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Bocados de realidad
César Wonenburger

Dolor sin gloria, lo nuevo de Almodóvar

En Amarga Navidad el director manchego pretende ser Fellini, mientras un actor popular denuncia la falsa diversidad de las series, Spike Lee habla de la amistad y el dinero y el acalde de Orense reniega de La Traviata

Pedro Almodóvar en La RevueltaX

Pocas veces un tráiler ofrecía ya el justo anticipo, sin necesidad de mayores abundamientos o precisiones, del resultado final de una película como en el caso reciente de Amarga Navidad.

La impostura de diálogos y situaciones pretendidamente elevados. La obsesiva búsqueda de la armonía cromática que otorgue al conjunto una plasticidad artificiosa, sello de la casa. Los ecos de una música pomposamente elegíaca. Y el predominio de un emblema del lujo para ricos de última hora, como Prada, en todo tipo de prendas y accesorios, le otorgaban al conjunto, desde ese mismo instante, toda su aura de publicidad prestigiosa. Sin llegar a suscitar en el ánimo en el espectador una mínima expectación, el preludio de que en aquellos apuntes o destellos se alojaba una verdadera sustancia dramática.

Ha bastado asistir pacientemente al desembarco de los pretendidos nuevos fulgores almodovarianos para comprobar que aquella hueca trompetería no fallaba en el anuncio.

El aperitivo contenía como preciso cortometraje el nudo de todo el asunto: una suerte de comercial extendido de la citada marca italiana, parecido a los que promueven otros artesanos italianos, los propietarios de Dolce & Gabbana, efebos de prietas nalgas incluidos, donde al menos nos ahorran los diálogos a veces propios de un escolar, del tipo «la tormenta ha pasado» para mostrar que una de las protagonistas ha regresado de entre los muertos tras recobrar, súbitamente, la ilusión por vivir.

Director Pedro Almodovar in Paris for fashion weekFANU

Cuando Almodóvar aún era una mezcla abigarrada de John Waters, Berlanga y Fassbinder, con algunos toques esperpénticos que conjugaban los mitos de honda raíz hispana y el desenfado de una juventud que se descubría moderna probando nuevos perfumes de libertad, su desparpajo para describir el burbujeo de la calle y las ansias de sus pobladores sorprendía por esa mezcla inmediata de frescura, intuición y análisis (la desoladora «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», su mejor filme).

Pero luego ni la fama ni el dinero le han sentado bien. El nuevo Creso ha pretendido revestir su peculiar universo de un discurso falsamente intelectual destinado a convertirlo en un gran autor, a la altura de los modelos a los que en esta nueva cinta señala ya sin rubor, casi como sus pares: Bergman y Fellini, como en otra época, la del medio, también pudo serlo Douglas Sirk, en cualquier caso, a años luz de su talento.

En Amarga Navidad arrastra con pesadez todos los tópicos caseros: desde el chico buenorro a la madre ausente; las amarguras que desgrana la voz de Chavela (aquí abusada y malograda: Amaya poco tiene que ver con la gran Luz Casal); la maniquea denuncia del machismo frente a la feminidad humillada, solidaria y consoladora; los insondables desvelos de la creación; la enfermedad y la presencia de su fiel troupe: los cameos, sin son almodovarianos, conceden prestigio, nada tienen que ver con el cuñadismo; las impostadas referencias culturales: la reiteración en servirse una y otra vez del nombre de Daniel Barenboim, durante una corta escena, como coartada intelectual; el deseo de hacer de cada plano una postal de revista de arquitectura cuando no del «Hola», …

Su principal objetivo, ahora, es legar un propio Ocho y medio, la obra maestra felliniana. En alguna medida ya lo había ensayado en otros de sus recientes filmes (Dolor y gloria, allí con Antonio Banderas), en los que él mismo se erige ya como protagonista desdoblado para representarse como un santón, primera figura cultural de nuestros días avalada por sus premios, mediante una serie de obsesivas citas extraídas de su propia vida y milagros que él percibe como algo fundamental para el resto de la humanidad, por su rol esencial como creador de altos vuelos.

