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Cubierta de 'Distancia de fuga'

Cubierta de 'Distancia de fuga'Tusquets

'Distancia de fuga': más allá del Romanticismo

La novela revisita el eterno tema del amor negándose a reducirlo a anécdota para convertirlo en materia de exploración filosófica y existencial

Hay novelas que se leen con la urgencia de algo que ya existía antes de ser escrito, ocurre cuando sus páginas contienen sustancia esencial. Distancia de fuga (Tusquets, 2026), segunda novela de Cristina Araújo Gámir, es de esas. Casi doscientos años después de que Emily Brontë publicara Cumbres borrascosas, alguien vuelve a atreverse a tomar en serio el amor, a tratarlo como lo que el Romanticismo siempre supo que era: no un tema menor, sino la pregunta más difícil que uno pueda hacerse.

Cubierta de 'Distancia de fuga'

Tusquets Editores (2026). 496 páginas

Distancia de fuga

Cristina Araújo Gámir

Pero que el lector no se lleve a engaño: pese a los paralelismos con Brontë y a la clara adhesión a ejes temáticos del Romanticismo, Distancia de fuga es una novela contemporánea con personajes totalmente inscritos en la actualidad. Una novela de amor, sí, pero amor en el siglo XXI.

La historia arranca el verano que Theo, estudiante de primer año de Filosofía con ambiciones literarias, pasa en la villa italiana de la familia de su amigo Robin. Allí conoce a Frances, hermana menor de Robin, justo antes de que ella se convierta en una actriz de fama mundial. Y ese verano se enamoran como solo dos jóvenes pueden hacerlo. El escenario no es casual: el Romanticismo siempre supo que los grandes amores necesitan un espacio separado del mundo ordinario para nacer, un paréntesis donde las reglas habituales se suspenden. En Cumbres borrascosas, ese espacio es el páramo de Yorkshire, salvaje y sin ley. En Distancia de fuga, es la luminosidad mediterránea de una villa de vacaciones. El principio es el mismo: el amor verdadero necesita un origen mítico, un lugar al que no se puede volver. Y precisamente porque no se puede volver, todo lo que sigue es una forma de exilio que abarca casi una década y se arrastra por escenarios de Alemania, Italia, Francia, Estados Unidos y la India.

Cuando el éxito de Frances estalla, se abre un abismo entre sus dos mundos. La fama, los excesos, la ambición –esas fuerzas que el siglo XXI ha puesto donde el XIX ponía la clase social y el dinero– amenazan lo que entre ellos es genuino. Esta asimetría es estructuralmente análoga a la de Cumbres borrascosas, donde Catherine se debate entre el amor que siente por Heathcliff y el mundo superior que representa Edgar Linton. En ambas novelas, el amor real colisiona con una brecha de mundos que lo hace casi inviable. Casi, porque pese a los años y las heridas, ni Frances ni Theo logran olvidarse del todo. Esa persistencia del amor como algo que sobrevive al daño y al tiempo es quizás el rasgo más genuinamente romántico de Distancia de fuga, y también el más doloroso.

Porque ellos se atraen con la misma fascinación que siente la polilla por la llama, una fascinación a la que Araújo logra que se sume el lector, haciendo que tampoco pueda evitar dejar de mirar mientras los personajes se consumen. Sin embargo, cada uno —Frances, Theo y hasta el propio Robin— arde por sus propios fuegos internos, preexistentes al amor o independientes de él. Y aquí es donde Distancia de fuga se separa de la tónica romántica: presenta personajes frágiles, con contradicciones y ambigüedades morales, pero conscientes de ellas, agentes de sus propias decisiones y no víctimas del destino. En Theo, el amor por Frances se convierte en una postura filosófica y vital: el autosacrificio necesario para que el amor surja permite que el individuo florezca y conecte con algo más bello y mayor que uno mismo, algo trascendental. En Frances, el camino es el del autoconocimiento y la conquista de sí misma: convertirse en la mujer que querría llegar a ser, salir del determinista circo mediático para expresarse con libertad.

Ambos protagonistas tardan una década en armar su puzle personal, y la novela traslada ese baile de piezas a la experiencia lectora mediante una estructura no lineal en la que pasado y presente se retroalimentan para darse explicación el uno al otro. Con maestría y gran sensibilidad, Araújo hace cómplice al lector, dándole información de primera mano y pistas sobre un desenlace que, aunque parece abierto, está muy claro. Tanto como la imagen que aparece tras completar un puzle: la vimos desde el principio en la tapa, pero, aun así, porque hay cosas que merece la pena hacer aunque se sepa de antemano el resultado, decidimos dedicar tiempo a componerlo.

La pregunta que plantea Distancia de fuga es conocida y la de siempre: si el amor más puro es precisamente aquel que parece no caber en el mundo, el que la vida real tritura pero no consigue apagar del todo. La pregunta no ha envejecido. La respuesta tampoco: es la que cada uno se dé. No importa cuántas novelas se escriban al respecto. Ni siquiera aunque constituyan una lectura tan recomendables como esta.

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