igualdad era nivelación por abajo, los estantes de las tiendas estaban vacíos, las mujeres abortaban cuatro o cinco veces, los hospitales eran pavorosos y las escuelas totalitarias. Bajo los eslóganes de fraternidad proletaria existía una sociedad cínica e implacable, basada en el fraude sistemático y el individualismo extremo. «En la URSS no existía ningún sentido de «comunidad». La gente sólo pensaba en sí misma. Nadie iba a venir a salvarte, así que tenías que salvarte tú. Era un mundo de perro-come-perro en el que todo consistía en ver qué perro tenía dientes más grandes» (p. 38). Sin olvidar, por supuesto, el Gulag y los veinte millones de muertos. Un abuelo de Kisin fue encarcelado, no ya por escuchar emisoras extranjeras, sino por poseer una radio que tenía la capacidad de captarlas. Y la infancia de una de sus abuelas se desarrolló en un campo de prisioneros.

Sí, nos indignamos con razón con Feijóo o Sánchez, con Trump o Biden, con Johnson o Starmer, viene a decir Kisin. Pero no perdamos de vista el contexto mundial, «the big picture». Occidente sigue siendo, pese al sectarismo, la incompetencia, la miopía de muchos de sus gobernantes, un oasis de civilización en un mundo aún muy bárbaro.

Defender Occidente requiere conocer las muchas luces de su pasado y su presente, frente a un «multiculturalismo» que en realidad prescribe el autodesprecio y la sobrevaloración de lo ajeno (el multiculturalismo, dijo Thomas Sowell, «significa que hay que alabar a todas las culturas menos a la occidental, que sólo merece condenas»). Lo más grave que nos ocurre, quizás, es que la educación haya caído en manos de activistas de izquierda que enseñan a los estudiantes a odiar su propia historia, a avergonzarse de una «culpa blanca» y «privilegio blanco» que son constructos autodenigratorios. Nuestra tragedia es que la estatua de Churchill -el hombre que impidió que Hitler estableciese una tiranía racial en toda Europa- sea atacada con pintadas de «¡racista!», o que nadie conozca a William Wilberforce, el varón blanco heterosexual que acabó con la esclavitud (el equivalente hispánico de esto es que casi nadie conoce el testamento de Isabel la Católica, la Controversia de Valladolid o las Leyes de Burgos). Kisin dedica un capítulo a la recuperación de la historia abolicionista occidental, la única del mundo. Esa que no se enseña en los colegios (como tampoco se habla de la trata intra-africana o de la servidumbre de cientos de miles de europeos -Cervantes entre ellos- en la costa berberisca entre los siglos XV y XIX).

También es muy jugoso el capítulo dedicado a la libertad de expresión. Kisin alcanzó notoriedad nacional cuando en 2018 rehusó firmar un «safe space agreement» que le imponía la Universidad de Londres para poder actuar como actor cómico en el recinto académico. Se exigía a todo comediante no hacer chistes «racistas, sexistas, clasistas, edadistas, homófobos, bífobos, xenófobos, islamófobos, antirreligiosos o anti-ateos». Su negativa le convirtió automáticamente en un «nazi» para medios y público de izquierdas (el primer nazi judío -Kisin lo es- de la Historia, aunque después el título le ha sido disputado por Zelenski, «ukronazi» según los pro-rusos).

Kisin es radical en la defensa de la libre expresión, inseparable de la democracia. Es «el desinfectante último de las malas ideas»: en una sociedad con libre debate, las mejores teorías terminarán arrinconando a las peores, como sostuvieron John Milton o John Stuart Mill. Grandes causas humanitarias como la abolición de la esclavitud no hubieran podido avanzar sin la libertad de expresión. El debate entre esclavistas y abolicionistas evidenció los débiles argumentos de los primeros.

La libertad de expresión ha sido erosionada -que no suprimida- en el Occidente woke por las leyes de «discurso de odio» y otros mecanismos. So pretexto de evitar ofensas, la izquierda intenta silenciar a quienes discrepan de sus dogmas cada vez más absurdos. En Gran Bretaña ha resultado especialmente nociva la On Line Safety Bill, diseñada inicialmente para prevenir la pornografía en Internet y proteger a los niños, pero que ha derivado en grillete ideológico, propiciando detenciones de ciudadanos por tuits relacionados con la inmigración, el multiculturalismo, etc.

