San Sebastián de Silos
El Debate de las Ideas
Diario de Silos
Acudo a la milenaria abadía benedictina para celebrar el 50 aniversario de la ordenación de uno de los monjes, mi amigo Rufino de la Cruz
A las once de la mañana del sábado abandono Madrid. Antes desayuno con Enrique para comentar las jornadas que nos han ocupado durante dos días. No han ido mal. Luego preparo la maleta y adecento la cama sin hacerla del todo. En la recepción entrego las llaves a lo que supongo una monja. Debe serlo porque la casa está regentada por las religiosas de la Asunción, pero como no llevan hábito, nunca puedes estar seguro. Con frecuencia les delata un cierto anacronismo en el vestir: veinte o treinta años de desfase. Lo que a principios del siglo XXI podía pasar por una señora cualquiera -quizá una beata, una catequista-, hoy canta a monja de paisana. De hecho, hay cierto tipo de jersey que ya solo usan las religiosas vestidas de seglares. «Las llaves, hermana», digo. «Gracias, joven», responde.
Ya en la calle pienso en el desperdicio que suponen las tareas prácticas a las que tantas veces las monjas se dedican. La repostería, atender una recepción, la enseñanza… Todo lo que no sea oración y contemplación me parece una pérdida de tiempo, una insensatez, más aún en los tiempos que corren.
II
Conduzco en dirección a Santo Domingo de Silos, provincia de Burgos. Acudo a la milenaria abadía benedictina para celebrar el 50 aniversario de la ordenación de uno de los monjes, mi amigo Rufino de la Cruz.
A 11 kilómetros de mi destino, el avistamiento de un campanario que parece románico me detiene en una villa: Espinosa de Cervera. Aparco frente a una nave abandonada. No sé si se puede aparcar aquí, pero tampoco hay nadie a quien preguntarle. Camino hacia la iglesia. No me cruzo con nada que se mueva, ni una persona, ni un gato, ni siquiera un visillo. En el tejado del campanario hay una veintena de palomas, todas quietas, parecen dormidas a pesar de que son las dos de la tarde. Tal vez Espinosa de Cervera se halle bajo los efectos de alguna maldición. Siento el súbito deseo de dar una palmada y desembrujar el pueblito con un estallido de palomas. Pero, de repente, un saludo. Alguien ha dicho: «Buenas». Me giro y alcanzo a ver la espalda de un anciano que dobla la esquina.
Aunque el edificio es coqueto y conserva en la torre y el ábside elementos románicos, más concretamente de la Escuela del Esgueva, no tengo cuerpo para turismos. Algo hay en el ambiente que incomoda. Empiezo a sentirme dentro de una película de folk horror. Los habitantes de una villa castellanoleonesa, nublados por la idiocia y el tedio, sucumben a un influjo maligno. Ahora utilizan su iglesia del siglo XII como cebo para los urbanitas. Mientras contemplan los canecillos del ábside, son capturados, luego atormentados, torturados y finalmente despedazados en una suerte de misa negra. Así que decido marcharme. Acelero el paso camino del coche. No llego a correr, pero poco me falta. El conato de un trote. En una de las últimas calles me tranquiliza un olor a sopa y chuletas que despide una de las casas.
III
Al poco llego a Santo Domingo de Silos. Esta vez no me hospedo en la abadía, sino en un hostal en la parte baja, junto a la ribera del río Mataviejas. Tardo en ser atendido porque el recepcionista es también camarero y ahora mismo tiene el comedor hecho un cafarnaúm. «¿Qué pasa hoy?», le pregunto en cuanto encuentra un hueco para atenderme. «El puente de la Almudena, que me ha llenado esto de madrileños».
Queda un rato para la cita con Rufino, de modo que dejo el equipaje en la habitación y me echo a la calle dispuesto a matar el tiempo. Después de atravesar el pueblo de punta a cabo, me acerco a visitar la secuoya de la puerta de la hospedería. No tan famosa como el ciprés del claustro, tiene, sin embargo, un lugar predilecto en mi corazón. Le he dado tantas vueltas a la cabeza junto a ella, tantos los intentos de orar viendo los pajaritos entrar y salir de su frondosa copa.
