El filósofo y matemático Pitágoras
Filosofía para todos
La comida que Pitágoras prohibió para no perturbar el alma
Más allá de su famoso teorema, la propuesta filosófica del pensador griego incluía reglas de vida algo extravagantes
Los orígenes de la filosofía, aunque se reconocen como el paso del mito al logos, no están exentos de ideas algo «curiosas». Entre los primeros pensadores podemos encontrar teorías que rozan la fantasía o la superstición. A pesar de ello, no dejan de ser un primer intento de abordar a través de la razón algunas de las cuestiones fundamentales sobre el hombre.
De entre los conocidos como presocráticos, la figura de Pitágoras es una de las más misteriosas y, en cierta medida, influyentes. Este filósofo, del que apenas tenemos datos concretos, fundó una escuela de pensamiento en la que se cruzan las matemáticas, la religión y «la filosofía entendida como un medio de vida», en palabras de Julián Marías.
Pitágoras, mucho más que un teorema
La relación geométrica entre los tres lados de un triángulo rectángulo, los catetos y la hipotenusa, es un clásico de la asignatura de Matemáticas una vez que se llega a la ESO. A pesar de ponerle el nombre, hay muchas dudas de que fuese el propio Pitágoras el primero en descubrir esta regla. Sin embargo, más allá de esta fórmula, los números y las figuras geométricas fueron objeto de un intenso estudio por parte de estos pensadores.
Los pitagóricos encontraron en los números un punto de conexión entre lo material y lo inmaterial e incluso llegaron a pensar en ellos como esencia última de todo lo que es. El mismísimo Platón se vio fuertemente influido por estas teorías y reconoció, en parte, un primer atisbo de lo que después desarrollaría en sus postulados sobre el mundo de las Ideas.
Pero el modo de vida de Pitágoras y los suyos también tenía mucho de secta religiosa. Su visión antropológica marca un fuerte dualismo entre cuerpo y alma y apuesta por un estricto camino para conseguir liberarse de las necesidades corporales y centrarse en la contemplación. Entre los preceptos de la 'regla pitagórica' encontramos máximas como «tener siempre bien remetidas las ropas de la cama», «no llevar en el anillo la figura de un dios» o «no orinar de cara al sol», según refiere Diógenes Laercio en su Vidas de los filósofos ilustres.
Una dieta estricta
Los pitagóricos creían que las almas estaban condenadas a pasar de un cuerpo a otro, ya fuese de hombre o animal, si no se habían purificado durante su vida terrenal. Esta teoría, conocida como transmigración de las almas, derivó en una vigilancia estricta respecto a la prohibición de comer la carne de algunos animales por el temor a que en ellos residiese algún espíritu humano.
Pero había otro alimento vetado para los pitagóricos: las habas. En este caso, el peligro está en el malestar que le provocan al alma del comensal los gases de este guiso. El citado Diógenes Laercio recoge esta advertencia porque «al no tomarlas, queda el estómago más ordenado. Y de tal modo se presentan claras y sin perturbaciones las visiones de los sueños». Los recuerdos de una mala siesta después de un buen plato de legumbres no deberían estar lejos del origen de esta regla.
También Cicerón recoge en su obra Sobre la adivinación esta prohibición «ya que esta comida acarrea una gran flatulencia, perjudicial para el sosiego de una mente que busca la verdad».
Existen otras explicaciones sobre el problema de las habas. En el curioso estudio Consideraciones en torno al tabú de las habas en la Antigüedad realizado por la profesora García Labrador de la Universidad de León se apuntan muchas de ellas, citando fuentes de la época: la similitud con un embrión, su parecido con los órganos sexuales masculinos o la posibilidad de acoger el alma de los muertos, entre otras.
Sea por provocar una pesada digestión o por motivos de mayor calado místico, Pitágoras no quería saber nada de las habas. Tanto es así que, según relata el autor de las Vidas, murió a manos de unos enemigos por negarse a atravesar un campo cosechado con esta legumbre mientras huía.