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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Un siglo después, Turandot se hace trans

El antaño tenor Felipe, hoy reconvertido en la soprano brasileña María Castillo de Lima, será dentro de un mes el primer trans en encarnar a la protagonista de la última ópera de Puccini, de cuyo estreno se cumplen justamente cien años

Portada de 'Turandot'

Conocidos son los desvelos que en Giacomo Puccini suscitó la elección del primer tenor para la que sería su última ópera, Turandot. La Parca se ocuparía de librarle oportunamente de esa pesada cuita. El compositor abandonó este mundo en 1924, sin poder llegar a concluir la composición de su definitiva obra maestra, que quedó en mano ajenas.

Un cáncer de garganta dejó la ópera sin final, cuyo desenlace se encargó de completar Franco Alfano. Y la decisión sobre el protagonista masculino recayó finalmente en Arturo Toscanini, el director del estreno, que era partidario, en contra del criterio del propio creador, de contratar para tan relevante ocasión al español Miguel Fleta.

El motivo de la animadversión que Puccini le dispensaba a Michele Fleta, como aquel baturro había sido rebautizado en Italia, ya se ha contado por aquí alguna vez. Pero no está de más recordarlo ahora. El compositor, alertado sobre los prodigios que un cantante ibérico realizaba, en Viena, con su «Tosca» decidió desplazarse hasta la capital austriaca para comprobar en qué consistían aquellos alardes tan comentados.

Fleta y el delirio del público vienés

En cada función, Fleta se apropiaba de la música del italiano para enriquecerla a su modo con nuevos e insospechados matices, que luego otros intérpretes han intentado imitar con desigual fortuna. Al llegar el célebre E lucevan le stelle, ese momento tan esperado del tercer acto en el que el pintor Mario Cavaradossi, condenado a muerte, evoca sin remilgos el cuerpo desnudo de su amante, la artista Floria Tosca, los besos y las caricias con los que conseguía engañar al tiempo, aquel supremo estilista vocal obraba algo muy parecido.

La vida, por un instante hermosa, quedaba en suspenso mientras él, con un mágico hilo de voz que podía proyectarse sin problemas hasta el último rincón de la sala, alargaba y alargaba las frases sin volver a tomar aire con la orquesta detenida, aguardando el desenlace en una suerte de dulce espera eterna hasta provocar el delirio del público.

Miguel Fleta, tenor español

De inmediato, el alboroto de la sala reclamaba retornar al prodigio para mecerse eternamente en la belleza de aquel sonido inesperado por obra y gracia de un bis. En alguna de aquellas noches, contando con la proverbial generosidad del hombre, que jamás escatimó sus facultades, el regalo incluso se convertiría en tris.

Y así ocurrió quizá en aquella que tuvo como excepcional espectador al mismo autor de la obra, que tanto éxito le estaba procurando a su protagonista masculino. Pero a Puccini el modo que tenía Fleta de «apropiarse» de su creación no le cautivó en absoluto. Al encontrárselo en la puerta del camerino después de aquella representación, el tenor creyó que el músico había acudido hasta allí, como el resto, para rendirle algún tipo de pleitesía.

El compositor Giacomo PucciniGTRES

El autor de Manon Lescaut, que poseía una reconocible vena irónica, disparó el primero: «Vengo a felicitarle. Tiene usted una bella voz». Fleta agradeció el cumplido mientras el compositor afilaba su daga. «Pero vengo a decirle -continuó- que, si hubiera querido que el aria del tercer acto de mi ‘Tosca’ se cantase así, la habría escrito de esa manera».

Ante el creador operístico italiano más importante de aquellos días, un dios de la música, cualquier otro se habría mordido la lengua, buscando un atajo para escapar dignamente. El hombre que las había pasado canutas, aceptando todo tipo de trabajos antes de poder cumplir su sueño, no se contuvo. Sacó la faca de Don José, una de sus mayores interpretaciones, para devolverle la estocada: «Escuche, maestro, cantándola como está escrita me aplauden; haciéndolo a mi manera, me piden el bis».

La venganza de Puccini

Puccini se lo tomó como una insolencia, y se propuso cobrarse la revancha algún día. Para el acontecimiento mundial de su Turandot prefería a Beniamino Gigli, gloria italiana del canto, hasta que se interpuso la dama de negro. Y el director designado, Toscanini, logró contratar ya sin cortapisas a su predilecto para la ocasión, Miguel Fleta.