De camino a la iglesia compruebo que, en efecto, hay una cantidad considerable de turistas. Me cruzo con un hombre que se lo explica así a su acompañante: «Todo el que está por la zona y tiene un rato que perder, viene a perderlo aquí». Pienso entonces en Silos como una de esas fuentes en las que los turistas arrojan monedas por el simple hecho de que otros lo hicieron antes; solo que en lugar de calderilla, aquí tiran tiempo, céntimos de tiempo, segundos, minutos, incluso una o dos de esas horas que tiene el día y con la que tampoco habrían hecho gran cosa.
La iglesia está en penumbra. Tardo en distinguir a Rufino junto a uno de los pilares de la nave central. En calidad de andaluz puedo permitirme ciertas licencias, así que levanto la mano como si quisiera pedir un taxi, pego media voz y, cuando llego a su altura, le propino un abrazo. Pese a que ha transcurrido una década, no parece haber envejecido, como si me hubiera esperado justo en el punto de nuestra última despedida. Será que Dios lo guarda en salmuera, o que mi mirada ha envejecido exactamente lo mismo que él.
Nos ha convocado en la cripta, bajo el templo, para contarnos la historia de su vida. Seremos diez, doce. Nos cuenta que el nombre se lo debe en parte a un hermano mayor, Rufino, que murió con 16 años mientras nadaba, antes de que él naciera, y en parte a Pablo de la Cruz, santo del día de su nacimiento, fundador de las Pasionistas. Nos cuenta que con 6 años supo que Dios existía, que lo amaba, y que desde aquel temprano momento no ha sufrido una sola crisis de fe. Sufrimientos, todos los que quieras; dudas, ninguna. Mañana me hablará de Unamuno, de San Manuel Bueno Mártir, pero no creo que lo saque a colación por él, sino por mí.
IV
A las siete, Vísperas, un rezo melancólico ante el que conviene estar prevenido. No tiene el fulgor promisorio de Laudes, pero tampoco el resignado arropamiento de Completas. Es la oración de la anochecida, el punto de máxima distancia entre un amanecer y el siguiente. A estas alturas del día, uno ya sabe que se ha quedado a medio camino. Hoy la concurrencia es grande; aun así la iglesia parece un mausoleo. Será por la falta de luz, por el frío húmedo, porque es noviembre, porque se rezan Vísperas, porque la vida del hombre es triste.
Tras la procesión de los monjes a la capilla de Santo Domingo, me echo a la calle, bufo y me sacudo la pena como un perro mojado. Es de noche, especialmente de noche aquí, donde la mayoría de las casas están cerradas, donde apenas hay un par de farolas cuya luz parece incluso oscilar como la de una vela. Ante una oscuridad tan rotunda, tan prematura, ¿qué hacer? ¡Pues qué se va a hacer sino buscar a un puñado de semejantes y tomarse algo! Ir al bar, que para algo está a doscientos metros, llameando, despidiendo luz y calor en uno de los extremos de la plaza en penumbra.
El local resulta ser de dimensiones modestas y tan cálido como prometía desde el exterior. Las paredes no cuentan con más decoración que sus propias piedras. El mobiliario es de madera, sobrio, y transmite una agradable sensación de robustez. Habrá unos quince parroquianos. Procurando no mirar a nadie directamente a los ojos, ocupo un hueco en la barra y busco el tirador de cerveza para saber a qué atenerme: Mahou Clásica. No está mal; solo espero que el barril no lleve pinchado desde el anterior puente de la Almudena. Pido una cerveza doble, doy un buen buche, compruebo que sin estar mal podría estar mejor y me pongo a expurgar el cuenco de los frutos secos en busca de los cacahuetes.
