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Sabiduría Medieval

La Cristiandad medieval: ‘Un Reino de las Hadas’

Espero sinceramente que el lector buscador de la Verdad, el Bien y la Belleza encuentre en esas páginas torpemente dispuestas al menos unas pocas gotas de la inenarrable belleza y la profunda sabiduría de esa época única que fue la Edad Media cristiana

En El momento maquiavélico, un clásico de la historia del pensamiento político, Pocock discute en extenso las Cartas de Catón (Cato’s Letters), un interesante tratado político whig publicado por capítulos en el London Journal de Londres entre 1720 y 1724 por John Trenchard y Thomas Gordon. Esta obra trata de diagnosticar y poner remedio al estado de corrupción imperante en la Gran Bretaña de comienzos del siglo XVIII. Lo que nos interesa aquí de este opúsculo, de marcado tono anticlerical y antimonárquico, es su vinculación del mundo de la corrupción y de la irrealidad (unreality), entendiendo por esta última «el mundo de la superstición y de los artificios clericales, que no es otra cosa que el Reino de las Hadas relatado por Hobbes en el Libro IV del Leviatán, donde los hombres se encuentran en un estado de sumisión condenados a vivir en un entramado imaginario de entidades y presencias irreales (Cato’s Letters, II, 105-112)».

En efecto, el origen de la extraña dimensión política del concepto de ‘Reino de las Hadas’ (Kingdome of Fairies) hay que buscarlo en uno de los tratados de pensamiento más influyentes de la historia, el Leviatán de Thomas Hobbes (1651), en el que el ataque al Papismo de este autor gira en torno a esta idea (IV, 47): «Pues desde que el Obispo de Roma logró ser reconocido como Obispo universal pretendiendo suceder a San Pedro, toda su jerarquía o reino de tinieblas (Kingdome of Darknesse) puede compararse sin violencia al Reino de las Hadas (Kingdome of Fairies), esto es, a las fábulas de las viejas en Inglaterra sobre fantasmas y espíritus (ghosts and spirits) y los actos que realizan cada noche».

Seguidamente, Hobbes, de confesión anglicana, enumera todas las similitudes que él encuentra entre el Reino de las Hadas y la Iglesia Católica: «Las hadas, sea cual fuere la nación donde se reúnan, sólo tienen un Rey universal, que algunos poetas nuestros llaman Oberón, pero que la Escritura llama Belcebú, príncipe de los demonios (…) Los eclesiásticos son hombres espirituales y padres fantasmales. Las hadas son espíritus y fantasmas; habitan la tiniebla, las soledades y las tumbas. Los eclesiásticos andan sobre la oscuridad de doctrina en monasterios, iglesias y cementerios. Los eclesiásticos tienen sus iglesias catedrales que, estén donde estén, por virtud del agua bendita y ciertos encantamientos llamados exorcismos, tienen el poder de hacer que las ciudades se conviertan en tronos del Imperio. También las hadas tienen sus castillos encantados y ciertos espíritus gigantescos que dominan sobre las regiones circundantes (…) Las ancianas no han determinado en qué tienda o lugar hacen las hadas sus encantamientos. Pero los lugares del clero sabemos sobradamente que son las universidades, cuya disciplina proviene de la autoridad pontificia».

Hobbes concluye su diatriba contra el Papado señalando una última similitud con el Kingdome of Fairies: «A estas y otras semejanzas parejas entre el Papado y el Reino de las Hadas, puede añadirse la de que tal como las hadas no tienen existencia, sino en las fantasías del pueblo ignorante, nacidas de las tradiciones de ancianas o viejos poetas, así también el poder espiritual del Papa (sin los límites de su propio dominio civil) sólo consiste en el miedo que el pueblo seducido siente ante sus excomuniones por haber oído de falsos milagros, falsas tradiciones y falsas interpretaciones de la Escritura».

