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La bella ceremonia italiana de los Juegos de invierno que dejó en evidencia el adefesio «woke» de París

Estuvo todo lo que tenía que estar con el clasicismo y el homenaje puro a los Juegos y a Italia. A sus figuras, a sus símbolos orgullosos que también son los símbolos de Occidente y del mundo

Madrid

Laura Pauiini interpreta el himno italiano en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos

Laura Pausini interpreta el himno italiano en la ceremonia de apertura de los Juegos OlímpicosOlympic Games /X

Aún con el inevitable recuerdo del adefesio de la ceremonia de apertura de los últimos Juegos de París, la nieve cayendo en bellos copos sobre el estadio solitario y lleno en Cortina d'Ampezzo, como una ciudad antigua enterrada en un confín de la Tierra, prometía emociones humanas, tan lejos de aquellas artificiales a las que finalmente iban a hacer olvidar por aplastamiento y victoria, cultura y deporte.

Estuvo todo lo que tenía que estar (sin «wokismos», todo lo contrario, que valiesen)con el clasicismo y el homenaje puro a los Juegos y a Italia. A sus figuras, a sus símbolos orgullosos que también son los símbolos del mundo como que todo el mundo, sobre todo el occidental, come pizza y espaguetis y se alegra con O Sole Mio y llora con Una furtiva lagrima. Una «Little Italy» neoyorquina en su propio territorio, con todo el espacio en las montañas y en una Milán resplandeciente, además de en otras localizaciones.

En el estadio de San Siro nos contaron en quince minutos esplendorosos la historia de Italia, desde Roma y el neoclasicismo hasta unos cabezudos Verdi, Puccini y Rossini bailando entre notas humanas bailarinas en medio de un laberinto azul que cambiaba de color. El arte, la fantasía, la cultura. El mito de Rafaella Carrá alegrando los corazones dirigiendo a los tres genios. Desfilaron Dante, Maquiavelo, Brunelleschi, Galileo, Leonardo, Miguel Ángel, Botticelli... entre música italiana de las calles, de nostalgia, de los teatrillos en un final que culminó con un do de pecho estremecedor de Pavarotti desde el más allá.

De repente apareció Mariah Carey, excesiva y a la vez contenida, cantando Nel Blu dipinto di blu: «Volare, oh, oh... Cantare, Oh, oh, oh...», haciendo gala de registros de altura no aptos para el oído. Un tranvía iluminado como en un cuento de Dickens recorrió Milán hacia San Siro, la gente se subía bajo el frío y la nieve. Al final apareció alguien tan importante como el presidente de la República que, al bajarse, saludó al conductor del tranvía: el gran Valentino Rossi. La bandera italiana llegó en trajes blancos, verdes y rojos de Giorgio Armani, cuadrados como los coraceros ante el himno italiano interpretado por Laura Pausini y un coro en Cortina, simultáneos, emocionantes, poderosos.

El mundo era italiano entonces. Cuánta grandeza que iba a continuar, El infinito recitado de Leopardi, poesía para subir al cielo al que sucedió el sonido, la melodía única de un Stradivarius que acompañó a la percusión de Ennio Morricone. Coreografías hermosas para reunir los anillos olímpicos que llegaron separados y dorados, volando, para reunirse en el espectáculo inolvidable que también nos enseñaron los típicos gestos italianos, esa otra lengua única y enfatizadora y universal. Italia grande y orgullosa que esperaba a la llama olímpica venida desde Olimpia.

La Italia viva en el recorrido que un poco murió de éxtasis al escuchar a Andrea Bocelli cantar el Nessun Dorma mientras llegaba el fuego. Sublimidad divina, amor supremo, belleza y como belleza representativa la elegante de Charlize Theron que habló por su compatriota Nelson Mandela. El delirio no tenía pinta de acabar: Lang Lang y Cecilia Bartoli junto al coro de niños de La Scala intrepretando el himno olímpico mientras se izaba la bandera. Había sonado Adriano Celentano y sonó el Himno de la Alegría, la Novena de Beethoven en el Arco de la Paz de Milán.

Acabó la llama en Alberto Tomba, la Bomba, y Deborah Compagnoni, grandes mitos del esquí italiano. La llama encendida, el pebetero, los pebeteros «davincianos» en una emocionante ceremonia cultural para el ejemplo y el recuerdo.

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