A los veinte minutos pido una segunda cerveza y la cuenta. La camarera, amable, amerindia, me dice que la cerveza sí, pero que la cuenta no. Ante mi gesto de extrañeza, me explica que he sido invitado por el caballero del otro lado de la barra. Lo conozco de vista, de la cripta: era uno de los invitados de Rufino. Entonces me dio una primera impresión que estoy a punto de corroborar. Parece uno de esos tipos no del todo aclimatados a este mundo, no del todo despiertos, que se arriman a la vida consagrada empujados por una vocación difusa y sentimental. Como casi nunca les permiten entrar en el noviciado, quedan alrededor del monasterio, revoloteando como palomitas en torno a un farol. Le agradezco la invitación, le estrecho la mano e insisto en corresponderle con otra ronda. Declina el ofrecimiento porque está en la hospedería del monasterio y ya es la hora de cenar. «Para la siguiente», le digo, y él se marcha sin contestar. Salvo por la camiseta blanca que asoma bajo el chaleco, va entero de negro benedictino.
Decido seguir su ejemplo y sentarme a cenar. Ocupo una de las mesas libres y pido la carta, y una copa de vino, naturalmente. De primero tomo una sopa castellana, reconfortante, llena de ingredientes deshilachados que no sé lo que son, pero que sientan de maravilla. De segundo un filete de ternera. Tal vez sea porque la última vez que comí carne madurada no me sentó bien, pero el filete sabe demasiado a bicho muerto. Un dedal de orujo blanco. Y al hostal. Como es costumbre, ya en la cama pongo una comedia para conciliar el sueño. Así mantengo a raya los pensamientos funestos y las fatigas existenciales. Hoy toca una película deliciosa: La vida en un hilo, de Edgar Neville.
V
Despierto a las 7 de la mañana. Domingo. Abro las ventanas y doy una bocanada capaz de hacer estallar un par de alveolos. El termómetro marca tres grados. El aire es vivificante, higiénico, incluso hermoso. Vuelvo a inspirar con todas mis fuerzas y llego repentina y equivocadamente a la conclusión de que en un sitio así alcanzar la santidad sería más fácil.
Después de Laudes desayuno en el hostal, solo, de cara a la pared e interiormente regocijado como siempre que puedo disponer a discreción de pequeñas tarrinas de mantequilla, en especial si son de la marca Arias. Antes de las once regreso a la abadía para la misa dominical. La iglesia está abarrotada. Los frailes legos ocupan su lugar en el coro. Uno de ellos, doblado por la vejez, para hacer la reverencia ante el altar tiene primero que erguirse. Y de repente, el órgano: ese extraño instrumento que respira por sí mismo, que siempre resulta turbador e imprevisible, que se alimenta del aire y del organista, que, como Whitman, es inmenso y contiene multitudes. Doce sacerdotes se dirigen al altar en medio de una nube de incienso. El último es Rufino. Lleva una casulla dorada.
La misa se desarrolla con tanta solemnidad y reverencia, con tanta fe en la eficacia del sacramento, que por un momento me parece que sí, que realmente son lo mismo la verdad, el bien y la belleza. En el Evangelio se recuerdan aquellas palabras del salmo, tan oportunas: «El celo por tu casa me devora». Incluso uno de los monjes, corpulento y extranjero, que ayer en Vísperas me hizo gracia por su pinta de matón albanokosovar converso; hasta ese monje, digo, da a las peticiones, con su acento de Europa del Este, algo oriental y ortodoxo que les sienta bien. La homilía de Rufino es la acción de gracias de un hombre de fe, sencilla y verdadera. Mientras dura la misa, todo está en su sitio porque todo parece elevado.
