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La 'Pasión' del Teatro Corsario

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El Debate de las Ideas

'Pasión': lo sublime a través de la quietud y la emoción ritual del gesto compartido

La Pasión del Teatro Corsario, una obra en la que las tallas procesionales cobran vida y los actores actúan como si fueran estatuas, resucita cinco décadas después de estrenarse, con la vocación de convertirse en parte de la tradición cultural de la Semana Santa vallisoletana

Son extraños los caminos de la creación. El artista dispone, sigue una línea que le motiva, le inquieta o le turba, pero, finalmente, la obra se impone y marca su propio rumbo; primero en los ensayos y luego en el encuentro con el público. La obra teatral Pasión, el trabajo más célebre y representado de la compañía vallisoletana Teatro Corsario, es buen ejemplo de esto. Surge del recuerdo de las procesiones de su creador, Fernando Urdiales, una memoria que combinaba admiración y rechazo, pero terminó convirtiéndose en punto de encuentro de creyentes, agnósticos y ateos en torno al poder cultural de la Semana Santa.

Teatro Corsario había nacido en los años 80 como una compañía bastante contracultural, centrada en artistas de vanguardia como Antonin Artaud o Peter Handke, pero en 1987 se lanzó al encuentro del origen del teatro y de nuestra historia común con 'Sobre ruedas', basada en los pasos de Lope de Rueda. Fue la primera incursión en el teatro clásico que enseguida se convertiría en su seña de identidad. Pero el factor decisivo fue Pasión, estrenada en 1988, que permitió a Corsario encontrar un público nuevo. Su éxito marcó un antes y un después.

La 'Pasión' del Teatro Corsario

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«Fernando Urdiales se había sentido aterrorizado por la Semana Santa desde pequeño», recuerda Jesús Peña, actual director del espectáculo. «Las cofradías le producían espanto, pero le seducía la violencia de las imágenes. Puede que tuviera una relación de amor/odio hacia la religión como la que tuvo Luis Buñuel. Una mezcla de atracción profunda y rechazo visceral». De esa pasión nació Pasión, como un encuentro con una tradición compartida, la de las procesiones de Semana Santa, a la que la compañía se acercaría desde la solemnidad del ritual y ánimo no naturalista.

Paradójicamente, los seguidores habituales de la compañía se desconcertaron con la propuesta, que veían demasiado próxima a lo religioso, aunque desde el principio Corsario aclaró que no había en su obra nada de proselitismo o confesionalidad. Para sorpresa de los actores, el ámbito católico recibió con alborozo la obra, lo que proporcionó a Corsario un público inesperado.

«Lo bueno es que, con el paso del tiempo, Pasión ha logrado ser valorada como un hecho cultural, no solo religioso, que es lo que nosotros quisimos siempre», recuerda Peña. «La expresión de este espectáculo es transversal. No es necesario creer en Dios».

La 'Pasión' del Teatro Corsario

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Pasión se basa en una premisa singular: las esculturas de los pasos procesionales cobran vida y reconstruyen los distintos acontecimientos que ocupan el centro de la Semana Santa mediante la recreación de los pasos y composiciones que los narran en las calles y que tan familiares son para los fieles y aficionados de Valladolid. Las estatuas cobran vida a través de actores que renuncian a una interpretación naturalista porque no interpretan a personas, sino a las tallas de madera que les han dado vida cultural. La compañía no va directamente a la fuente, sino al ‘intermediario’ en un interesante juego de mediaciones.

El resultado es una combinación de movimiento y quietud, de actores que se desplazan de cuadro en cuadro, hasta la siguiente composición procesional. Cuando se alcanza el objetivo, el gesto se detiene y congela, como el de las propias estatuas recreadas, lo que genera en el público un inmediato efecto que combina el reconocimiento y la sorpresa. El vino viejo en odres nuevos.

El resultado se aproxima a ciertas formas del teatro oriental, en particular el teatro noh, sin dejar de estar enraizado en la cultura occidental y la Contrarreforma. Y si el noh busca expresar lo sublime, la espiritualidad y las emociones profundas a través de la quietud, no es una indagación diferente la que propone Teatro Corsario, que hace explícita esa influencia en una banda sonora con referencias sonoras orientales junto a los tradicionales sonidos de tambores y cornetas de las cofradías procesionales.

La 'Pasión' del Teatro Corsario

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Pero el resultado no es frío, ni formalistamente cerebral, como pudiera pensarse. Desde el principio, los espectadores conectaron emocionalmente con lo que veían, hasta el punto de reproducir llantos y gestos piadosos propios de las calles, más que de los teatros. El objetivo era recrear un espacio cultural común, al que pertenecen también los ateos o agnósticos, desde una visión cultural diferente pero asentada en las propias raíces y respetuosa con la dimensión religiosa de las procesiones.

