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Ilustración: cadenasPaula Andrade

Las cadenas, tensas

Esa es la parte descriptiva, o sea, la científica. La segunda enseñanza es moral o prospectiva o puramente política

El Discurso de la servidumbre voluntaria (hacia 1550) de Étienne de La Boétie (1530-1563) es un texto brevísimo que ha suscitado innumerables comentarios de muy distintos signos. Tal profusión se debe, en parte, a la riqueza de sus sugerencias, que permiten que lo citen con aprovechamiento revolucionario, anarquistas, gramscianos, liberales, conservadores, reaccionarios, güelfos y gibelinos. También al don de la oportunidad: avisó de los peligros de la tiranía en el momento exacto en el que nacían los Estados modernos, recibiéndolos a portagayola. Y, por último, pero lo más importante: porque pone el dedo en las llagas. Un dedo, además, sanador.

En el arranque ya avisa de que no le vale la servidumbre ni ante un rey legítimo. Aplaude que Ulises dijera: «En tener varios señores ningún bien veo», pero le afea la defensa de que «uno sea el amo y sea el rey». La Boétie aspira, en realidad, a que cada cual sea el dueño de su destino, el capitán de su alma. Cualquier otro dominio le subleva. «No quiero en este momento debatir esta cuestión tan tratada de si las otras formas de república son mejores que la monarquía». No ve diferencias de especie ni de calidad en que los que mandan hayan llegado al poder por las armas, por elección o por herencia.

La Boétie defiende dos cosas esenciales y que, por puro interés, no podemos (ni debemos) dejar de plantearnos. En primer lugar, advierte de que toda dominación está sostenida por los sometidos. El pensador se da cuenta de que está denunciando algo crucial: «Los médicos aconsejan con razón no meter la mano en las heridas incurables, y yo no me estoy comportando prudentemente al tratar de sermonear sobre todo al pueblo». Es lo que hace: la tiranía siempre se basa en el asentimiento. Lo resume Jorge Álvarez Yágüez, traductor (junto a Isabel Sobrino Mosteyrín), editor y prologuista de la edición de Akal: «Los de abajo no lo ejercen [el poder], se ejerce sobre ellos; sin embargo, son ellos los que lo generan. El famoso arcanum del poder no debe buscarse en los que lo ostentan, sino en los que lo soportan».

Esa es la parte descriptiva, o sea, la científica. La segunda enseñanza es moral o prospectiva o puramente política. Es una llamada a la acción. La Boétie llama a la insumisión espiritual: a erigirse cada cual en señor libre (sui iuris) frente al poder, alzado por el pueblo (feliz en su infelicidad) y personalizado en el tirano (infeliz en su felicidad).

A Michel de Montaigne, amigo íntimo y lector devoto de La Boétie, se le ha acusado de cauteloso y conservador en su interpretación, pero, por su trato y afecto, es un guía insustituible. Montaigne nos informa de que su amigo no era un revolucionario: «Era en verdad… un alma al viejo estilo. Su espíritu estaba moldeado en el patrón oro de otros siglos que estos». Esos otros tiempos son los clásicos, pero también los feudales. La Boétie, que compra el cargo de consejero del Parlamento de Burdeos y se casa con una viuda noble, Marguerite de Carle, con dos hijos, propone la libertad de cada cual en el castillo de su conciencia. La prueba es que Montaigne, su ferviente admirador, practica esa lección con su vida: enseñoreado en su torre, baluarte o biblioteca.

Ese paso atrás es un paso arriba. En cambio, ante los colaboradores necesarios del tirano, La Boétie siente pasmo y pena: «Soy presa de asombro ante su maldad, y a veces de compasión ante su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es aproximarse al tirano, sino alejarse más de su libertad y, por decirlo así, abrazar y estrechar con las dos manos la servidumbre?». Se condenan a ser, como decía el capitán Fernández de Andrade en la «Epístola Moral»: «Augur de los semblantes del válido». «No tienen que hacer solamente —desarrolla La Boétie— lo que ordena el tirano, sino pensar qué es lo que quiere y a menudo, para satisfacerlo, anticipar incluso sus pensamientos. Para ellos obedecerlo no es todo, además hay que complacerlo».