Frente a la habilidad de Fellini para sugerir mediante la sutil mezcla de fantasía y realidad el desamparo al que se enfrenta el creador, ese dios que encarna el director de cine, con imágenes poderosas, Almodóvar solo alcanza a darnos un largo striptease, reflejo de deseos satisfechos en otro tiempo; aislados planos de una pretenciosa vacuidad y otro tipo de desnudo, el sentimental y personal que transmiten huecos, superficiales diálogos tan despojados de auténtica vida como las flores de los jarrones que adornan su despacho. Pobre ejercicio discursivo, como de novelista subvencionado, que renuncia al poder evocador, proteico de la imagen.

Conste que el asunto del «robo» o vampirización de vidas ajenas por parte de los creadores, que tantas veces ha dado lugar a obras mayores (el nuevo, espléndido libro de Marcos Giralt Torrente, Los ilusionistas, por ejemplo) podía haber servido para mucho más, sin recrearse en reclamar pomposas etiquetas como esa tan moderna de la «autoficción».

Pero lo que aquí presenta el realizador manchego es otra fatigosa muestra de su inabarcable ego, que no alcanza ni para pasar la tarde. A los diez minutos ya estás mirando el reloj.

Karra Elejalde y la diversidad a la fuerza

Karra Elejalde, al que muchos idolatran desde aquella Airbag que pudo haberse convertido fácilmente en el Torrente de su director, Juanma Bajo Ulloa, mediante una saga, es un tipo que no suele morderse la lengua. Ni para un lado ni para el otro. Lo cual lo convierte en «rara avis», un individuo sospechoso, cuando no un apestado para ambos bandos en litigio, que no dudarán en situarlo siempre en el lado opuesto cuando, en alguna ocasión, se muestre discrepante con la ortodoxia pretendida.

Esta vez, con sus últimas declaraciones, el recio actor vasco se ha expuesto a la contumaz histeria de quienes han hecho de la corrección política un dogma, y también un negocio, que nunca se sabe lo que va primero.

Tirando piedras contra su propio tejado, el artista ha afirmado, más o menos, que eso de que las series actuales se parezcan a la ONU, o sea, que en toda familia audiovisual del presente tiene que haber, por decreto, un paralítico, un negro, un trans, un gay, una persona con síndrome de down y, dentro de poco, en cuanto los guionistas se pongan un poco al día, una niña monja, resulta una exageración.

Karra Elejalde ha presentado su película Auri en el Festival de MálagaGTRES

Poco tendría que ver esta impuesta nueva normalidad, que se permiten reflejar las ficciones modernas como simulacro, con la vulgar realidad. En todo caso, se trataría más de una aspiración, la deseada representación del catecismo izquierdoso que ha hecho de la inclusividad, a toda costa, sin matices, un axioma.

Elejalde no ha dicho ningún disparate, y el que no quiera verlo es que no dispone de una pantalla a mano. En estos últimos tiempos se observa una mayor tolerancia en aspectos fundamentales de las vidas. Sobre todo, si se consideran como referencia los de nuestros abuelos, donde al tío con pluma no se lo escondía en el desván durante el almuerzo dominical; pero tampoco se veía bien que pudiera traer al novio a comer en casa, salvo quizá en Barcelona, donde siempre han presumido de ir una hora por delante en modernidad por la proximidad francesa.

Ahora ocurre con absoluta naturalidad que uno de los chavales, a lo mejor, invite a compartir las viandas ganadas con el sudor heteropatriarcal a su reciente ligue del mismo sexo, con el que luego también disfrutará la siesta del fauno en su cuarto.

Pero lo que aún no es lo más habitual no se va a convertir en costumbre por el mero capricho «ejemplarizante» de las plataformas. Intentar conquistar a todos, las más de las veces, suele ser el camino más urgente para no convencer a nadie: el pretendido costumbrismo aplicado a la diversidad aquí deviene en ciencia ficción, el truco se advierte a la primera y, en su reiteración, termina provocando bostezos de aburrimiento (¡otra vez…!).

El actor Karra ElejaldeGTRES

Por más que hoy lo habitual sea aceptar con normalidad que el mundo ha sido siempre diverso, y que, de manera particular, en el personal terreno sexual, existen otras opciones que posiblemente no coincidan con las nuestras, no por ello los almuerzos de fin de semana convierten cada hogar español en una película de Almodóvar. En unos seguramente será así, pero no todos, como prevalece en el imaginario de las televisiones.

