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Dios y el problema de las decisiones del hombres

Dios y el problema de las decisiones del hombresImagen creada con IA

El Debate de las Ideas

Se impone un cambio de relato en torno a Dios

El libro Dios. La ciencia. Las pruebas no sólo evidencia que creer en un dios creador del mundo es más racional y 'científico' que lo contrario, sino que desvela la rabiosa intolerancia de materialistas y cientificistas

«¿Cómo un hombre tan listo como tú puede creer en Dios?», le espetó Buenafuente a Juan Manuel de Prada en uno de sus programas. Más allá de la acertada respuesta del escritor —la inteligencia lleva precisamente a reconocer lo mucho que se desconoce, vino a decir— la pregunta del humorista, bien jaleada por el público, describe bien lo que es la visión común en esta materia y la arrogancia que le acompaña. Otro ejemplo, esta vez del cantante Albert Pla: «Te ríes de los terraplanistas, pero el 90 % de la población mundial cree en Dios, ¿qué es más disparate?». Esa idea de atraso oscurantista asociada a la creencia religiosa es todavía el discurso dominante en los escaparates culturales y en las redes sociales y puede hallarse casi debajo de cada piedra.

Y, sin embargo, no es fácil entender por qué ocurre esto. Y menos aún después de leer un libro tan estimulante y documentado como Dios. La ciencia. Las pruebas. El albor de una revolución (Funambulista), de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies. ¿Cómo es posible que el pensamiento mayoritario sea inmune al giro radical que se ha producido en la ciencia en el último siglo, que este ensayo describe con pedagogía, rigor y precisión?

Seguimos instalados en una idea que ya sabíamos falsa. A saber, que el conocimiento científico tuvo que abrirse paso a machetazos luchando contra la intolerancia religiosa y su afán de cegar la verdad. Hace mucho que sabemos que tal visión es un ejemplo de una distorsión ideológica interesada, pues buena parte de la historia de la ciencia la construyeron justamente hombres religiosos, clérigos, o de fe. Es más, el cristianismo —a diferencia de otras religiones— anima a conocer el mundo y sus realidades materiales como forma de acercarse a Dios, lo que seguramente explica por qué las civilizaciones creadas a su amparo son las que han avanzado más en ciencia y técnica.

Todo esto lo sabíamos. Pero lo que no sabíamos, o al menos no del mismo modo, es la feroz batalla de resistencia, e incluso intolerancia, que los partidarios del materialismo radical y del cientificismo ateo desarrollaron durante décadas contra cada descubrimiento científico que incomodaba su visión del mundo, porque abría la posibilidad de la existencia de Dios, o porque la asentaba firmemente en la discusión.

Primero fue la teoría de la muerte térmica del universo, que sugería que, puesto que el mundo iba a tener un final, debió tener un principio. Un descubrimiento tan aparentemente modesto resultó más provocador que la mismísima ‘evolución de las especies’, pues, a diferencia de aquella, refutaba una idea central en las convicciones materialistas ateas: que el universo es eterno, sin un principio ni un fin. Esa idea era transversal y la compartían muchos científicos occidentales, pero también los comunistas soviéticos —es uno de los elementos del materialismo dialéctico— y los nazis, quienes, más allá de cierta superficial apariencia cristiana, eran rabiosamente paganos y panteístas.

La brecha se agravó con el descubrimiento de que el universo está en expansión, especialmente después de que asumiera la tesis Albert Einstein —quien terminó aceptando las conclusiones de su propia teoría de la relatividad, a las que inicialmente se había resistido, también por prejuicios— y aún más con la formalización de la teoría del Big Bang. Esta última proclama que todo nuestro mundo conocido surgió repentinamente a partir de la aparición de una partícula mínima, pero repleta de energía, que fue la que creó, a la vez, la materia, el espacio y el tiempo, y finalmente el mundo que conocemos, en un proceso de evolución a lo largo de miles de millones de años.

En contra de lo que habitualmente se suele pensar, el Big Bang generó mucho rechazo en una parte de la comunidad científica. De hecho, la expresión que resume la teoría, Big Bang, fue creada, a modo de burla, por uno de sus detractores, aunque a la postre resultó un formidable apoyo para su popularización. Sus oponentes consideraban sospechosa una teoría que tenía tantos paralelismos con el relato bíblico de la creación y que chocaba tanto con sus convicciones materialistas. Pero, sin embargo, en 1964 se descubrió la radiación del fondo cósmico —un resto de aquella primera ‘explosión’ originaria— y la mayoría de los científicos tuvieron que rendirse a la evidencia. Aun así, el libro de Bolloré y Bonnassies documenta hasta 16 teorías alternativas al big bang que buscaban un modo de encajarlo en las premisas de un universo estacionario, sin éxito hasta la fecha. Una de ellas, la teoría de los universos múltiples, el multiverso, es muy popular en la ciencia ficción, pero en el terreno científico no pasa de ser una mera especulación imposible de verificar de alguna manera.

