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Crítica de músicaCésar Wonenburger

Un Mahler de suave acento mexicano brilla en El Escorial

El Auditorio de San Lorenzo acogió el primero de varios conciertos itinerantes de la ORCAM, con su directora, Alondra de la Parra

La Orquesta de la ORCAM durante su concierto en el auditorio de El Escorial

La ORCAM sale a los pueblos. Es casi lo mejor que esta orquesta podía hacer hasta ahora, pues Madrid capital ya se encuentra felizmente saturada de música. El Auditorio Nacional no da más de sí, con actuaciones que en algunos casos empiezan un día y acaban al siguiente. Faltaría un improbable acuerdo entre administraciones para construir una nueva sala de conciertos en alguna de las localidades del sur madrileño, tantas veces olvidado para la cultura más allá de lo previsible, pero eso parece ahora mismo un sueño imposible.

París ya lo abordó con su nueva Ciudad de la Música, cuya estética no ha gustado a casi nadie, como suele ocurrir con las obras de tanto arquitecto moderno empeñado en convertir las nuevas edificaciones culturales en gélidos hospitales (en Francia, por cierto, ya están tratando a enfermos mentales leves, estos días, mediante la genialidad de pagarles abonos para que asistan a conciertos sinfónicos).

Pero, en cambio, la última obra de Jean Nouvel, al que ni siquiera invitaron a la inauguración por polémicas con la construcción y sus enormes sobrecostes, se ha convertido en un vigoroso, suburbial faro de luz que los parisinos, con su presencia constante, ya han hecho suyo con el mismo entusiasmo que si se tratara del Louvre.

Aquí el último político visionario en la construcción de infraestructuras fue Ruiz-Gallardón, que hace veinte años ideó un magnífico auditorio para El Escorial. La propuesta, entonces, más que una alternativa al colmado centro musical capitalino, era que pudiera albergar una cita de primer nivel internacional, un festival como los grandes europeos, que sirviese para fomentar el llamado «turismo de calidad» (de dentro, pero sobre todo de fuera) durante los veranos, a la vez que proporcionaba un remanso a los madrileños que ya no abandonan su ciudad como antaño, por tres meses, en el que disfrutar de la mejor música cuando las principales instituciones del ramo, estas sí, se van de eterno veraneo.

El Escorial, un proyecto sin rumbo definido

Creado el continente, fallaron los contenidos, como suele ocurrir aquí tantas veces, entre otras cosas porque luego faltaron presupuestos, pero sobre todo ideas, imaginación y trabajo: las personas adecuadas para dotarlo de una programación estimulante.

Y en estas seguíamos, mareando la perdiz durante dos décadas, hasta que el gobierno de Ayuso ha decidido ahora implicarse en el asunto. A falta de conocer todas las propuestas, de momento El Escorial se dispone a acoger, durante los meses venideros, varios conciertos de la Orquesta de la Comunidad, una iniciativa que despegó este último viernes.

El planteamiento luce en principio interesante, porque beneficia a los habitantes de la sierra, que ya no tendrán que desplazarse hasta el centro de la ciudad si desean, de vez en cuando, disfrutar de algún buen concierto sin tener que asumir los incómodos desplazamientos.

El otro día el auditorio estaba casi lleno y el público gozó de lo lindo con la Primera sinfonía de Gustav Mahler, una auténtica golosina. Y aquí conviene señalar algo: el concierto era, en teoría, el mismo que el próximo martes se disfrutará en el Auditorio Nacional. Pero para esa ocasión, el programa incluye un añadido: se incorporará un estreno del compositor Mauricio Sotelo.

Si la alternativa consiste en repetir actuaciones ya concebidas, no se deberían establecer este tipo de distinciones que se prestan a dudosas interpretaciones: o sea, que la pieza, digamos, «difícil» se le ahorra al público de la periferia de un modo que podría revelar cierta condescendencia.

Y, por otra parte, resultaría también todo un detalle para el futuro que, en lugar de presentar propuestas que ya se pueden disfrutar a no muchos kilómetros de distancia, se apostara por programas específicos para la ocasión. Lo cual implica seguramente más trabajo, pero añade diversidad, a la vez que concede a la cita un carácter excepcional que se sobrepone a la mera reiteración, o esa sensación que un aficionado comentaba en voz alta a la entrada: «Venimos a escuchar un ensayo».

De cualquier manera, si aquello podía ser percibido en principio como una mera prueba, en la práctica no resultó así. No se trató de una mera interpretación rutinaria prendida con alfileres. Todo funcionó adecuadamente y hasta los más escépticos parecieron salir convencidos.

