La veneración de las reliquias
Un decálogo barroco
De entre todas esas obras la más representativa e influyente es el Oráculo manual y arte de prudencia (1648)
La gran literatura es un milagro. Y a veces es necesario recurrir a un endecasílabo —aunque sea tan prosaico y ramplón como este— para que no se nos olvide. En la España de los siglos XVI y XVII, por fortuna para aquellos que pensamos y sentimos en la lengua románica más hablada del planeta, proliferan los milagros literarios para todos los gustos; milagros, como los ríos de Manrique, caudales, medianos y chicos.
El jesuita Baltasar Gracián (1601-1658) pertenece, con Calderón de la Barca y algún otro, a aquella última minoría selecta de los Siglos de Oro cuyo nacimiento coincide, aproximadamente, con el inicio de la centuria. Sus libros encarnan esa imagen del hombre barroco —tantas veces citada que hoy pudiera parecernos poco más que un lugar común— como un peregrino escéptico y desengañado, pero dotado de un ingenio que le permite saborear las mejores páginas de la literatura y conducirse en el proceloso mundo de la corte.
De entre todas esas obras la más representativa e influyente es el Oráculo manual y arte de prudencia (1648), una colección de trescientas máximas —acompañadas de una breve glosa— con las que quiso ofrecer a los discretos de su época los consejos que tradicionalmente, en la Edad Media y en el Renacimiento, eran patrimonio de príncipes y cortesanos. Pero la novedad de Gracián no es solo su destinatario, ni tampoco la forma aforística, sino el estilo. En Gracián, el estilo es el hombre y el hombre es la doctrina. Es el suyo un estilo lacónico y elíptico —difícil, para no andarnos con rodeos— en el que menudean los juegos de palabras y en el que a cada paso se despliega un léxico sugerente y unos matices semánticos distintos a los del —por desgracia— castellano un tanto raquítico con el que hoy solemos encontrarnos.
Sin demorarme más en esta presentación, ofrezco a continuación un decálogo de máximas para invitar a que mis desocupados lectores se familiaricen con la obra:
2. Pagarse más de intensiones que de extensiones. «No consiste la perfección en la cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro, es descrédito lo mucho», leemos en la glosa de la sentencia. Aunque quizá esto se nos antoje un tanto obvio, lo cierto es que con la aparente multiplicación de amigos, ofertas de trabajo, amores y saberes que nos muestra el escaparate virtual, a veces se nos olvida que, en las cosas importantes, no rige esa ley que tanto gustaba a los marxistas de la «transformación de la cantidad en cualidad» (sic). Preferir la calidad a la cantidad es virtud de discretos, de los que saben elegir y se comprometen con su elección. Y recordemos que elección y elegancia comparten etimología.
3. Conocer tu realce rey. Gracián, por arte de birlibirloque verbal, hace a veces de un sustantivo un epíteto (para qué decir real, pudiendo decir «rey»), y con ello logra que nos fijemos en su particular variación del mandato délfico (nosce te ipsum /«conócete a ti mismo»): conócete, pero descubre sobre todo cuál es tu mayor virtud, aquella que te «realza» por encima del resto, y exprímela al máximo (también nos hablará, en otro aforismo, de su necesario contrapunto: el «defecto rey»).
4. Simpatía con los grandes varones. Cuenta Gracián que los efectos de arrimarnos a los buenos son tan prodigiosos que los ignorantes los comparan con un bebedizo, con una pócima mágica. La fraseología popular insiste tanto en esta idea que me parece innecesario abundar en la glosa. La amistad auténtica —recordaba además Azorín en su Don Juan— es la flor suprema de la civilización.
5. Elegir idea heroica, que para Gracián significa fijarse en un modelo estimable. Los clásicos siempre tuvieron claro que, en la vida y en el arte, lo esencial se aprendía por imitación, y que solo así se lograba aventajar a quienes nos habían precedido. Es muy conocida la afirmación del Brocense de que no tenía por buen poeta al que no imitaba a los excelentes antiguos. Hoy, desencantados tras ciertos excesos románticos de afirmación de una individualidad sin raíces, los modelos y ejemplos vuelven a suscitar nuestro interés y son cada vez más los pensadores que regresan a estas tesis, tan humildes como verdaderas.
6. Cada uno la majestad a su modo. El autor de El Criticón aspira que «sean todas las acciones, si no de un rey, dignas de tal, según su esfera», casi preludiando —pero con menos florituras— lo que dirá Eugenio d’Ors: «cualquier oficio se vuelve Filosofía, se vuelve Arte, Poesía, Invención, cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que esta se parta en dos mitades: la una, para el ideal; la otra, para el menester cotidiano». Toda tarea humana es potencialmente un gesto no solo de nobleza, sino de majestad.
7. No dar en paradojo por huir de lo vulgar. Paradojo es uno de esos términos que —con la acepción de Gracián— hoy no recoge el diccionario, pero cuyo significado no es difícil de barruntar: el paradojo es el estrambótico, el que parece compuesto de retazos que no encajan entre sí. Hay muchos que, como el Zelig de Woody Allen, quieren ser indistinguibles de la masa, pero el aforismo aquí apunta a aquella otra pulsión que tenemos casi todos: la de distinguirnos, la de ser únicos y diferentes. Gracián nos recuerda algo elemental: para huir de lo común, no es necesario llegar al otro extremo, no es necesario volverse un paradojo cuya compañía cause incomodidad y extrañeza.
8. Tener que desear. Me basta y sobra aquí un breve poema de Aquilino Duque para resumirlo: «Hay que buscar con la esperanza / de no encontrarlo todo. / Hay siempre que pararse a dos jornadas / de la felicidad. / Hay que tender al infinito. / Estar a punto de llegar / pero no llegar nunca. / Eso es la plenitud. Eso es la vida».
9. Saber repartir la vida a lo discreto. Gracián habla de dividir la vida, como si fuese una comedia, en tres actos: el primero —la juventud— para «hablar con los muertos», es decir, para la lectura de los clásicos, que Quevedo también llama «conversación con los difuntos» en un conocido soneto; la segunda —la madurez— para los vivos, para «ver y registrar todo lo bueno del mundo»; la última —la vejez— para filosofar. Obviemos la tripartición cronológica y quedémonos con la esencia de su programa pedagógico: si queremos llegar a ser filósofos o —por decirlo de forma menos solemne— personas con una cierta claridad mental, hemos de dedicar primero nuestros esfuerzos tanto a estudiar a los grandes autores como a examinar con toda minucia el mundo que nos ha tocado vivir.
10. Tener un punto de negociante. Aquí nuestro escritor se dirige a intelectuales y a quienes andan, nefelibatas, por las nubes, pues «los muy sabios son fáciles de engañar, porque aunque saben lo extraordinario, ignoran lo ordinario del vivir, que es más preciso». Gracián, que tantas páginas consagra a las virtudes del estudio, no se olvida nunca de que hasta la más resplandeciente torre de marfil necesita orearse con la brisa de la calle.
Leer el Oráculo, sí, a veces es un desafío, pero esa dificultad tiene algo de ordalía que han de superar sus potenciales lectores si aspiran a desenvolverse en la vida cotidiana, donde los equívocos, las alusiones y las apariencias son mucho más frecuentes que en cualquier tratado de retórica o libro de aforismos, por muy barrocos que sean.