Lo digo después de haberme asomado, estos días, a tres series distintas con un denominador común: los tres matrimonios protagonistas tenían, cada uno, una única hija, y en todos los casos, la chica era lesbiana (negra adoptada en uno de ellos, dos puntos más). Pleno al quince. Bueno, no, digo mal, en una de las situaciones la chavala en cuestión practicaba la fluidez, o sea, que estaba dispuesta a pillar lo que se terciara según las circunstancias.

En cualquier caso, ninguna de estas tres de tres hembras adolescentes era lo que se dice heterosexual, con perdón. Un abuso de la estadística, como diría Borges, a no ser que las psicólogas que nos aleccionan cada semana desde los suplementos dominicales, y por TikTok, fuesen a tener razón.

Si resulta, como proclaman, que la incurable toxicidad masculina esté causando estragos hasta provocar una auténtica estampida de las relaciones más habituales, entonces, a los guionistas no les quedaría ya más remedio que aceptar este hecho: si quisieran parecer mínimamente verosímiles, sus personajes jóvenes deberían rendirle, en todo momento y circunstancia, el consabido tributo a la poetisa Safo.

Pero por el momento no parece que todas las chicas hayan decidido, a la misma hora, hacerse lesbianas, como sugieren los personajes que las encarnan en Netflix. ¿O sí?

Spike Lee propone un par de temas interesantes

El anhelado reflejo de una diversidad teledirigida, en cualquier caso, va por barrios. En las películas destinadas mayormente a los espectadores afroamericanos, rara vez aparecen blancos. Y puede resultar lógico: para una vez que podemos contar nuestras historias, no vamos a cederle el protagonismo a quienes nos han ignorado durante tanto tiempo, seguramente pensarán.

Cuando lo hacen, como en la reciente Los pecadores, normalmente solo es para mostrar la absoluta maldad del hombre caucásico: ser racista, violento, abusador por naturaleza. Nunca suelen sacar a Abraham Lincoln, por ejemplo. El arte también se presta para determinados ajustes de cuentas, a veces disfrazados de desatendidas reivindicaciones.

Pero ahora, también para compensar ese olvido de décadas, que presumiblemente había perjudicado a tantos actores, hasta la historia se «colorea» a tal punto que, en recientes series sobre personajes reales, como Mozart y Catalina la Grande, o ficticios relatos ambientados a principios del siglo XIX en la clasista sociedad británica, Los Bridgerton, las cortes europeas acogen con escaso rigor a improbables personajes afroamericanos ocupando puestos principales o prestigiosos.

O se les asignan a hombres que en realidad existieron, como el escritor italiano Lorenzo Daponte, identidades distintas al hacer que a estos los encarnen actores negros: como si, al contrario, Leonardo Dicaprio aceptara hacer de Miles Davis.

El director de cine Spike LeeAFP

No creo que el activista de los derechos de los afroamericanos, Spike Lee, se prestara a dirigir una biografía filmada del presidente Kennedy en la que, a su viuda, Jackie, la interpretase Zendaya. Él sigue aún a lo suyo, procurando servir de vez en cuando películas vibrantes, de las que suelen provocar reflexiones oportunas sobre temas universales, incómodos, sin necesidad de buscar fáciles recursos que lo consagren a ojos de los celosos cancerberos de la corrección política.

Del cielo al infierno, su última producción, quizá no sea una de sus obras mayores, aquí se ha estrenado casi directamente en las plataformas, pero aun tratándose de una pieza de cámara en el contexto de su abundante filmografía, se deja ver con auténtico agrado, búsquenla.

Con Almodóvar, Lee comparte su fidelidad a la música que le ha acompañado durante su vida, en este caso, dando muestras de un mayor eclecticismo y variedad; pero desde luego no se queda colgado de sus últimas paranoias ni nos da el coñazo con dosis de un sentimentalismo de cartón piedra.

