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Jessie Buckley, en un fotograma de 'Hamnet'Agata Grzybowska

El Debate de las Ideas

¿Quién puede curarnos? 'Hamnet' contra 'Laurus'

A propósito del estreno de la versión cinematográfica de Hamnet, quiero comparar la novela de Maggie O’Farrel (editada por Asteroide en 2021) con otra que se publicó poco antes y que tiene sorprendentes paralelismos con ella: Laurus, de Evgueni Vodolazkin (ed. Armaenia) publicada originalmente en 2012 y traducida al inglés en 2016. Las diferencias resultan, por contraste, muy iluminadoras, pues apuntan a dos visiones de la vida alternativas.

Coincidencias de 'Hamnet' y 'Laurus'

Ambas son novelas de ambientación histórica. Separadas por un siglo, ambas tienen lugar en un contexto premoderno, tanto en la religiosidad como en lo científico y tecnológico. El paralelismo histórico se refuerza por la aparición desde los primeros compases de la peste. Parte de esa ambientación se manifiesta en el lenguaje usado, aunque con distinta radicalidad, según veremos. Es común también que ambos autores ofrecen obras muy bien documentadas, y sus descripciones de costumbres y situaciones resultan muy vivas.

Un segundo elemento de fuerte paralelismo es que en ambos casos los protagonistas tienen poderes curativos de tipo sobrenatural que ofrecen gratuitamente a personas de toda condición. A la vez, recurren a hierbas medicinales para sus acciones sanadoras, cuyas combinaciones son descritas con detalle (en la traducción al inglés de Laurus, una nota advierte al lector de que no pruebe a aplicar estos remedios). El tercer elemento común es la centralidad en las tramas de un parto traumático y de la muerte de un niño. En las dos novelas se ofrecen vías para tratar de la respuesta al trauma de la muerte, que en ambos casos está nimbada de sentimientos de culpa. Además, en ambas hay personajes que tienen capacidad para ver el futuro, y momentos de ambigüedad en la identidad sexual.

Por último, es común a ambos textos el carácter no lineal de la narración. Aunque, como veremos, este recurso responde a una técnica, una calidad y sobre todo un sentido muy diversos.

Anacronismos y transtemporalidades

En todo relato histórico hay una tensión entre la captación de lo específico de la época y los elementos de humanidad comunes. La clave está en que el autor te dé acceso a un modo de ver la vida, la identidad personal y las relaciones que es distinto del propio. Y, por el otro, que te haga descubrir las continuidades antropológicas más allá de las diferencias coyunturales.

Hamnet parece una obra teatral de exquisita producción y ambientación detallista, aunque sin grandes escenarios ni panoramas, enfocada en lo doméstico. Pero donde actores disfrazados de paisanos de la Inglaterra isabelina interpretan personajes y conflictos perfectamente contemporáneos. Lógicamente, la mirada del novelista debe penetrar más allá de las crónicas y formas culturales de la época, para alcanzar la subjetividad del individuo agazapada bajo esas telas y cartones. Pero el resultado resulta sospechoso e inverosímil.

Laurus ofrece un empeño mucho más verosímil de «ponernos en los zapatos» de alguien cuyo mundo es a la vez ajeno y siempre, sin embargo, humano. Y, a la vez, desde la distancia de su reconstrucción histórica y psicológica es capaz de hablarnos de nuestro tiempo. Es, además, muy explícito en esa pretensión, pues en varios momentos rompe la estricta ambientación histórica, con incursiones en la historia posterior y hasta el presente. Quizá el mundo de Laurus es más accesible al creyente que a las personas no religiosas, aunque se describa una religiosidad atribulada y milagrosa.

Vivimos en el lenguaje que hablamos, aunque a veces intuimos otras realidades de las que no sabemos su nombre. Las ambientaciones de ambas novelas se refuerzan y a la vez enseñan sus entretelas en el uso del lenguaje. O’Farrell explicaba en una entrevista que decidió evitar el inglés isabelino, que hubiera dado «aire de época» a su relato, para no dejar en la cuneta a sus cientos de miles de lectores. A cambio, sí pretendió usar un inglés que -siendo sencillo y contemporáneo- fuera comprensible para alguien del siglo XVI. Pero en algunos momentos la tramoya historicista del relato se rasga y deja ver sus hechuras postmodernas: pienso en un momento en que un personaje femenino envidia la «experiencia de la maternidad» de otra mujer; otro, en que usa la palabra «mente», donde con toda seguridad debería ser «alma»; una adolescente se lamenta de modo un poco victimista sobre su «padre ausente», como si leyera un manual de autoayuda psicológica de comienzos del siglo XXI.

