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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Falla, el italiano

La próxima semana, el Teatro de la zarzuela recupera El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla, un compositor cuya grandeza fue glosada, desde sus inicios, por grandes personalidades extranjeras

Manuel de Falla, óleo de Ignacio ZuloagaSFGP

Un escritor dijo el otro día que la proliferación de novedades literarias impedía fijarse en los clásicos. En España se sigue publicando una barbaridad (sin contar con la legión que ya lo hace directamente en Amazon); pero como todo lo que se ofrece en abundancia, la calidad es muy desigual.

Ya hace veinte años, cuando tuve la responsabilidad de ocuparme de la sección de cultura de uno de los principales periódicos nacionales, entre el alud de libros que las editoriales enviaban cada semana para la oportuna reseña, y que amenazaban con sepultarme junto al escritorio al más leve corrimiento de aquella muralla de letras, costaba una vida hallar algo interesante. Lo más normal era que aquellos tochos acabaran a los diez minutos como hacía Umbral, en la piscina.

La plaga de los «influencers»

Y me temo que la cosa ha ido a peor, pues de aquella generación de jóvenes promesas que venían a acabar con el mito de Cervantes no quedan ya ni las raspas (unos, con vocación funcionarial, se han hecho profesores o se han casado bien; otros han probado suerte en el cine, y el más famoso, por los achaques, ha tenido que retirarse de las discotecas donde cada noche intentaba, con éxito incierto, comprobar si alguna lectora despistada lo reconocía, para luego volver a la novela existencialista).

Ahora, todos ellos han sido sustituidos por la plaga de los «influencers», a lo que aquellos no llegaron porque aún no se había inventado el Instagram: como mucho posaban para los dominicales, el Hola de la creación contemporánea.

Pero si uno se sale de los cauces lógicos y habituales, incluso más allá de los territorios de Moyano, y rodea las principales librerías, todas iguales, con idénticas mercancías en pareja exhibición, en algunos tugurios amenazados de ruina inminente, bajos de barrio antiguo, suelen agazaparse, casi siempre dispersas, amontonadas sin orden ni disciplina, obras que escapan al público escrutinio de las listas de éxitos; si bien a cambio proporcionan al abnegado buscador de perlas alguna discreta alegría.

A mí me ocurrió no hace mucho con una pieza cuya existencia desconocía, un libro en italiano, de la editorial Ricordi, en cuya portada, bajo un retrato al carboncillo del compositor, en letras no demasiado grandes, se advierte el siguiente título: Manuel de Falla, y debajo, en minúsculas, a cura di Massimo Mila.

Resultó que, a Mila, uno de los más agudos, amenos y cultos críticos italianos, autor de sustanciosas crónicas recopiladas en un bello libro sobre sus cotidianas visitas a La Scala milanesa, o de un imprescindible estudio sobre Giuseppe Verdi, le encargaron, en algún momento, que recopilara una serie de ensayos sobre el autor de El amor brujo.

La obra incluye desde algunos de los propios escritos del compositor hasta apuntes acerca de sus creaciones que, en su momento, realizaron compatriotas suyos como Federico Sopeña, Jaime Pahissa, Adolfo Salazar o Enrique Franco. Pero, sin desdeñar nada de lo anterior, material valioso aunque conocido, lo más singular de este volumen son las páginas que varias grandes figuras de la música italiana le dedican a Falla.

El genio a través de varias personalidades italianas

Las opiniones que personalidades como Gianandrea Gavazenni, Alfredo Casella, Alberto Mantelli o Mario Castelnuovo-Tedesco ofrecen acerca del gran creador español presentan una perspectiva distinta, no diría que imparcial porque todo juicio crítico se ofrece siempre bajo una mirada necesariamente subjetiva, aunque sí quizá más desprovista de los frecuentes prejuicios, envidias y maledicencias, el típico navajeo que suele prodigarse en España fundamentalmente entre colegas de profesión.