El cardenal Richelieu tuvo «un excepcional interés» en conocer el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, y lo buscó por toda Francia. Ese interés richeliano es coherente con su obsesión contra los jansenistas y su aversión al abad de Saint-Cyran, que apenas había dicho que «hay un espacio, como seis pies de territorio de alma, en el que nunca deben poner ni imponer su imperio ni ser temidos ni canciller ni nadie». El sagaz cardenal sabía que los peores enemigos del absolutismo —que él estaba gestando— eran los que no aceptaban la servidumbre voluntaria. El mensaje subversivo de La Boétie no estriba en una supuesta llamada implícita a ninguna revolución que se aplastaría fácilmente, sino en su convencimiento de que sólo la sumisión voluntaria sostiene al poder. Basta con resistirse a ese mecanismo de sometimiento íntimo para desfondar cualquier opresión. Lo supo Solzhenitsyn. Lo dice Jordan B. Peterson. Lo escribió el aforista argentino Porchia: «Las cadenas en uso no esclavizan». Si te echan cadenas, tenlas tensas. Sólo cuando dejas de sentirlas te han dominado de verdad.

La Boétie desvela con concisa lucidez los mecanismos del poder. Su conocimiento funciona como consuelo y antídoto. Nos recuerda que el señorío personal depende nada más que de nosotros mismos. Y nada menos.

Los cobardes y los obtusos no saben ni soportar el mal ni recobrar el bien, se quedan en el desearlo, y la virtud de pretenderlo les es arrebatada por su cobardía.

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¿De dónde ha sacado el tirano tantos ojos con los que os espía, si vosotros no se los dais? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos si no las toma de vosotros?

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El pueblo ha perdido hace mucho tiempo todo entendimiento. Visto que no siente su mal, eso muestra de sobra que su enfermedad es mortal.

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Dios, haciendo a unos más grandes y a otros más pequeños, quería dar lugar al fraternal afecto, a fin de que tuviera en qué emplearse,

al tener los unos el poder de ofrecer ayuda y los otros la necesidad de recibirla.

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[Hablando de la libertad.] Hemos degenerado tanto como para no poder reconocer nuestros bienes ni de igual manera nuestros espontáneos afectos.

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Bruto, Casio y Casca, cuando emprendieron la liberación de Roma o, más bien, del mundo entero, no quisieron que Cicerón, ese gran guardián del bien público, se integrara en la partida; y juzgaron su corazón demasiado débil para un hecho de esta altura; tenían confianza en su voluntad, pero no estaban nada seguros de su coraje.

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Al tirano ni siquiera hay necesidad de combatirlo, de derrotarlo, está de suyo derrotado solo con que el país no consienta en su servidumbre. […] Para tener libertad no hay más que desearla: no necesita más que un simple querer.

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Es ardid de tiranos embrutecer a sus súbditos. Ciro [tras conquistar Sardes] estableció allí burdeles, tabernas y juegos públicos, y publicó una ordenanza para que los ciudadanos tuviesen que frecuentarlos.

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No todos los tiranos han declarado así, explícitamente, querer afeminar a sus súbditos: pero en verdad lo que Ciro ordenó formalmente, la mayor parte de ellos lo han seguido bajo mano.

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Es cosa maravillosa que se dejen ir así de rápidamente, solo con que se les adule. […] De esa forma los pueblos entontecidos, encontrando hermosos todos esos pasatiempos, divertidos con un vano placer que les pasaba ante los ojos, se acostumbran a servir tan ingenuamente como los niños, pero peor que ellos.

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Los muy cebones no se daban cuenta de que no hacían más que recuperar una parte de lo suyo, y que eso mismo que recobraban, el tirano no se lo hubiera podido dar si antes no se lo hubiera arrebatado a ellos mismos.

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Los tiranos azucaran la servidumbre […] No hay ningún mal que perpetren, incluso de gravedad, que no lo hagan preceder de alguna bonita declaración sobre el bien público y la asistencia común.

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Quien piense que las alabardas, las guardias y el dispositivo de vigilancia guarda a los tiranos, se equivoca de lleno. Se ayudan de ello, más por la formalidad y a modo de espantajo que por la confianza que tengan en eso.

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[Los colaboradores necesarios aspiran a ser] bajo el gran tirano, tiranuelos ellos mismos. […] Al final no hay uno que no se sienta partícipe sino del botín principal, al menos de la rebusca.

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¿Hay algo en el mundo menos soportable que esto [que la servidumbre voluntaria], no digo para un hombre de espíritu, no digo para un bien nacido, sino solamente para uno que tenga sentido común o simplemente el rostro de un hombre? […] No pueden decir de sí mismos que se pertenezcan.