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César Wonenburger
Crítica de óperaCésar Wonenburger

El Shakespeare más sabio y humano revive en 'El sueño de una noche de verano', gracias a Deborah Warner

La directora británica vuelve a triunfar en el Real con su fantástico nuevo montaje de la ópera de Benjamin Britten, inspirada en una de las obras maestras del bardo, favorita de Chesterton

El sueño de una noche de verano en el Teatro Real con Iestyn Davies (Oberon) y Liv Redpath (Tytania)

El sueño de una noche de verano en el Teatro Real con Iestyn Davies (Oberon) y Liv Redpath (Tytania)Claire Egan

En el teatro, trasunto de la vida, si algo te funciona, procura no cambiarlo. Esto lo han tenido claro en el Real con la asociación entre las maravillosas óperas de Benjamin Britten y la que a estas alturas ya se ha convertido en una de sus más destacadas valedoras actuales, Deborah Warner.

Tras los éxitos obtenidos por esta directora con Peter Grimes y Billy Budd, habría sido una torpeza no volver a confiar de nuevo en ella para la realización de un reciente montaje de El sueño de una noche verano. Sobre todo, teniendo en cuenta que esta ópera se inspira en una las obras indispensables de un genio como Shakespeare (Chesterton la tuvo por la mayor entre todas).

A pesar de la dificultad que entraña su puesta en escena, como cada vez que fantasía y realidad se entrelazan de un modo inextricable, inspiró no solo al célebre lord de Aldeburgh, sino también, en otro ámbito de la creación, a Renoir, Bergman y Woody Allen, este último valiéndose además de la música incidental que compuso Mendelssohn en esa entrañable peliculita, con la admirable fotografía de Gordon Willis, que es su Comedia sexual de una noche de verano.

Con Warner prevalece «el drama humano y sabio»

Precisamente, lo sexual, tan presente en su raíz como en la adaptación que de esta comedia romántica realizaron Britten y su pareja, sir Peter Pears, se prestaría fácilmente a algunos de esos montajes que tanto incomodaban al gran experto en el bardo, Harold Bloom: «No es posible que yo sea el único amante de la obra que rechaza la idea prevaleciente de que la violencia sexual y la bestialidad son el centro de este drama humano y sabio», escribió.

Por fortuna, Warner ha huido de ese recurso tan fácil y manido que, en manos de un director inexperto o caprichoso, podría servir para vulgarizarla hasta extremos grotescos en aras de una supuesta provocación, hasta despojarla de su encanto, belleza, profundidad y misterio.

Simone Mcintosh (Hermia) y Sam Furness (Lysander)

Simone Mcintosh (Hermia) y Sam Furness (Lysander)Claire Egan

Lo que hace Warner en el Real es poner su conocimiento, sensibilidad y amor (categoría ligeramente superior al respeto) por Shakespeare y Britten para intentar iluminar, sin extrañas lecturas paralelas, los recovecos de esta exaltación de lo onírico como el único territorio donde, a veces, se despliega una cierta idea de libertad difícilmente tolerable en el ámbito más restringido que imponen las costumbres, el buen juicio y el derecho.

Los contornos ambiguos de los sueños, como el producto de una alucinación fruto de la fantasía (o el reflejo de insospechadas represiones internas), ya se encargará de recomponerlos luego la vida real, casi siempre mediante esos compromisos ineludibles que encarrilan la convivencia. Bien lo sabían Mozart y Da Ponte, que concibieron en Così fan tutte lo que podría constituir otra aproximación, ante litteram, al «Sueño» shakespereano de Britten.

Frente a la relativa dificultad que puede entrañar la confusión derivada de su perenne erotismo, y el modo de relacionarse encantamiento y verdad, la plasticidad con que Britten dota su música ilumina, sostiene y sugiere las primordiales posibilidades de un texto inabarcable, aquí reducido a su esencia con práctica desenvoltura y notable acierto incluso en la alteración de algunas de sus escenas, que nunca quiebra su sentido ni daña la esencia.

Una escenografía minimalista, de gran eficacia

Y a eso se dispone Warner, a dejar que lo que ya se encuentra implícito en el texto, y la música se encarga de aclarar, subrayar y sugerir con su poder descriptivo y la capacidad de indagar más allá de la palabra, fluya sin cortapisas.

Lo logra mediante una eficaz economía de medios: una escenografía básica, elemental, con esa especie de plataforma-lucernario (o ese parece visto desde arriba, mediante el reflejo del árbol que cuelga invertido) que al final se convierte en el improvisado escenario para los actores en casa de los nobles; un vestuario elegante e intemporal, y una iluminación de tonos azulados, quizá algo fríos, que incide en la naturaleza irreal de lo que sucede bajo el pálido manto nocturno.

Sam Furness (Lysander), Daniel Abelson (Puck), bailarín aéreo Juan Leiba (Puck)

Sam Furness (Lysander), Daniel Abelson (Puck), bailarín aéreo Juan Leiba (Puck)Claire Egan

Pero el éxito primordial de su trabajo reposa sobre la medida entrega de unos cantantes-actores al servicio del drama, a los que solo les exigiría algo tan aparentemente sencillo como servir a los autores mediante su arte, bien encaminado.

El trabajo conjunto resulta magnífico, fruto seguramente de ensayos bien administrados, a partir de ideas claras sobre los objetivos perseguidos. En un reparto tan largo resultaría fatigoso para los fines de esta nota volandera señalar las virtudes particulares de cada miembro, pues todos se integran perfectamente en ese engranaje que crece con cada escena hasta desembocar en el desopilante final que conduce al simbólico desenlace.

Sobresale el Bottom de Clive Bayley, gran triunfador

Aunque sin desdeñar al resto (todos soberbios) se impone destacar, quizá, la extraordinaria caracterización que Clive Bayley ofrece de Bottom, la antesala de la mayor creación shakespereana, su Falstaff. Pero también habría que mencionar justamente las magníficas labores de Iestyn Davies (Oberon) y Liv Redpath (Tytania ).

Liv Redpath (Tytania), Clive Bayley (Botton), Pequeños Cantores de la ORCAM y niños actores y bailarines

Liv Redpath (Tytania), Clive Bayley (Botton), Pequeños Cantores de la ORCAM y niños actores y bailarinesClaire Egan

Resulta lógico, muy efectivo, el desdoblamiento entre el coro infantil, situado en el foso o entre cajas, y los pequeños actores que prestan sus delicados cuerpos al mundo feérico de la noche, que podría ser perfectamente la mágica de san Juan, con todas sus implicaciones de hechizos, sortilegios y deseos ocultos, como ya sabían Merlín y Cunqueiro.

Gran trabajo del otro pilar sobre el que ya se había cimentado el éxito de las anteriores versiones de Britten a cargo de Deborah Warner, Ivor Bolton, al que la dirección musical de esta casa le venía algo grande, pero no, desde luego, su implicación y servicios en el repertorio que mejor domina.

Al frente de una implicada Sinfónica de Madrid, el director británico ofreció una lectura muy variada entre el sarcasmo, el lirismo aquí algo contenido y la magia que despliega una partitura plena de sutiles, a veces no tanto, contrastes: por eso lo más complejo resulta mantener el pulso narrativo. Bolton logró en ello su mayor acierto.

Cada vez que hay presencia de niños en el escenario, los aplausos del público resuenan con especial calidez, pero es que todos ellos, los cantores de la ORCAM y sus réplicas estuvieron fantásticos. Al final, las ovaciones para los intérpretes, el equipo artístico, orquesta y director fueron largas, estruendosas y sobre todo muy merecidas. Si pueden, no se la pierdan.

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