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Yukio Mishima, caracterizado como samurái

El 25 de noviembre de 1970, hace 55 años, Yukio Mishima –cuyo nombre original era Kimitake Hiraoka– se quitaba la vida ante el asombro de una conmocionada sociedad japonesa.

Con solo 45 años, la ritualidad de su sepukku iba a poner fin a una extravagante existencia que, con el paso del tiempo, no ha dejado de abrir interrogantes respecto a los motivos de una sopesada y previamente decidida «autoinmolación» en la que honor y tragedia se daban cita en presencia de un contingente de 800 pretorianos de la Tatenokai, la Sociedad del Escudo, principales testigos de su adiós a la vida terrenal en la guarnición del barrio de Ichigaya.

Ese infausto día, también, Mishima dejaba su último manuscrito para la eternidad: la entrega de una tetralogía, Hōjō no umi (El mar de la fertilidad), que, de manera paradójica, daba carpetazo final a su oceánica carrera literaria, alabada por unos y criticada por otros, debido a su extrema singularidad, en el intento de la obsesiva búsqueda del otro para comprender el funcionamiento y entresijos del destino de todo individuo, aunque, por otra parte, manifieste cierta incapacidad para la superación de fronteras emocionales e intelectuales, según Marleigh Grayer Ryan, profesor americano experto en literatura japonesa y estudios orientales.

Todo estaba planeado para las diez y media de esa trágica mañana: el legado de su obra como depósito para la eternidad, el trayecto en un reluciente coche blanco deliberadamente adquirido para el traslado, el frío adiós al colegio donde se encontraba su hija, la guerrera de su «ejército» sobre el torso desnudo, el reluciente correaje de su histórica katana y sus cuatro fieles acompañantes en aquel último trayecto: Masahiro Ogawa, Masayoshi (Chibi) Koga, Hiroyasu (Furu) Koga y Masakatsu Morita; cada uno de ellos con órdenes concretas para el posterior ritual del kaishaku ante el teniente general Kanetoshi Mashita, comandante de la Armada Oriental hecho preso en un despacho del Estado Mayor, si la ocasión requería cumplir con el más funesto de los desenlaces.

Radical giro de tuerca

Tras tomar el acuartelamiento de la capital, la Tatenokai secuestró al alto mando militar e intentó emprender la revuelta con un incendiario discurso delante de una expectante multitud.

En su arenga, aparte de refrendar y ratificarse en lo anunciado días antes a través de la propaganda de panfletos y octavillas, Mishima invitaba a dar un radical giro de tuerca a la nación con el claro objetivo de restaurar el gobierno del emperador ante lo que el público allí presente iba a mostrar su contrariedad e indignación, reaccionando con gritos y abucheos.

Yukio Mishima dando el discurso en el cuartel momentos antes de quitarse la vida

Ataviado con su hachimaki –la tradicional banda de tela sobre la cabeza– como símbolo del esfuerzo, la constancia y perseverancia de su abnegada misión, concluyó su duro alegato y, decepcionado, regresó al despacho interior para quitarse la vida con un accidentado seppuku después de despojarse de su guerrera, quitarse y apartar las botas, desabrocharse el cinturón para dejar caer los pantalones alrededor de sus tobillos y, asistido por Morita en primera instancia y Furu Koga como verdugo definitivo, arrodillarse ante el alto mando militar.

Era cuestión de honor y la latente y creciente hipocresía de su pueblo le habían conducido a ese punto sin retorno.

La acción, obviamente, suscitó opiniones diversas en el entorno del Japón y nadie quedó al margen de dar su versión. Por un lado, se habló de que había sido la culminación de un escritor que siempre había mostrado la radicalización de sus posturas políticas, sin tapujos ni complejos, de forma clara en una obra peculiar mirada con lupa dentro y fuera de sus fronteras.

Por el contrario, otros consideraron que había sido la resolución de una desequilibrada existencia en muchos ámbitos y sentidos. Por último, cada vez con más frecuencia, hubo los que aseguraron que ese último gesto era la sublime representación de la verdad de fuertes y profundas convicciones.

De una u otra manera, se había materializado y fatídicamente puesto en práctica lo que, en algún momento, había anticipado en sus escritos: «Las personas bellas han de morir jóvenes, y todos los demás han de vivir todo el tiempo posible».

La sumisión al materialismo y los encantos del mundo occidental; principalmente, los procedentes de los Estados Unidos –su principal rival en el conflicto bélico aludido–, además de la democracia de posguerra, habían menoscabado el pensamiento de buena parte de una población sometida que, de manera progresiva, había ido desviándose de sus raíces e idiosincrasia bajo el cloroformo de la silente pleitesía a Occidente.

Así, Mishima había perseguido un camino –la vía del guerrero– en el que las alusiones a la muerte en la persona del samurái no le eran desconocidas como supo plantear y emular en la realidad de las múltiples vicisitudes de su vida.

Armonía y bienestar interior

A lo largo de los años, no cejó en el empeño de mantenerse firme y erguido contra los síntomas de debilidad y degeneración contrarios a los ideales del auténtico samurái y el ideario del Bushidō.

De hecho, sus reflexiones no son ajenas ni están exentas de una cierta mística que, más de medio siglo después, sigue envolviendo su, para muchos adeptos, insigne figura.

El escritor Yukio Mishima

En los medidos pasos de su pensamiento no falta la pervivencia del noble principio aristocrático del samurái, una réplica de columna vertebral que se alimenta de principios para ejercer diversos roles como la objetividad y clarividencia de su mente, el ideal de la virilidad, la reciedumbre de la acción, la trascendencia de su ética y la templanza en las decisiones.

Sólo así se pueden librar combates y batallas donde se hallan la armonía y el bienestar interior, armas certeras para someter al rival y destruir discursos repletos de palabras demoníacas, dudosas tendencias o modas pasajeras en las que la banalidad de una vida dispersa representa la antítesis de la vía iniciática establecida por el camino del guerrero como consagración acompañada de dolor, sufrimiento, sacrificio e, incluso, la propia muerte. A los hechos de aquel aciago día podemos referirnos.

Por último, tras lo acontecido hace 55 años, también hay una exacerbada crítica en la filosofía proyectada y anhelada por Mishima: el hecho de aferrarse a la vida sin conocimiento ni sentido o, por otro lado, la ausencia de un plan para la propia existencia; es decir, existir sin ser.

No cabe duda de que esta opción representa el elemento antagónico a sus valores y principios, a la síntesis de una vida conclusa y el definitivo punto final que, a pesar de su invitación a la extinción personal del individuo, conforma un grito de protesta, una sólida y contundente victoria frente al servilismo y confort de la modernidad.