Son páginas escritas, casi en todos los casos, mientras Falla realizaba su obra, algunas desde sus primeros tiempos, lo cual adquiere aún más valor, el del descubrimiento. La sorpresa, el asombro ante el hallazgo inesperado de una voz singular, llamada a ocupar un lugar relevante entre los compositores de su época, no consiste en subirse a ningún carro ya en marcha, surge libre como el testimonio espontáneo de un genuino alborozo, el de quien generosamente constata la preeminencia de un artista fundamental. Y además se ofrece para difundir sin prebendas la buena nueva de su valía.

Manuel de Falla, óleo de Álvaro DelgadoGTRES

«Es en Italia casi un desconocido para el público y reconocido poco más que de nombre para la mayor parte de los músicos», comenta Castelnuovo-Tedesco, unas líneas antes de afirmar de El sombrero de tres picos que «entre los ballets es uno de los más perfectos que conozca».

Arrimando la ascua a su propia sardina, el compositor florentino llega a comparar el Tricornio con las populares óperas bufas italianas del siglo XVIII, reconocidas por su frescura, inventiva y vigor. Y por ahí recomienda que el ballet de Falla, «que une la vivacidad rítmica de Stravinski con la perfección estilística de Ravel» (…) «con su gracia sutil y amable, su espíritu penetrante e ingenioso, su irrefrenable festividad, su impecable medida» podría constituir una grata novedad a los oídos italianos.

Relojes que separan dos mundos

El excelente director y perspicaz musicólogo Ginandrea Gavazzeni, uno de los mayores defensores de su coterráneo bergamasco Gaetano Donizetti, después de deshacerse en elogios sobre la manera en la que Falla trasciende las aportaciones literarias de Cervantes en El retablo de maese Pedro, para otorgarle materia sonora a la melancólica serenidad de sus personajes, también repara en la singularidad propia de El sombrero de tres picos.

Gavazzeni lo compara con otro ballet fallesco, El amor brujo, ambos reflejos de dos universos cercanos al autor: el doméstico y burgués, frente al otro posterior, «evocativo, nigromántico», apenas ambos separados por el tiempo.

«Los fantásticos relojes, en los dos ballets, son como el emblema de un tiempo dentro del cual el músico encierra y delimita su mundo. Es su humanidad la que se define a través de este símbolo. Antes y después de la medianoche, en la comedia de gestos musicales, se configura un realismo ingenioso. Quizá el ingenio más nítido que la modernidad de la música haya generado», apunta Gavazzeni.na de

La visita granadina de Casella

El encuentro granadino entre el turinés Alfredo Casella y su amigo andaluz, al que conoció en el París de su admirado Debussy, propicia en el libro una hermosa descripción: «Mientras nos encontramos absortos en la contemplación de este paisaje divino, aparece el Maestro que surge a través de dos olivos sarracenos. Como otros grandes músicos (baste recordar a Wagner y Ravel), De Falla es de estatura muy baja. Su tipo es andaluz cien por cien, y parece sacado de cualquier retrato del Greco. Frente alta, ojos oscuros, nariz recta, boca fina, una expresión ascética y a un tiempo apasionada, una mirada que parece la de un hombre de la tierra, y también de un antiguo monje, una extraordinaria aristocracia de las formas, una voz dulce con un típico acento español».

Y remata: «Esas son las características físicas de este hombre, el más grande músico con el que cuenta en la actualidad España, y uno de los mayores que puedan admirar los otros países».

A lo largo de todo este 2026 se conmemora el 150 aniversario de su nacimiento, también los 80 años desde que se despidió. Seguramente no hará falta volver a sus admiradores italianos, o a otros de otras nacionalidades, para reivindicar la grandeza de Falla, aquel que antes que Bartok supo bucear en el folclore para rescatar lo auténtico frente a lo pintoresco, en su propio país. De momento, la próxima semana, el Teatro de la zarzuela se propone rendirle homenaje con una reposición de El retablo de mease Pedro.