Kisin es tajante en su afirmación de que cualquier censura woke debe cesar: sólo deben estar prohibidas las incitaciones directas a la violencia. Pero también es inequívoco en su constatación de que, pese a este eclipse relativo, la libertad de expresión sigue siendo mucho más vigorosa en Occidente que en cualquier otro lugar. Kisin conoce el peligro mortal que corren los periodistas incómodos en Rusia. Anna Politkovskaya fue muerta a tiros en la entrada de su piso en 2006: había criticado a Putin y reportado los crímenes rusos en la segunda guerra chechena (1999-2005). Es sólo uno de los cincuenta periodistas rusos muertos en circunstancias sospechosas desde 1992. ¡Y qué decir de China! «Si la prensa china fuese libre, el Covid-19 probablemente no hubiera llegado a convertirse en pandemia» (p. 94).

El problema de la prensa libre es el mismo que el de la educación: su escoramiento desproporcionado hacia la izquierda. No es sólo que hay muchos más medios progresistas que conservadores; es, también, que muchos consideran que la objetividad puede ser sacrificada en aras de la sacrosanta causa del progreso. Lo cual redunda en una pérdida general de credibilidad de los medios tradicionales… que son desplazados por nuevos medios on line (redes sociales, podcasts, YouTube), en muchos casos aún más ideologizados y tendenciosos. El fin de la prensa libre no sólo puede llegar a través de la censura: también puede hacerlo mediante la autodestrucción de la ética periodística.

¿Qué hay de la inmigración? Kisin rechaza tanto el relato buenista de «la diversidad es nuestra fuerza» como el contrarrelato de la inmigración como invasión salvaje. «Es bueno que haya alguna inmigración: aporta impulso y creatividad; también habilidades que pueden ayudar a crear un mercado de trabajo más flexible e incrementar la productividad. […] [Pero] hay un umbral migratorio sensato que, si es sobrepasado, se hace disruptivo para las comunidades existentes. Esto perjudica a todos, incluidos los inmigrantes» (p. 139).

El problema es que, en este como en otros asuntos, la izquierda ha hecho imposible el debate racional llamando «supremacista blanco» a cualquiera que cuestione el principio de fronteras abiertas, al tiempo que insiste en considerar racista al británico de clase baja que se queja la transformación radical de su entorno asociada a la inmigración masiva. Es valioso el testimonio de Kisin sobre la inexistencia de racismo en Gran Bretaña: «Desde que me trasladé aquí siendo un muchacho en los 1990s, siempre me ha impresionado la actitud británica hacia los extranjeros: una mezcla de curiosidad sana, calidez y aceptación. […] Los británicos son genuinamente hospitalarios hacia los inmigrantes y detestan el racismo en todas sus formas» (p. 140).

No es el racismo, pues, sino el sentido común lo que lleva a cada vez más británicos a considerar que se ha sobrepasado en mucho ese umbral de inmigración positiva y asimilable: «Se ha establecido más gente en Reino Unido en la última década que en los 900 años anteriores. Como todo el mundo, esa gente necesita vivienda, atención sanitaria, empleo y escuelas para sus niños. Nada de eso crece en los árboles: ha tenido que ser proporcionado por el Estado, que obtiene sus ingresos a través de la tributación».

Kisin advierte también que la crítica razonable de la inmigración masiva debe evitar el riesgo de la demonización de los «invasores»: «Nada de esto significa que los inmigrantes sean intrínsecamente malas personas, o que todos vivan de la ayuda estatal. Sí significa que los cambios demográficos repentinos tienen consecuencias inevitables en el mundo real» (p. 149).

Occidente debe resolver sus problemas de inmigración descontrolada, polarización política y erosión de la libertad de expresión. Debe mantener su cohesión frente a un entorno autocrático hostil (el frente Rusia-China-Irán-Corea del Norte-Venezuela). Debe evitar que la autocrítica constructiva degenere en autodenigración nihilista. No sólo por sí mismo: también por el resto de la humanidad, que sigue teniendo en Occidente un faro y una esperanza (por eso tanta gente intenta venir aquí). «Cuando los estudiantes chinos gritaron y murieron por la democracia en la plaza de Tiananmen (1989) no enarbolaron imágenes de Confucio o Buda: construyeron una réplica de la Estatua de la Libertad neoyorquina», escribió Arthur Schlesinger y recoge Kisin como síntesis del mensaje central de su libro.