Laurus hace una apuesta literaria y filológica mucho más arriesgada, también comercialmente. En algunos pasajes las palabras de los personajes figuran en ruso antiguo (en la traducción se usa un castellano del siglo XV). En la versión original, este recurso es más radical aún: la extrañeza ocasional del castellano del siglo XV se asemeja más a la que tendríamos hoy con el latín litúrgico.

Sin embargo, sorprendentemente, también en Laurus encontramos expresiones absolutamente anacrónicas tanto en labios de los personajes (fundamentalmente, coloquialismos), como del narrador omnisciente. Pero no se trata aquí de lapsus (como sí sucede, a mi juicio, en Hamnet), sino de recursos literarios, que pretenden reforzar la transtemporalidad. Su modo de establecer la relación entre pasado, presente y futuro no es lineal-secuencial. Con estos recursos parece mostrar algo de cómo se ve el tiempo desde la eternidad, que es la visión de Dios.

Por último, la falta de linealidad en Hamnet responde a un recurso narrativo que es externo a la historia que nos cuenta: un modo muy cinematográfico, y hasta cierto punto eficaz, de suscitar tensión narrativa. Pero, en último término, un recurso que nos recuerda que estamos leyendo un relato fabricado: le vemos las costuras, aun cuando admiremos la calidad de las telas.

La magia y lo sobrenatural

Un elemento muy desconcertante es la dimensión «mágica» de Hamnet, y su engarce con el agnosticismo de la poseedora de estos poderes. La magia recibe una imprecisa explicación genética: la conexión druídico-céltica, con manifestaciones de conexión mística con la naturaleza. Pero se nos niega todo intento de fundamentación causal: el personaje ignora la naturaleza del fenómeno, que no se atribuye ni a causas sobrenaturales, animistas o espiritistas. Las manifestaciones son —diríase— discretas: curaciones mediadas por alquimia vegetal cercana a la medicina tradicional; intuiciones de presciencia. Pero dan al personaje central un carácter del todo atípico. Esto justifica en cierto sentido que tenga una concepción de la vida tan extemporánea; y que la consorte de Shakespeare pueda aspirar a tener una historia propia. Pero —a la vez— hace aún más inverosímil que pueda ocupar un lugar en la sociedad de entonces, que reaccionaba con virulencia ante la brujería.

En Laurus no faltan manifestaciones sobrenaturales de todo género: visiones, curaciones, profecías, levitaciones, apariciones, ayunos imposibles… Todos (o casi) responden a las exigencias del género hagiográfico antiguo, y crean un aire de realismo mágico que es consistente durante el libro y coherente con la metafísica teológica que vertebra toda la narración.

En ambas narraciones, algunos personajes tienen premoniciones. En Hamnet, esta «magia» sin nombre ni explicación se convierte en una fuente de neurosis controladora de los acontecimientos. En Laurus se manifiesta como una presciencia más o menos inmediata sobre lo que pasará en una situación o con una persona; pero también en visiones del futuro con gran claridad. Ninguna de las dos resulta satisfactoria, pero en Vodolavkin intuimos una propuesta científica, metafísica y escatológica sobre el sentido del tiempo.

¿Quién puede curarnos?

En las dos novelas, se muestra que el sacrificio de una vida es necesario para evitar o expiar una muerte. Pero una vez más destaca la diferencia entre la naturaleza mágica y la teológica, mecánica y moral.

En Hamnet, la muerte provoca una historia de incomunicación postraumática. Lo decisivo es un conflicto psico-emocional de perfiles muy contemporáneos (una mujer que sufre la incomunicación pero apoya al marido en su bloqueo profesional y creativo). En Laurus el autor tiene éxito desde el punto de vista narrativo, a mi juicio, al tratar del sentimiento de culpa y la sanación de las heridas, también gracias a las convenciones de la literatura rusa en torno a la locura por Cristo. Pero uno se queda con la sensación de que el personaje deambula por demasiado tiempo en terrenos limítrofes con la enajenación psicológica (con remordimientos obsesivos y traumáticos, dijéramos) fruto de una culpa no procesada.

Ciertamente hay algo muy postmoderno, por terapéutico, en ambas obras. En Hamnet se enfatiza que sólo la conexión personal puede curarnos, más allá del poder de yerbas y conjuros. En Laurus la herida que se afronta es más profunda, más incurable con las fuerzas humanas: es espiritual y se manifiesta en el cuerpo, pero también en la mente. Solo un Dios puede salvarnos de estas heridas que deja el pecado en nuestra naturaleza y en nuestra biografía. Y Dios se sirve de nosotros para curar a los demás, de nuestra compasión y de nuestra entrega hasta la extenuación, cuando tocamos las llagas del prójimo, cuando escuchamos sin prisa, cuando miramos por dentro. Pero también de nuestra impotencia reconocida, de nuestro pecado e incluso de nuestro remordimiento.