Lógicamente todos estos aspectos están desarrollados en el libro Dios. La ciencia. Las pruebas con una solidez y rigor que desborda un artículo como éste. (Y que el interesado puede encontrar también en versiones narradas, como la de Audible). Su conclusión, bien sabida, es que la hipótesis de un Dios creador resulta hoy mucho más consistente con lo que sabemos que la alternativa, que postula un improbable origen azaroso de nuestro mundo conocido. El descubrimiento del «ajuste fino del Universo» y del «principio antrópico» han evidenciado que haría falta una cadena de coincidencias asombrosa y estadísticamente imposible de concebir para explicar un universo autogenerado.

Pero no es el objetivo de este texto considerar 'probada por la ciencia' la existencia de Dios, pues, aunque existen muchos indicios, posiblemente pueda considerarse que no hay una prueba definitiva. Y, sobre todo, porque lo ignoramos todo sobre esa entidad pensante no material —espiritual, por tanto— que existiría desde siempre y que un día decidió poner en marcha un proceso de tan extraordinaria complejidad. Basta con insistir en que, hoy por hoy, esta es la hipótesis más racional y defendible.

El impresionante impacto del libro en Francia (donde vendió 250.000 ejemplares), sin duda tiene que ver con su capacidad para hacer visible algo importante que permanecía oculto al saber común de nuestro tiempo. Es interesante también el modo como el ensayo conecta la hipótesis deísta —inevitablemente fría, por ser sólo racional— con la Biblia y el cristianismo, a través de otra serie de pruebas, menos sólidas que las de la parte estrictamente científica, pero no por ello despreciables. Porque, al menos como hipótesis inquietante, cabría creer en un dios creador desconectado de todas las religiones y de todas las creencias morales de nuestra historia humana. Es el problema del deísmo científico, que llega adonde llega, aunque eso no sea necesariamente poco, ni mucho menos. Pero hay un gran salto entre un Dios 'relojero del universo' y las enseñanzas evangélicas.

De hecho, «la lógica de Dios», del Dios en el que creemos los cristianos, no es sólo racional, como explica el teólogo jesuita José María Rodríguez de Olaizola en Contemplaciones de papel: «Esa es la lógica de Dios. Que los fuertes sirvan. Que los grandes se hagan pequeños para encontrarse con los más frágiles. Que los capaces compartan esa capacidad. Que las vidas sean fecundas, con la fecundidad de quien sana heridas, limpia llagas, besa soledades, acaricia miedos, pone pan en mesas vacías y rompe, con palabra de amor, los muros de silencio y olvido».

Para recuperar la temperatura moral y vital del dilema que abordamos —el rechazo hacia las tesis en favor de Dios— es especialmente útil descubrir que las ideas científicas que apuntaban a su existencia fueron perseguidas, y sus defensores, marginados, expulsados, encarcelados y, muchos de ellos, finalmente asesinados. Frente al tópico todavía común que coloca el 'caso Galileo' como paradigma del conflicto entre ciencia y fe, es muy conveniente recordar que Galileo no fue ejecutado —pese a que tantos lo den por cierto— y que, en cambio, sí se han provocado abundantes muertes para intentar acallar descubrimientos que atentaban contra otras creencias: esta vez las ateas.

El capítulo de La novela negra del big bang es especialmente estremecedor. Una decena de destacados científicos rusos fueron encarcelados y finalmente ejecutados, en la era más oscura del estalinismo, por defender que el universo tuvo un origen. Este pensamiento, al parecer de Josef Stalin, no sólo era inaceptable, y debía ser erradicado, sino que era «propaganda antisoviética», y un «crimen de Estado». Pero, antes de llegar a las ejecuciones, hubo campañas de acoso y descrédito, encarcelamientos, presión política… y muertes misteriosas, como la de Alexander Friedmann, el matemático que le enmendó la plana al mismísimo Albert Einstein —quien terminó dándole la razón— y que descubrió que la teoría de la relatividad general describe un universo dinámico (y que, por tanto, necesariamente tuvo un origen).

Muchas de las mentes más brillantes de la URSS de la época optaron por huir e instalarse en EE.UU. Otros fueron asesinados por el Estado: los físicos Evgueni Perepelkine y Matvei Bronstein; los astrofísicos Dimitri Eropkine e Innokenti Balanovsti; el matemático Borís Númerov; y el astrónomo Maximilliam Musselius. Pero, además, el físico Vsevolod Fredericks murió en el gulag después de seis agotadores años de trabajos forzados, y el astrónomo Nikolai Kózyrev fue enviado al gulag y condenado a muerte, aunque le salvó la fortuna, pues no pudo formarse su pelotón de ejecución. La persecución continuó, algo más mitigada, en las décadas siguientes y tuvo en el físico nuclear Andrei Sajarov una nueva víctima propiciatoria. Hasta que la llegada al poder de Gorbachov puso fin a ese periodo oscuro.