Con todo, quizá lo más interesante de todo sea cómo Hobbes enlaza esta idea del Reino de las Hadas con otra, de no menor significado, esto es, la vinculación del Papado romano con el Imperio Romano: «Si un hombre considera el origen de este gran dominio eclesiástico, percibirá fácilmente que el Papado no es sino el fantasma (ghost) del fallecido Imperio Romano (deceased Romane Empire), que se sienta coronado sobre su tumba. Porque así brotó súbitamente el Papado de las ruinas de ese poder pagano. También el lenguaje que utilizan en las iglesias y en sus actos públicos es el latín, no usado habitualmente por ninguna nación en el mundo. ¿Qué es sino el fantasma del viejo lenguaje romano?»

Lo cierto es que Hobbes, con su habitual perspicacia, había descrito con sumo acierto (más allá de sus muy cuestionables juicios de valor) los pilares sobre los que se asentaba la Cristiandad de la que él renegaba: Cristo y Roma, cuyo espíritu y memoria había quedado perpetuado respectivamente en las instituciones medievales del Papado y el Sacro Imperio, siendo el latín la lengua universal de ambas.

Ahora bien, y esto es sumamente relevante, todo ello se daba en el seno de una sociedad que Hobbes describe como el Kingdome of Fairies, el ‘Reino de las Hadas’, una sociedad caballeresca en la que había ángeles y demonios, pero también hadas, gnomos y dragones que convivían en el imaginario colectivo con los santos del Cielo. Una Edad Media de catedrales y castillos en la que lo sobrenatural, fuera benigno o maligno, lo impregnaba todo, absolutamente todo.

Siguiendo con autores británicos, si damos un salto de poco más o menos un siglo, nos encontramos con una visión interesante de ese ‘mundo de las Hadas’ de la Cristiandad medieval en los escritos de Edmund Burke (1729-1797), considerado por muchos el padre fundador del conservadurismo contemporáneo. En su obra más influyente, Reflections on the Revolution in France, publicada en el año 1790, Burke introduce una memorable reflexión sobre esa sociedad tradicional cuya desaparición lamentaba (c. 89): «Pero la época de la caballería (age of chivalry) ya pasó, y ha sido reemplazada por la de los sofistas, los economistas y los calculadores, extinguiéndose para siempre la gloria de Europa».

Significativamente, enseguida hubo autores críticos con las ideas de Burke que utilizaron este pasaje para presentar al pensador británico como un nuevo Don Quijote, un loco de la caballería sin contacto con el mundo real. De este modo, al año siguiente de la publicación del libro de Burke, Thomas Paine, en su célebre The Rights of Man, un libro que alcanzaría la entonces inimaginable cifra de un millón de ejemplares, lanza sus invectivas contra este: «Vemos que un hombre, pretendiendo que se le crea, se lamenta dramáticamente en una publicación de que ‘¡Ha concluido la Edad de la caballería!’ (…) y todo ello porque la necia edad caballeresca del Quijote ha concluido (…) En un arrebato de su imaginación, ha descubierto un mundo de molinos de viento y se lamenta de que ya no queden Quijotes que puedan atacarlos».

Ciertamente, el hecho de que «el quijotesco» Burke acertase en el año 1790 en sus vaticinios (pues anunció con años de antelación el Terror jacobino) y que Paine escapara por muy poco a ser guillotinado en París, no es un detalle menor. Con todo, esta temática quijotesca dará mucho juego a los adversarios de Burke. En esta misma línea, un crítico anónimo de 1791 se burlaba de la «prosa enloquecida» de Burke y exclama: «Pero la Edad de la caballería ya ha pasado… ¡Gracias sean dadas al Cielo y a Cervantes!».

Las caricaturas hostiles a Burke comenzaron a aparecer en los periódicos a la semana de la publicación de sus Reflections. En ellas el pensador británico era ataviado con prendas propias del clero católico o presentado, de forma ridícula, como un caballero andante. En uno se le llamaba, a imitación de Don Quijote, Don Dismallo (dismal en inglés significa lúgubre, sombrío), en referencia burlesca a su elogio de la caballería. En otro grabado satírico publicado en ese mismo año 1790 se representaba a Burke como un hombre que se había vuelto loco al final de su vida, saliendo, ataviado como Don Quijote, de una librería de camino a combatir a la Asamblea Nacional revolucionaria, montando un asno con la cabeza coronada por la tiara del Papa y empuñando un escudo donde se leía la inscripción «escudo de la aristocracia y el despotismo».