Lo que seguramente ni uno ni el otro llegarían a pensar por esos días es que, pasado el tiempo, al cumplirse un siglo exacto del estreno de la que algunos consideran la última gran ópera italiana, la protagonista femenina de Turandot sería un transgénero: un antiguo tenor reconvertido en soprano en virtud de tratamientos hormonales y quizá alguna intervención quirúrgica.

Así sucederá de aquí en un mes, cuando el Teatro Avenida de Buenos Aires, pariente pobre del más insigne Colón, acoja a partir del 26 de junio tres representaciones de la obra de Puccini con el protagonismo de María Castillo de Lima, antes conocido como Felipe.

Del tenor Felipe a la soprano María

Castillo de Lima nació Brasil, pero su familia se instaló en La Plata, Argentina, cuando todavía era un niño. Allí cuentan que comenzó a cantar a los dos años, y más tarde logró estudiar en el conservatorio local para formarse en la música.

Tras su paso por el principal teatro de su localidad, en 2010, con veintidós, se hizo con un puesto de tenor en el coro del Teatro Colón de Buenos Aires, el más importante de Hispanoamérica. Al mismo tiempo, Felipe se interesó por la composición, y en el escenario bonaerense ha ofrecido algún recital con sus propias canciones.

María Castillo de Lima

Pero esta faceta como concertista, se ha desarrollado sobre todo en su renovado aspecto, como soprano, desde que en 2012 se hizo trans. Y como tal se presentó en España, en 2015, como participante del Concurso Montserrat Caballé que se celebra en Zaragoza. Aquí curiosamente no logró llamar la atención de ningún agente avispado, pero en 2019 obtuvo el primer premio en la edición inaugural del Concurso Internacional de Ópera Mendoza, y ya comenzó a despuntar.

Ese reconocimiento y sus posteriores actuaciones como protagonista de óperas como Anna Bolena y Maria Stuarda de Donizetti, o la Norma de Bellini, en el llamado Teatro Luz y Fuerza de San Telmo, unido a su sostenido activismo han convertido a la artista en una de las pioneras del movimiento trans en Hispanoamérica, adorada por sus fans como si se tratase de alguna estrella de Eurovisión.

A falta de que en no mucho tiempo el Covent Garden londinense, las óperas de París o Berlín o alguno de los principales teatros españoles repare en su popularidad, y la contrate, varias de sus actuaciones circulan estos días por las redes sociales.

Una Norma grotesca

Lo cual permite apreciar su precario bagaje técnico, al menos hasta este momento. Su interpretación de la popular Casta diva de Norma, por ejemplo, roza lo grotesco. Pero seguramente se dirá, en su defensa, que el problema está en el que escucha, que no ha logrado superar ciertos prejuicios, «esquemas añejos de opresión», como los denomina la propia Castillo de Lima.

Habría que conocer las tres óperas que ha compuesto en su otra faceta; quizá resulten más interesantes que lo que su voz, hoy, puede proponer. Pero mientras, insiste en encasillar a los detractores que tiene en su mismo país de adopción como miembros de «un espacio patriarcal y tradicionalista, el ambiente lírico argentino».

A esos «retrógrados» que quizá cometan la osadía de afirmar que no canta demasiado bien, o que sencillamente preferirían a sopranos como Lise Lindstrom, Anna Netrebko o Saioa Hernández si se trata de encarnar a la princesa de hielo, les dice que su conservadurismo les impide valorar una personalidad como la suya, «capaz de sostenerse en el tiempo a partir del estudio y del trabajo».

Quizá nos encontremos aquí ante otro caso parecido al de la actriz Karla Sofía Gascón, que en su momento pareció reivindicarse como actriz prominente al basar su mérito primordial en la propia condición de trans, de modo que bastaría solo con eso para convertirse en acreedora de reconocimientos profesionales que, hasta aquí, se alcanzaban normalmente mediante virtudes que tienen que ver con la calidad, el mérito o la excelencia.

Pero que no se preocupe Castillo de Lima. Si ahora no logra triunfar en Turandot (cosa poco probable ante su legión de admiradores), a finales del año próximo puede que la reclamen desde España con un encargo principal: actuar en la puesta de largo del nuevo gobierno para la próxima legislatura que volverá a encabezar Pedro Sánchez. Al tiempo.