'Los mejores años de nuestra vida' o por qué (o en qué) los Hombres G son mejores que Los Beatles
El documental sobre la carrera del grupo, dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega es el viaje perfecto de nostalgia y presente de una historia inolvidable
Hombres G
Todo les ha pasado a Hombres G. Y les sigue pasando. Y este es el quid que queda perfectamente reflejado en este documental perfecto. En la época de los documentales (levantas una piedra y aparece un documental, incluso de la misma piedra), el género está perfeccionado, pero también relativamente vulgarizado.
Casi todos los documentales son previsibles a estas alturas. Es difícil que un documental sorprenda porque los patrones son los mismos y, aunque el contenido no, el molde hace que la película, aunque distinta completamente, sea repetitiva. Como en todo el arte, la repetición es común, incluso necesaria, pero ha de ser repetición con esencia.
Cartel de Los mejores años de nuestra vida
Ha de tener algo como lo que vio Paco Martín, un productor buscavidas, en cuatro amigos que solo querían divertirse tocando y cantando, a pesar de que no sabían hacerlo. A Martín no le importó porque vio la perfección en ellos: el talento creativo de David Summers, el equilibrio de Dani Mezquita, la técnica a la guitarra (la única que había) de Rafa Gutiérrez y la personalidad de Javier Molina.
La historia de Hombres G es increíble porque como Summers reconoce, lo que le ha pasado a Hombres G no le ha pasado nunca a nadie en el mundo. Y es cierto. Su relato es típico, pero en su tipicidad único. Como a tantos grupos famosos, decenas de discográficas les rechazaron hasta el golpe de suerte, cuando pasaron de tocar acompañando a los hijos de Rocío Dúrcal al estrellato absoluto desde que por primera vez sonó Devuélveme a mi chica en Los 40 Principales.
Ahí empezó una locura «beatlemaníaca» que cruzó el océano para convertirles en América en ídolos de estadios. Conocida es la llegada de los «Fab Four» a Estados Unidos y menos conocida la llegada de Hombres G a Perú, pero el impacto fue similar. Tan ídolos (o más, quizá incluso mucho más) fueron Los Beatles en Estados Unidos como Hombres G en Suramérica y Centroamérica.
Los de Liverpool duraron siete años, exactamente el mismo tiempo que los madrileños en su primera etapa que parecía la última, hasta que diez años después de su separación traumática regresaron como si alguien hubiera sacado de debajo de la tierra las casacas ocultas de los mosqueteros. Unos mosqueteros que se querían y se alejaron como cualesquiera amigos se alejan porque la vida es así, solo que aquí tuvieron otra maravillosa oportunidad de revivir el pasado. Una máquina del tiempo en la que continúan a bordo.
Los Beatles nunca volvieron y los Hombres G ya llevan un cuarto de siglo desde su retorno, con más de sesenta años cada uno, y en el mejor momento, llenando estadios y arrasando por todo el mundo con sus giras, incluido Estados Unidos, como Los Beatles, y actuaciones en el Madison Square Garden o en el Radio City Music Hall de Nueva York.
El documental es perfecto porque narra el ascenso imparable de sus inicios, con sus luces y sus sombras (la envidia de los «rockeros oficiales» por su éxito convertido en agresiones públicas en sus conciertos). La «Divina Movida» les apartó de su esencia y ellos se la comieron sin quererlo, solo divirtiéndose con sus marcapasos y sus chicas cocodrilo hasta el agotamiento de unos veinteañeros que habían vivido un sueño.
Los sueños que quedan para siempre, para recordarlos, pero en su caso el sueño regresó después de la tristeza del parón y de la existencia que apareció con toda su crudeza, cuando descubrieron que sus marcapasos y sus chicas cocodrilo estaban dentro del alma de sus fans de siempre y de los que llegarían y llegan y están hoy. Algo impresionante. La perfección del documental es que Los mejores años de nuestra vida no fueron aquellos, sino estos.
Es un canto a la nostalgia feliz, porque el objeto de la nostalgia, que siempre es pasado, en este caso es presente. Esenciales son las imágenes grabadas de aquel tiempo por Daniel Mezquita y su antigua cámara de vídeo. La juventud inmortalizada para siempre, mientras en la vida real, la presente, los cuatro amigos continúan aquel camino, como si cualquiera de los espectadores pudiera volver a saltar de un trampolín a los ocho años más allá de estar grabado en una cinta de Súper 8.
En su película sobre Elvis, Baz Lurhmann refleja de forma perfecta (todo aquí es perfecto) el efecto de la voz y los movimientos del genio de Memphis en los espectadores, sobre todo en las chicas.
Un terremoto interno, una explosión de sentidos y sentimientos, una convulsión indefinible, casi solo visible, que también se ve (realmente) en el documental de Hombres G: imágenes que emocionan por su naturalidad como espejo de lo que Hombres G fueron (chicas que son y chicas que fueron, desmoronándose hermosamente, y chicos que son y chicos que fueron expresando su dichosa añoranza devuelta) y, lo mejor de todo, siguen siendo como nunca nadie lo ha sido en una segunda etapa gloriosa a la que ninguna otra banda en el mundo ha conseguido ni siquiera acercarse.