Solo las cortinas voladoras del salón de la mansión de Daisy Buchanan cuando llega Nick Carraway a visitarla refrescan la opresión de unos tristes años 20 neoyorquinos que nadie mejor que Francis Scott Fitzgerald reflejó en ese camino de cenizas bajo la atenta mirada del doctor T.J. Eckleburgh. El amor prohibido que atenaza, que aprisiona, que malhumora de camino a la tragedia que, otra vez, no parece posible. El gran libro que en su estreno no fue tal, fracaso de ventas y gran decepción de su autor. Aunque las críticas no fueron unánimemente negativas, significó el principio de la caída a los infiernos del autor, quien pensaba (y no se equivocaba), tal y como le dijo a su editor, Maxwell Perkins, antes de que se publicase la obra, que «era más o menos la mejor novela estadounidense jamás escrita».