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El matador Antonio Ferrera se subió al caballo para picar al toroPlaza de las Ventas

¿Qué fue lo de Ferrera en Las Ventas, charlotada o genialidad?

El matador extremeño abrió la Puerta Grande gracias a una medida faena en el cuarto y a otra particular en el sexto que correspondía al herido Paco Ureña

En casi todo en la vida hay puristas inasequibles. De algún modo u otro todos podemos ser puristas en algún (o más de uno) aspectos. El toreo es uno de los ámbitos más propicios, donde el límite con el tremendismo, por llamar a lo otro de alguna forma, a veces es tan fino como la seda del capote de Ferrera.

El matador extremeño antes era de «los otros», luego se volvió purista y al final se inventó sus propias formas para casi todo dentro y fuera de una Plaza. El domingo se pudo ver esto en Las Ventas. Mientras Morante y Aguado salían a hombros en Aranjuez, Antonio Ferrera abría la Puerta Grande de Madrid en medio de la polémica.

Aunque, ¿cuándo no hay polémica en una Puerta Grande? Pocas veces. La unanimidad no se casa por lo general con la tauromaquia. Y menos en las Plazas concretas. Y menos aún en las Ventas, patria de puristas, dictadores, legos y turistas: la mayor Plaza del mundo. Ferrera toreó como un dios al cuarto de la tarde.

Una lidia serena antecedió a una muleta de la misma índole y más allá, porque se puso a torear con la izquierda sin zarandajas y cómo. Se puede ver en las imágenes el temple y el (re)poso. El mando y la ligazón con el cuerpo como flotante, tan solo sostenido, suelto, en el vaivén de las manoletinas atornilladas en la arena. Era dulce brisa sobre la efigie de la que solo se movía, grácil, la bandera, culminada la visión en una vistosísima estocada al recibo desde lejos.

Hasta allí purismo, verismo operístico, Mascagni de Extremadura. hasta que llegó el sexto, el de Paco Ureña, herido en su primero, donde Ferrera se lio la manta a la cabeza, pero casi como si fuera un turbante. La seda azul brillante ya llama la atención, pero no tanto como para subirse a picar ¡en Madrid! ante el regocijo de unos, la indignación de otros y el desprecio de aquellos.

Tremendismo a chorros cuando se bajó del caballo y se fue despavorido a coger la seda para hacerle un quite por chicuelinas como con faldas y a lo loco cuando el presidente ya había cambiado el tercio, o eso se suponía. Volvió por los fueros de la muleta en el cuarto, aunque no fue para tanto porque el toro no daba, precisamente, para tanto. El mérito enorme fue que hizo arte donde se espera el oficio y claro, tanto cambio no siempre es fácil de asimilar y de aceptar.

Ferrera se había salido del tiesto a pesar de que todo, sobre todo lo importante, lo había hecho mejor que bien. Sublime por eternos momentos. Subirse al caballo había sido ir demasiado lejos para algunos, como si fuera vestido de amarillo en una corrida de mujeres cuando cayó la segunda oreja y no los sostenes que algunos vieron.