Ese era el objetivo y lo sigue siendo. Es verdad que Pasión dejó de representarse en el año 2013, tras 25 años de éxito en los escenarios y más de 500 representaciones por toda España y aún en el extranjero, debido a la creciente dificultad de asegurar la rentabilidad de una obra que requiere una veintena de actores en escena. Pero el año pasado volvió a la vida, gracias a la colaboración del Ayuntamiento y el Teatro Calderón, con la vocación de convertirse en un elemento más de la oferta cultural vallisoletana durante estos días. Como un ingrediente más de esa tradición compartida que la obra invoca, recrea y alimenta. Este año ha vuelto por segunda vez y puede soñarse con que esa nueva continuidad, distinta y más institucional, se mantenga.

El filósofo Byung-Chul Han describe los rituales como técnicas simbólicas que transforman la experiencia humana, de modo que el mero ‘estar en el mundo’ se transforma en un ‘estar en casa’, alimentando el calor de la comunidad y haciendo la vida más estable. En su obra La desaparición de los rituales, alerta de los efectos destructivos que entraña la pérdida de esta dimensión de la existencia, que permite construir identidades sin recurrir a la palabra. Una obra como Pasión lo acredita, y evidencia que esa ‘casa’ compartida es un hogar independiente de las convicciones espirituales personales, aunque es la creencia religiosa histórica, la fe católica sostenida durante siglos, la que lo hace posible.

Independientemente, también, del lugar. Es lógico pensar que el efecto de reconocimiento será claro en la sociedad vallisoletana, familiarizada con las tallas de Gregorio Fernández, Juan de Juni, Andrés de Solanes, Juan de Ávila, Bernardo del Rincón, o tantos otros. Unas tallas que nos han acompañado, desde niños, un año tras otro, con una presencia abrumadora en la ciudad. Pero lo sorprendente es cómo el fondo común de todas las semanas santas termina imponiéndose en otros lugares y contextos.

«El público hizo suya la obra. Lloraba y se emocionaba. Con Pasión se produjo algo parecido a la catarsis de la tragedia griega y la identificación con el mito, además de la conexión religiosa de buena parte del público. También, al principio, el rechazo de los que nos venían siguiendo y no lo entendían», recuerda Peña. «La obra funcionaba al margen de nuestra pretensión. No había previsto esa reacción emocional». Todavía hoy, en una sociedad más desacralizada que en los años 90, el impacto permanece y los aplausos coronan todas las funciones.

«En Andalucía, cuando representábamos la obra en los teatros, notábamos al público distante, porque estaban acostumbrados a otra Semana Santa y nuestra sobriedad les sorprendía», admite Peña. Pero cuando la compañía la representaba al aire libre, todo cambiaba: «la gente se arrancaba por saetas y se implicaba en el rito con total naturalidad». Y es que Pasión es una obra sobre la tragedia, sobre los ritos y los orígenes «y con una gigantesca carga antropológica». También es una representación del dolor y la injusticia respecto al inocente. «Cualquier espectador lo entiende, provenga de la cultura de la que provenga».

La 'Pasión' del Teatro Corsario

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En última instancia se trata, además, de una obra que es, al tiempo, teatro y metateatro. Las propias esculturas barrocas buscaban un efecto teatral con su manejo de las expresiones exageradas y ese mostrar dramático del dolor y la maldad. Y con Pasión el teatro se reencuentra con todo eso, que es como reencontrarse con sus orígenes. El exceso del gesto como camino hacia la emoción y hacia una cierta verdad. Un exceso que, en todo caso, no es arbitrario, sino que tiene que estar sujeto al control. «En Pasión se da una paradoja: Tenemos que mostrar la exageración, pero con un enorme control, un control casi matemático de la expresión, para no parecer ridículos».

Una y otra vez las tallas procesionales, las de madera, y ahora las recreadas por actores, nos interpelan con una potencia expresiva que nos obliga realizarnos preguntas a veces incómodas. Porque otra de las paradojas de la Semana Santa es que, pese a tratarse de una vivencia colectiva, social, comunitaria, la experiencia de cada espectador es íntima y personal. En las calles se abre paso la vida interior. Como la que, en el mejor de los casos, puede surgir tras la contemplación de una obra de teatro. Justo esa vida interior que parecen empeñados en expulsar de nuestras vidas nuestros hábitos modernos y nuestros juguetes tecnológicos.

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