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Alexa Demie y Jacob Elordi actores principales de Euphoria

El Debate de las Ideas

'Euphoria': cuando la negrura corta, la necesidad de luz se impone

En la última temporada de la serie de Sam Levinson para HBO, religión y fe terminan imponiéndose como un agarradero de esperanza en un mundo desolado y cínico

La gran sorpresa de la última temporada de ‘Euphoria’ no es, como tantos han querido destacar, el protagonismo que tiene en su trama el fenómeno OnlyFans. Eso está ahí, es importante y ha generado un vivo debate entre los seguidores, pero es perfectamente coherente con el tono cínico y descreído de la serie que conocíamos. Lo de verdad inesperado es cómo se cuela Dios en la trama —con presencia estelar incluso de la zarza ardiente— y el protagonismo que la fe termina adquiriendo, hasta convertirse en el elemento vertebrador del emotivo final.

Porque, no lo olvidemos, esta tercera temporada es la última; no habrá más prolongaciones. De modo que su final no es uno más, es la clausura definitiva que aporta un cierto sentido al universo creado por Sam Levinson.

Si algo caracteriza al mundo de Euphoria es el radical juego de contrastes. En su universo conviven inocencia y sordidez, generosidad y cinismo, amor y egoísmo, lucidez y locura. En un escenario general que nos muestra un mundo caótico, moralmente devastado, cínico y cruel, con familias rotas y seres desestructurados, Levinson se las apaña para aportar destellos de belleza y candor en sus personajes. Como la flor que emerge en medio del fango.

Y esta tercera temporada no es distinta. Incluso podría decirse que es especialmente cruel y violenta, con la presencia de un mafioso que va mutilando, poco a poco, los dedos de Nate para estimularle a pagar la importante deuda que ha contraído con él. O la de unos narcos de fentanilo a quienes no importa provocar la muerte de su clientela. Por no hablar del personaje de Álamo, el gerente de un club de striptease que se mueve en una siniestra ambivalencia moral, a medio camino entre un padre protector y una figura masculina terrible y atroz.

En este contexto nos encontramos a Rue (Zendaya), que intenta huir de Laurie, con quien contrajo una deuda cuantiosa en la temporada anterior, y que termina trabajando para ella como ‘mula’. No puede decirse que Euphoria haga apología de esta ocupación, ni que la blanquee. Algunas de las escenas más terribles de los primeros capítulos nos muestran justamente a las ‘mulas’ tragándose los saquitos de droga, entre intensas arcadas.

Pues bien, en una de sus ‘aventuras’ Rue va a dar con una casa perdida en una especie de tierra de nadie donde vive una familia fervientemente cristiana y conservadora que le acoge y ayuda. Es una familia numerosa, con una figura paterna clara y madre amorosa, de esas que la prensa progresista occidental no dudaría en calificar de ‘ultracatólica’ si no fuera porque estamos en un entorno protestante. Rue, que es un personaje desvalido, un caos sin mala intención, pero que no deja de provocar heridas a su alrededor, queda fascinada por la convivencia con esa gente y, a su regreso, no duda en contar a su amigo Ali que son las personas más felices y bondadosas que ha conocido jamás. Encarnan todo lo contrario de lo que ha sido el mundo de Rue hasta entonces, pero su testimonio vital la deja desarmada. A partir de ese momento, se interesa por la Biblia, que lee y que escucha mientras viaja en el coche. El personaje de Zendaya hace sus propias interpretaciones de los textos bíblicos; decir que son poco ortodoxas es quedarse muy corto. Pero ahí está ese anhelo, esa busca, que pasa a ser un elemento crucial. Como la necesidad de encontrar alguna forma de redención con la que compensar todo el daño causado.

No somos nuevos en esto de la narración audiovisual, de modo que la primera impresión es de recelo. ¿Hasta cuándo respetará Lewinson esta realidad infrecuente que ha incorporado a su historia? ¿Cuándo surgirá la trama que permita desvelar que todo esto es un gran fraude y un engaño vacío? No estamos acostumbrados a que el cine convencional se tome mínimamente en serio la fe, y sabemos que su presencia suele ser una excusa para encontrar el modo de golpear a la religión, de una u otra manera. Pero algo parece estar cambiando, más allá de fenómenos como el de ‘Lux’, el último disco de Rosalía, que por cierto forma parte del reparto de esta tercera edición, si bien en un papel secundario.

