El poeta Álvaro García
El Barbero del Rey de Suecia
La madre y la muerte
Álvaro García (Málaga, 1965), ganador de los premios Hiperión y Loewe, es un poeta de una rara autoexigencia y una sostenida coherencia. Su trayectoria es nítida. Ha sido capaz de hacer equilibrios muy difíciles. Por ejemplo, entre una poesía que ha evolucionado mucho en el tiempo y la fidelidad a una voz que ya era reconocible en su primer libro: La noche junto al álbum (Hiperión, 1989), voz que se reconoce en este, La colina del limonar (A pie de página, 2026), casi cuarenta años después. Otro equilibrio: el poema de largo aliento y el breve se presentan sabiamente dosificados en sus libros, sin que el lector se resienta del salto. Caben el verso blanco de una larga silva y el chasquido de una soleá flamenca. Y otro: entre la anécdota, que no desaparece, y la universalidad, que comparece. Y el último: entre el tono general, de una tamizada luz ambiente, y el acierto concreto, de audaz fogonazo. Sus libros encierran versos deslumbrantes —el filamento encendido de una línea—, y además, un claroscuro, que empapa el alma. Todo esto exige mucho al lector, desde luego, pero mucho menos de lo que le ofrece.
Su último libro cumple con esos extremos, y añade otro. La colina del limonar reúne lo más alejado del mundo: la muerte y la madre. Pero lo hace con pudor fino muy andaluz, como inglés, ante los grandes temas. Los que de verdad conozcan Andalucía saben de lo que hablo. El poeta transita (sin exhibicionismos sentimentales) la enfermedad final de su madre, pero, sobre todo, se fija en la vida. Cumple así el lema que propuso en un libro anterior: «Pensándola es más fuerte la existencia».
Álvaro García es –como ha escrito Álvaro Valverde– un poeta del pensamiento, sí, pero ese pensamiento se pone al servicio, no de la abstracción, sino de la intensificación de la experiencia. Una experiencia propia, pero universalizable. También lo había dicho antes en otro poema: «…descubro la vergüenza / de no saber llegar al centro de otras vidas / si no es mediante pobres abstracciones. // La de que no haya vidas sino vida, / por ejemplo, y por tanto / la mía sea la de todos. // Se encienden las ventanas».
Si en su primer libro se fijaba en esas «fotos que recordaban un momento / amarillean, aunque sólo sea en mi ánimo / ahora que las miro», en este último libro, visita los recuerdos guardados en el semisótano de la casa de su madre y en ellos une la emoción presente y la vida pasada. En la fuerza simbólica que es capaz de extraer de los objetos más cotidianos se percibe la lección de su querido T. S. Eliot. García tiene el don de convertir la anécdota en imagen y a ésta en correlato objetivo de una sensación: «En casa entró una vez / un niño sordomudo, mentalmente perdido, / con modales perfectos insondables / mientras dábamos parte y le dábamos agua y él sonreía/ con la pierna cruzada sentado en el sofá / como un príncipe al fondo de su propio silencio». La lección de Eliot se entrevera con el suave surrealismo de Luis Rosales, que se percibe en este verso: «Su muerte está durando porque primero tiene que volver a su infancia».
Por estos juegos de espejos que intensifican la existencia, el poeta no entiende a quien cree que hay una separación radical entre poesía y vida: «Sin olvidar a quien me dijo / que él no había llegado más lejos en el arte / porque le había dado prioridad a la vida. / Se me hace imposible o excesivo / dar prioridad a lo que escapa a signos». Álvaro García habita la hipálage. En sus poemas los atributos cambian de lugar: todo hace referencia a sí mismo y a otra cosa, que transfigura el objeto o la anécdota de partida.
Ese camino de ida y vuelta no lo hace solo. Exige al lector una constante atención silenciosa y delicada, creadora. En La colina del limonar sigue siendo fiel al lema que nos regaló en Intemperie (1995) y que no hemos olvidado desde entonces: «Deja la actualidad, que se hace sola,/ y ve al presente, que te necesita».
Ese desentenderse de la actualidad no conlleva un desdén a la modernidad ni al coloquialismo. No teme el collage ni la incorporación de materiales cotidianos. Ni siquiera hace remilgos a los eslóganes publicitarios: «Kodak será vivir dos veces». Ya vemos la persistencia en su mundo: las fotos, la vida revivida. Y en sus modos: la anécdota no se desprecia nunca. Así vuelve al pasado de atleta de su madre, que recuerda entre los viejos trofeos del semisótano, agradeciendo que le salvase la vida precisamente gracias a su velocidad. Fue cuando, siendo el poeta muy niño, se le ocurrió quitar el freno de mano del coche en la pendiente.
El acorde de la anécdota y el símbolo sirven para dar cuenta de una realidad que siempre nos trasciende. El último verso a la madre enferma: «Otra vez te has dejado la lámpara encendida» es de una cotidianidad transfigurada. Es el secreto del libro.
*
[Leía de adolescente:] …tachando los errores de los libros
como si fueran míos, los libros, los errores.
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…en la tarde esencial hecha de amor y música
y manos que se enlazan sobre el metal de la cama articulada.
*
No me encaja tu vida en esta muerte
que nada puede ya modificar como sí sucedía con vivirnos.
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Ella mira mi gesto de niño que se gira a la cámara
y yo miro
su modo de mirarme.
*
He vuelto a ver una foto,
que es mirarme en un espejo
cuando el espejo se ha roto.
*
Nuestro cariño es así:
que la muerte que te lleva
me lleva también a mí.
*
Las fotografías
en que la muerte vela por nuestra juventud.
*
Nos disolvemos en azul de tiempo,
tiempo en común de una ingravidez
como de cosmonautas del amor.
*
Me aseguré de que eras verdad
tocándote la espalda
y te giraste solamente un poco.
*
Asumir nuestra muerte es como respirar
pero tragando el humo.
*
La orilla vence al tiempo, su propio peso en las olas
reinventa el horizonte.
*
…y el mar tiene un resol que alarga el tiempo un poco.