A las dos debo volver a la abadía: he sido invitado a comer en el refectorio con los monjes, un privilegio que jamás había tenido. Como queda aún una hora larga, pienso en qué hacer entretanto cuando una señora decide por mí. «Chico ―me dice agarrándome del brazo― vente a tomarte un vino». Aunque sin presentarnos hasta ahora, coincidimos ayer tarde en la cripta, en lo de Rufino. Le acompaña un hombre de mediana edad, de rasgos afilados, vestido con sobria elegancia. Transmite una sensación peculiar, alegre y fúnebre al mismo tiempo, como de fantasma bienhumorado. «Este es X», me informa la señora. Y a bocajarro: «Era monje en el Valle de los Caídos. Se salió para cuidar a su madre».
Ya con el vino por delante, nos dedicamos a compartir los derroteros vitales que nos han llevado a frecuentar Silos. En el caso de X está bastante claro, ya que fueron 20 monjes de aquí los que fundaron el monasterio en el Valle de los Caídos: ambas abadías están pues emparentadas. La historia de la señora, por el contrario, no está clara. Insiste en que ella fue la primera en venir a Silos cuando nadie lo hacía. Y en burro, para mayor abundamiento. Tiene los ojos muy saltones y muy enrojecidos; además habla con tanto ímpetu que uno espera que de un momento a otro salgan definitivamente ardiendo o disparados hacia su interlocutor. Tuvo que ser bastante rupturista en su juventud por la desconfianza con que habla de los nuevos movimientos. Trufa su discurso de anticlericalismos y fustiga con la vehemencia de una reformadora. Trata a la Iglesia fatal, como si llevara 60 años casada con ella. Creo que es una mujer de Dios. Cuando llega mi turno, he de explicar qué hago aquí, a 700 kilómetros de mi casa. Me limito a contestar que siempre he sido un poco atormentado. Ellos asienten con lo que me parece comprensión genuina.
VI
A la hora señalada un fraile nos abre una puerta lateral. Lo seguimos a paso rápido a través del claustro, el patio interior, una galería sin ventanas y, finalmente, el refectorio. Con dos gestos -uno dirigido hacia nosotros y otro a la mesa que hemos de ocupar-, nos sienta. La mesa de Rufino está al fondo de la sala: le acompañan el abad de Silos y el de Lerma, que ha venido para la ocasión. Uno de los monjes sube a una especie de púlpito: repasa algunas efemérides benedictinas y anuncia la pieza musical que sonará durante el almuerzo. Hago el intento de proponer un brindis con los de mi mesa, pero alguien chista para impedírmelo.
El menú es digno de la ocasión: embutidos, queso, morcilla de Burgos, crema de verduras, carrillera con patatas y tarta de merengue y frutos rojos; todo, por supuesto, regado con vino de la tierra. El problema, que lo hay, no es tanto la obligación de comer en silencio como la necesidad de hacerlo a toda velocidad. Con la carrillera, según parece, me entretengo más de la cuenta: me giro hacia la panera en busca de una rebanada y, cuando vuelvo la mirada, me doy cuenta de que un monje sonriente me ha hurtado el plato a medio comer. Son las maneras benedictinas. Supongo que temen recrearse. Preparan cuidadosamente platos que después engullen en un santiamén. Sobre todo me apena por la tarta: es exquisita en su delicadeza, primorosa, versallesca, y yo me veo obligado a asestarle una serie de puñaladas apresuradas con la cuchara de postre. La dejo a medio comer y sangrando sirope de frambuesa.
Concluido el atropellado almuerzo, pasamos a la galería. Han preparado café y licores en honor a Rufino. Aprovecho el barullo para escabullirme al hostal en busca del regalo: unas latas de aceite de oliva 1881. Cuando regreso tengo la suerte de toparme con Rufino en la puerta, junto a la secuoya, despidiendo a unos familiares. Espero a que termine y le digo con alegría «Padre». Él me dice «hijo mío» y se disculpa por no haberme atendido debidamente. Con exagerada estupefacción le pregunto que qué dice. Aseguro haber estado fenomenal, con unos y con otros. Y que no vuelvo santo, pero sí aireado. Le doy el regalo y tenemos una pequeña conversación que me guardo para mí. Antes de decirle adiós le deseo, al menos, otros cincuenta años de sacerdocio.