Mediante un remake de otra película de Kurosawa, sirviéndose de la apariencia de un thriller, y con el siempre ajustado Denzel Washington de protagonista, este director expone asuntos de verdadera enjundia. Por ejemplo, el que atañe a la problemática relación que a menudo se establece entre la amistad y el dinero: una prueba de fuego que suele hacer saltar por los aires los vínculos personales supuestamente más estrechos y consolidados.

Y más allá del original del cineasta japonés, Spike Lee se sirve además de la historia para proponer otra jugosa reflexión acerca del papel que los viejos saberes, el talento añejo largamente destilado en barrica, la experiencia atesorada por los antiguos sabios de la tribu, puede tener todavía en este nuevo mundo dominado por las capacidades tecnológicas y la inmediatez. Todo expuesto sin pedantería y una atractiva banda sonora.

Al alcalde de Orense tampoco le gusta la ópera

Frente a la obligación de seguir al pie de la letra los preceptos de la impuesta corrección normalizada, a veces las sociedades, hastiadas ya de tanta homilía progre, permiten que se cuelen en las instituciones algunos personajes excéntricos, zafios, atrabiliarios, incluso como sus más elevados representantes políticos.

En Orense ha ocurrido estos últimos años con el entretenido histrión Pérez Jácome, que, de los púlpitos de las televisiones locales, botella de whisky mediante, saltó a la alcaldía de esa bella ciudad con su mensaje directo, elemental y contundente frente a los más tibios, a veces calcados en su esencia, de los dos partidos mayoritarios y la insoportable monserga nacionalista.

Parece que Jácome no debe gobernar peor que lo harían sus rivales (lo siguen eligiendo), y además divierte, o abochorna, al personal con frecuentes salidas de tono que lo convierten casi en un personaje torrentiano: entre Torrente presidente y Jácome alcalde no hay grandes diferencias, los dos dan el juego que se espera de ambos, lo que en la previsible política de hoy ya constituiría por sí mismo toda una novedad.

En estos días, el principal edil de la urbe gallega ha ido a la ópera por primera vez. Y Jácome, que posee formación musical (su desahogada economía procede del antiguo negocio familiar, la venta de flautas), se ha marcado un inesperado «Chalamet».

El alcalde de Orense, Gonzalo Pérez JácomeCarlos Castro/Europa Press

Después de asistir a una representación de La Traviata, ha expuesto con notable concreción sintética una crítica que parece haber alarmado a los puristas, por ahora en las redes, ya vendrán los artículos campanudos.

El hombre ha sentenciado que «el género» le ha parecido «una mezcla de concierto de música clásica en bucle, misa solemne y cine mudo (letreros con diálogos)», sic. Al final, se ha valido del gallego más popular para despachar el asunto: «Eu a esto non che volvo» («Yo a esto no vuelvo»).

Habría mucho que hilar sobre el comentario, que permite, por ejemplo, constatar, en su primera afirmación, la notable intuición de este señor. En una audición temprana de la obra verdiana ha detectado, con fino oído no al alcance de cualquiera, el empleo del «leitmotiv»: esos temas, como el del preludio, que vienen y van («¡Amami, Alfredo!»). Seguramente se refiera a este asunto particular con lo del «bucle».

Pero, sobre todo, hay algo sustancial que sus oponentes no han tenido en cuenta. Como en el amor, las primeras experiencias musicales pueden resultar fundamentales, por eso conviene elegir bien si es posible. Algunas representaciones provincianas de los grandes títulos del repertorio, a menudo fiadas a la rutina y otras precariedades, no se suelen ofrecer en las mejores condiciones para apreciar la compleja finura del paño en todo su esplendor.

Cuando la ópera se da sin grandes cantantes, ni orquesta importante, director adecuado y una puesta en escena escolar, el resultado suele encarnar todo lo contrario a lo sublime. En la dificultad de aunar todos sus distintos elementos, es el espectáculo que peor suele soportar la íntima exposición de una grandeza fácilmente convertida en miseria, siempre a un simple paso del ridículo más pueril y espantoso, como reflejaron los geniales hermanos Marx.

Jácome debería darse otra oportunidad. Hombre viajado y sensible, que procure volver a La Traviata en condiciones más favorables. A lo mejor mantiene su opinión inicial, pero al menos habrá presenciado algo quizá próximo a lo que Verdi concibió con esta imperecedera obra maestra.