El mensaje plenamente actual de Mahler

Es lo que tiene todavía hoy Mahler, un compositor plenamente asumido por el público que quizá lo siente más próximo a su sensibilidad que lo que pueda proponer el propio Sotelo: nunca demasiado difícil para la preparación de los músicos de estos días (mejor formados técnicamente que los del siglo anterior).

Su mensaje, además, suele reflejar cabalmente la perplejidad del hombre contemporáneo ante los más extraños hechos cotidianos de una vida que tantas veces le resulta hostil, cuando no absurda. Teñido todo de un aroma de pesimismo vagamente existencialista que en cualquier caso se amortigua y expande a través de una música absolutamente cautivadora: el compositor parece guiarte hasta el precipicio, pero casi siempre deja abierta una puerta a la esperanza, y por el camino te entretiene con valses levemente grotescos, nanas de un sentimentalismo punzante, el sonido aquí estilizado de viejas orquestinas populares y la evocación constante del poderoso influjo de la madre naturaleza, con sus fulgores, aromas y paradojas.

Gustav Mahler en 1892

Alondra de la Parra, titular de la ORCAM y responsable de la programación de este auditorio, supo ganarse al público desde el inicio. Con sus dotes de buena comunicadora, y ese acento mexicano que dota de suaves contornos la severidad castellana, algo que añadía una sugestión muy placentera a los meditados discursos de Paz o Fuentes, la directora salió micrófono en mano dispuesta a paliar el desaguisado de un volandero programa de mano sin notas.

Ella misma se encargó de explicar algunos de los entresijos de la llamada sinfonía Titán, con metáforas poéticas y algún inspirado ejemplo musical en un mensaje que seguramente facilitó la comprensión a quienes no conocieran previamente el paño ofrecido. Algunos entienden este tipo de indicaciones casi como una ofensa: se olvidan de que no todo el que acude a este tipo de manifestaciones tiene la partitura en la cabeza. Conviene bajar de la torre de marfil.

La Primera de Mahler constituye un esbozo de lo que el compositor ofrecería en su trascendental legado sinfónico. Aquí se encuentra en esencia expresado, con juvenil entusiasmo que no oculta la seriedad del camino emprendido hacia la madurez, el impulso para la realización de su singular pensamiento, no solo musical: Mahler contempla el mundo y aspira a contarlo entero, a partir de un discurso original, deslumbrante, aunque a veces, como le ocurría a Celibidache, pueda percibirse algo prolijo, excesivo o deslavazado.

De la Parra optó por una lectura introspectiva a partir del demorado inicio, algo caído de pulso, espacioso quizá para resaltar con mayor ímpetu el estallido de luz que precede a la propia creación del mundo, el explosivo alumbramiento de la naturaleza con su desbordante pujanza.

A partir de ese inicio algo titubeante, más que enigmático, ya marcó el tono fluido de su bien articulada lectura, más contemplativa que exasperada, con contrastes efectivos, pero sin esa pátina casi violenta que emerge en otras batutas proclives a resaltar sus íntimas contradicciones: el misterio, el sarcasmo, la desesperación y finalmente un cierto triunfo que parece despejar el firmamento, por unos instantes, de nubarrones funestos, pensamientos lúgubres de una melancolía infinita.

Una buena iniciativa, que debe expandirse

Como ya se comentó aquí hace unos meses, cuando la ONE abordó en su presente temporada esta misma sinfonía, la Titán desnuda a cualquier orquesta bisoña, todo refulge aquí con una transparencia que puede resultar dañina si no se encauza con propiedad. Sin llegar a los resultados de la Orquesta Nacional, que atraviesa un momento fantástico, los profesores de la ORCAM contribuyeron a esta buena lectura de la única obra en el programa.

También aquí los vientos, metales y maderas, como la percusión, se mostraron un punto por encima de la cuerda, algo menos redonda, compacta y débil (fantástico el solo inicial del tercer movimiento, debidamente expuesto ese deambular casi sin rumbo, pero sostenido, firme).

Gran éxito final que se certificó con numerosas salidas a saludar, en las que la directora, visiblemente complacida, aprovechó para destacar el trabajo individual, en algunos casos, y por familias de sus entregados músicos.

Falta mucho por hacer, no solo en El Escorial: el esfuerzo tiene que ampliarse a otras localidades madrileñas con determinación, compromiso y buenas ideas. Pero ha sido un estimulante punto de partida.