No menos impactante es lo que ocurre en la Alemania nazi, donde se confunde interesadamente la persecución de los judíos con la de las ideas que refutan la idea de un universo eterno. Ambas tienen en Einstein al principal representante. Pero su condición judía no fue problema mientras defendió una teoría de la relatividad compatible con un universo permanente. Su judaísmo se convirtió en un problema —más bien en una excusa— cuando rectificó y aceptó que probablemente debió tener un origen. Preguntado por una estudiante sobre el sentido último de sus ecuaciones, Einstein afirmó: «Quiero saber cómo Dios creó el universo. No me interesa tal o cual fenómeno, tal o cual detalle. Lo que quiero conocer es el pensamiento de Dios». La frase provocó una profunda indignación entre la dirigencia nacionalsocialista y sus científicos de cabecera que decidieron tomar medidas contra él y los que defendían ideas similares.

En un intento de intentar contrarrestar la «repugnante ciencia judía» (lo que englobaba a todos los partidarios de un universo con origen, fueran judíos o no) los nazis lanzaron su propia teoría: la cosmología glacial, que demuestra cómo el poder político siempre intentará ajustar la ciencia a sus necesidades y convicciones, si se le permite. Esta teoría, disparatada, pero útil para Hitler, defendía que el universo existe desde la eternidad, y para toda la eternidad, porque reside en el reino sin comienzo ni fin del hielo eterno. El universo es el resultado de la lucha reiterada del fuego contra el frío, pero, además, el cosmógrafo Hans Hörbiger, creador de la teoría, defiende «el surgimiento, en el corazón del hielo, de una raza superior de gigantes rubios de ojos azules, flor y nata de la nueva humanidad», según relatan Bolloré y Bonnassies. Una teoría que sólo conocemos porque sirvió a un propósito, y eso llevó a difundirla y promocionarla.

El ataque contra la «ciencia judía», que defiende un universo con origen y la teoría de la relatividad, lleva al régimen nazi a expulsar de la universidad a todos los docentes de esa raza y a quienes defienden 'las ideas equivocadas', lo que provoca, en la década de los treinta del siglo pasado, una masiva fuga de científicos, sobre todo a Estados Unidos. Einstein será uno de ellos y no regresará jamás a Alemania. Pero, además, serán expulsados, o se irán por su propia voluntad, por incapacidad para desarrollar su trabajo en el país, científicos como Otto Stern, Max Born (que será Premio Nobel de Física), el físico y matemático Hermann Weyl, y otras figuras eminentes como James Franck, Victor Francis Hess, Lise Meitner, Carl Gustav Hempel y otros. A partir de 1936 la represión se agravará y ya no habrá opción de huir. Y algunos, como el matemático Felix Hausdorgg, su mujer y su hija, sufrirá las consecuencias. Los tres serán ejecutados tras ser recluidos en un campo de concentración.

El relato de los hechos es revelador. Durante el último siglo, la intolerancia y la violencia estuvieron del lado de aquellos que se negaban a creer ni siquiera en la posibilidad de Dios. Ese rechazo furibundo lo encontramos hoy en muchos ámbitos del mundo cultural, aunque sin la furiosa agresividad física de los hechos históricos que hemos relatado. Y ha aflorado de nuevo, en forma de desprecio, ante la mera posibilidad de que podamos asistir a un resurgir del interés de la sociedad española por Dios.

'Dios no ha vuelto', proclamaba Javier Cercas, en un artículo para El País, en respuesta a quienes veían en el disco de Rosalía Lux y en la película Los domingos indicios de un regreso de la fe. En su artículo, salpicado de tópicos antirreligiosos y anticatólicos, parecía ignorar que hay más indicios: el periodista agnóstico Pedro García Cuartango publicó el año pasado El enigma de Dios, y el filósofo Byung-Chul Han Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, por referirnos sólo a figuras situadas fuera del «nicho» religioso y que hablan a otro público más diverso. Pero también podríamos hablar del éxito del escritor Pablo D'Ors, cuya personal espiritualidad desborda fronteras.

Y como remate, de colofón, en el programa especial de Nochevieja nos encontramos con que la nueva canción de La Oreja de Van Gogh reunificada, con Amaia Montero como cantante de nuevo, proclama en su estribillo: «Yo creo en Dios/ a mi manera/. Hay más preguntas que respuestas / en la aurora boreal/. Somos los dos / polvo de estrellas / misterio, luz, roca y candela / algo sobrenatural».

No conviene lanzar las campanas al vuelo, pero es innegable que hay «brotes verdes» en la recuperación de la presencia social de un Dios al que los hombres volvemos a poner en escena.

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