Resulta evidente que los argumentos principales del ataque de Thomas Hobbes a la Cristiandad tradicional eran de nuevo utilizados, esta vez contra el nuevo pensamiento contrarrevolucionario de Burke. La imaginería tenebrista propia de todo discurso sobre el oscurantismo le fue aplicada por intelectuales, poetas, periodistas, caricaturistas… El Reino de las Hadas hobbesiano era ahora el mundo de los delirios del último caballero andante, Don Quijote, y sus molinos de viento. Se impugnaba así, de forma algo grosera, el espíritu caballeresco medieval como algo fantasioso. Pero, además, y esto resulta llamativo, se vinculaba en las sátiras a Burke con el clero católico y con el Papado, a pesar de que era notorio que el pensador británico era anglicano. Sin duda, a pesar de la evidente decadencia del poder del Papado, lo que el infame Voltaire denominaba le scandale de Rome seguía obsesionando en el Siglo de las Luces a no pocos intelectuales, del mismo modo que, en el siglo anterior, el phantom of Rome era el ídolo que había que derribar en opinión de Hobbes.

Ignorancia y fanatismo medievales y católicos frente a las luces del secularismo y el materialismo. Ahora bien, se podría decir que el Reino de las Hadas del Medievo, lejos de ser el mundo de la ignorancia y el fanatismo, fue un mundo en el que todavía cabía el asombro ante lo maravilloso. En el que lo maravilloso era posible en forma de milagro, en forma de aventura caballeresca, en forma, en fin, de un bellísimo legendarium donde los dragones convivían con los santos.

Unas palabras finales sobre Sabiduría medieval (Ediciones Monóculo), el libro que acabo de publicar: esta modesta obra no es un ensayo ni un libro de historia. Ciertamente, lo ha compuesto un historiador, un medievalista, pero de ningún modo pretendo presentarlo como un libro de historia académica o científica, una obra objetiva, aséptica, desapasionada y neutra, como si lo han sido mis anteriores libros sobre historia medieval. Nada más lejos de mi intención en esta ocasión. Este es, lo confieso, un libro subjetivo, muy personal. Fruto de mi pasión, de mi amor, de toda una vida por la civilización medieval, nacido cuando aún era un niño. Al mismo tiempo, es un libro, en el que, paradójicamente, no hay una sola línea de mi autoría más allá de su breve prólogo.

Es mi Edad Media a través de otras voces que representan mi propia voz mejor de lo que yo acaso sería capaz. Lo he compuesto al modo de un florilegium o de un liber sententiarum del propio Medievo. Citas, sentencias y aforismos de cronistas, poetas, pensadores y místicos medievales, agrupadas temáticamente y combinadas con otras de autores contemporáneos (tanto historiadores académicos como literatos y filósofos). La subjetividad de este libro estriba en mi particular selección de estos aforismos y citas. Esto no es una antología sistemática, justo es advertirlo. Hay cientos de aforismos y citas en este libro, pero he desechado miles según mi saber y entender. Veinticinco años como docente e investigador de la historia de las ideas medievales me han proporcionado no solo una infinidad de materiales, sino también, al menos eso espero, algún criterio al respecto, un criterio personal y discutible, pero fruto de varias décadas de estudios y reflexión sobre la civilización del Occidente medieval.

En definitiva, más allá de todas estas consideraciones, lo que espero sinceramente es que el lector buscador de la Verdad, el Bien y la Belleza encuentre en esas páginas torpemente dispuestas al menos unas pocas gotas de la inenarrable belleza y la profunda sabiduría de esa época única que fue la Edad Media cristiana. Quiera Dios que le dé algo de luz en estos tiempos en los que la civilización heredada de nuestros antepasados está en ruinas. Sólo la memoria nos devolverá nuestra identidad. Sic itur ad astra.