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De la ceremonia de los Juegos a la Super Bowl de Bad Bunny: como del Renacimiento a la Edad de Piedra

El tradicional espectáculo «musical» del intermedio de la final de la Liga de Fútbol Americano fue una vulgar reivindicación de «lo latino» sin relación con la verdadera cultura hispanoamericana

Bad Bunny durante su actuación en la Super BowlEFE

Una de las «originalidades» de Bad Bunny durante su actuación en el intermedio de la Super Bowl fue traducir el nombre de la final de fútbol americano: «Súper Tazón» lo llamó. Y así es. Una reivindicación del español que el mismo cantante portorriqueño no habla o, mejor dicho, no canta.

Se montó un pequeño Puerto Rico en el Levis's Stadium de Santa Clara, en California. Una plantación que eran personas disfrazadas. Cañas altas y el protagonista vestido de blanco y de Zara, (gesto vestido como guiño social a lo hispano que sobre todo es negocio). La música y la interpretación no merecen mayor atención. No se podía esperar demasiado y por eso ningún medio ha hecho una crítica musical concreta de lo acontecido.

Bad Bunny durante su actuación en la SuperbowlEFE

Solo del espectáculo ideológico, que en realidad es económico. Una fiesta ideológica y vana, no musical. La Super Bowl, como deporte, lo sigue menos de la mitad de la audiencia total, donde una quinta parte lo es por el espectáculo del medio tiempo y el resto por los anuncios: un impresionante negocio de unas horas, con ganancias fabulosas. Todo el mundo quiere aparecer en ese tiempo.

Pero la esencia del espectáculo de Bad Bunny fue reivindicativa de los emigrantes, de lo latino, y eso que los portorriqueños son ciudadanos estadounidenses desde hace más de un siglo. Fue una cosa extraña: una reivindicación de los hispanos sin Hispanidad en medio de un evento estadounidense de barras y estrellas.

Bad Bunny durante su actuación en la Super BowlEFE

A esta rareza carnavalesca, con muchas estrellas «latinas» en medio del «show» como el actor Pedro Pascal o la cantante Karol G, hay que sumarle la superficialidad de la representatividad que se le ha entregado públicamente a Bad Bunny de toda una cultura caricaturizada.

La cultura hispanoamericana no es lo que se vio. En el gran espectáculo comercial lo que se representó fue una versión comercializada y vulgar de la auténtica cultura hispanoamericana. Empezando por la lengua (como para aprender español), maltratada sin tapujos por el particular «estilo» de Bad Bunny.

El feminismo no tiene nada que decir

Tampoco hubo emoción, ni belleza. Sí mucho ruido. Y como parte de esa visión simplista de unas raíces, la chocante sexualización con decenas de mujeres (y un par de hombres) contonneándose, «perreando", moviéndose como gallinas en torno a un gallo que decía (se le entendía regular) que tenía muchas novias. El feminismo no tiene nada que decir, parece ser, aquí. Todo era fiesta, diversión aceptada y simbología frívola. Valores de mercadillo y dólares.

Orgullo de identidad de anuncio publicitario, justo todo lo contrario del orgullo de identidad verdadera que mostró la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia: como viajar desde el Renacimiento hasta la Edad de Piedra en tan solo unos días.

Resulta difícil de creer que el hispanoamericano, incluido el emigrante, se sienta representado por la imagen que se dio de él en los menos de quince minutos que duró el intermedio de la Super Bowl, cuya esencia fue un mal cantante, una música mediocre (desde Michael Jackson o Lady Gaga, entre muchos otros, la decadencia musical es sangrante) y una imaginería basada en el «perreo» como símbolo absurdo y ordinario e impropio de una América que no es eso.

No es la América de Vicente Fernández. Tampoco la de Lucho Gatica, ni la de Leonardo Favio, Juan Luis Guerra, Gloria Estefan, Luis Miguel, Jorge Negrete, Carlos Gardel, Andrés Calamaro, Caetano Veloso, José Luis Rodríguez «El Puma», Celia Cruz, Alberto Cortez o José Alfredo Jiménez. «No es esto, no es esto...», cabría decir, como Ortega. Años luz de talento y calidad desde estos hasta aquel, Bad Bunny, el protagonista de una enorme ridiculización, más que cualquier otra cosa, multimillonaria.