En cierto modo, el universo de Euphoria ilustra y elabora narrativamente la desolación y orfandad que se extienden como una plaga entre las sociedades contemporáneas. De modo que no debería extrañarnos que sea justamente ahí donde más nítidamente sienta el narrador la necesidad de reflexionar sobre la falta de sentido y sobre la necesidad de buscarlo. Levinson no abona ningún credo particular, ni secunda la creencia de los personajes de que su fe puede cambiar el signo de sus vidas, pero respeta esa búsqueda. Y, sobre todo, respeta la evidencia de esa familia que es capaz de amar a los desconocidos y ser feliz en el intento.

«Me gustaría encontrar algo de bondad en el mundo», lamenta una Maddy que acaba de ser golpeada por el más salvaje arco narrativo de la historia, que la tiene apresada en un compromiso atroz que asumió para salvar a su amiga Cassie. Su personaje tiene poco que ver con el que estábamos acostumbrados a ver en las temporadas anteriores. Es una superviviente, pero intenta ayudar, ser leal con sus amigos y, a su modo, ‘hacer el bien’. De hecho, en algún momento relaciona su cambio de actitud con una cierta vuelta a la fe. Hay bondad tras su dureza. Pero el mundo de Euphoria es todo menos moralmente limpio y, en su caso, hacer el bien supone facilitar que Cassie triunfe en el mundo de OnlyFans, como desea.

Y sí, finalmente aparece una especie de providencia justiciera que resolverá los problemas de Maddy. Es una providencia que, si fuera bíblica, sería muy del Antiguo Testamento, con una justicia de furia, venganza y sangre. Y con el rotundo asesinato de uno de los malvados como colofón. «Que Dios nos perdone», dice uno de quienes hacen posible ese crimen salvífico que libera a Maddy.

Muchos personajes en Euphoria buscan en la fe una forma de dar sentido a su vida. Como Ali, un exalcohólico que intenta ayudar, como ‘hermano mayor’, a muchos toxicómanos que intentan dejarlo. Pese a su esfuerzo y su innegable generosidad y entrega, le acompaña una libreta en la que registra la cada vez más larga lista de fracasos. Una libreta con los nombres de quienes no pudo salvar. Otros, como la hermana de Cassie, se encuentran con la Biblia y les sorprende que esté llena de violencia y sexo, pero, más allá de ello, despierta un anhelo insatisfecho.

Debe quedar claro que Euphoria no toma partido por Dios, aunque tampoco lo denigre. Pero lo relevante es que sí toma partido por aquellos que, en nombre de Dios, o inspirados por su fe en Dios, son capaces de hacer del mundo un lugar más amable y bondadoso. Cuando la tragedia final se consuma, Ali acude en busca de la familia de la que le habló Rue. Necesita, como Maddy, tener la certeza de que todavía existen amor y bondad en el mundo. Y esa familia ‘ultraconservadora’ se lo confirma en una escena que se mueve entre la alucinación y la experiencia mística, pero que termina siendo, pese a todo, una flor de esperanza. Y es que, justamente allí donde la negrura pesa hasta cortar el aliento, se hace más evidente la necesidad de encontrar alguna luz.

Esa familia ofrece una esperanza nítidamente humana (son su bondad, generosidad y alegría los que la alimentan) pero Levinson no oculta que hay una experiencia religiosa detrás sosteniendo ese edificio admirado. El creador de Euphoria quizás no pueda creer en ese Dios que alienta esa bondad (no sabemos a ciencia cierta su posición personal), pero lo que es innegable es que tiene la honestidad de reconocer que ese ingrediente está ahí y que, quizás, después de todo, algo tenga que ver.

A fin de cuentas, como explica John Gray, un pensador agnóstico, en cita compartida por Pablo Malo, «las religiones son expresión de necesidades humanas, como la necesidad de aceptar lo que no tiene remedio y de hallar un sentido en los azares de la vida. Tan probable es que los seres humanos dejen de ser religiosos como que dejen de ser sexuales, juguetones o violentos».