Libros en una estantería
El Debate de las Ideas
Mudar la biblioteca (II)
En una suerte de regresión, la biblioteca ha vuelto a casa de mis padres, a la azotea, de donde salió hace unos veinte años en tres cajas de cartón y dos bolsas de rafia. Como en nuestra nueva casa no hay una habitación idónea para mi despacho, vuelvo también yo a la misma buhardilla donde me enclaustré durante los años decisivos de la adolescencia y en la que decidí que sería poeta y que solo escribiría sobre los atardeceres. No sé qué pensaría aquel chaval sobre el hombre que hoy regresa. Probablemente se sentiría decepcionado. No importa: por aquel entonces nada sabía de la vida y apenas nada sobre mí. Tampoco es que ahora sepa mucho, pero sí lo suficiente como para mirarlo con más compasión que la que él emplearía para mirarme a mí. Lo importante es que estoy de vuelta. El lugar es silencioso, está lleno de cielo y dispongo de unos cien metros cuadrados de azotea para pasear mis dudas cuando el solano lo permite. Bajo la ventana he colocado el escritorio. A su lado, aprovechando la pared más alta, las estanterías, en las que aún no he terminado de ordenar los libros.
Aunque al final viviéramos en ella durante ocho años, siempre supimos que la casa anterior era provisional. Por eso nunca me animé a ordenar la biblioteca y los libros caían aquí o allá según su capricho. A veces, y sin que yo interviniera en absoluto, se apreciaban ciertas inercias, sobre todo por editoriales. Los ejemplares de Visor se fueron agrupando en la balda superior de una de las estanterías, con un aire un tanto amenazador. Parecían una bandada de cuervos, vigilantes, a la espera quizá del momento propicio. También se congregaron los de Acantilado, exquisitos, cardenalicios, envanecidos con razón. Pero poco más. La regla era la ausencia de reglas e incluso los títulos de un mismo autor se desperdigaban por los muebles, se escondían en lugares impensados; después no había manera de encontrar el volumen que necesitaba y terminaba por citarlo de oídas. Igual que el anterior, el nuevo emplazamiento está lejos de ser definitivo. En lo que llevamos de matrimonio, y sin contar Corea, hemos cambiado de casa tres veces, aunque siempre en el mismo barrio: somos nómadas porque la vivienda está imposible, pero sin exageraciones, itinerantes dentro de un mismo código postal. La nueva mudanza no se demorará mucho, pero ya estoy cansado de poseer libros en teoría, en alguna parte. Así pues, por primera vez he decidido poner orden en la biblioteca.
Los primeros criterios que barajé eran atractivos, aunque poco prácticos. Se me ocurrió, por ejemplo, celestinear, arreglar matrimonios literarios, ya fuera porque hicieran buena pareja (Lampedusa con Lorenzo Villalonga, y que no les quede lejos Foxá, para que trasnochen algún día que otro), o con la ilusión de que se complementaran y que uno pusiera lo que al otro le faltase (Dovlátov con Kleist; o más extremo aún, Wilde con Tolstói, que acabarían, bien entendiéndose, bien protagonizando la página de sucesos). La segunda opción fue más clásica: por géneros. En este caso, buscaba ante todo proteger los poemarios, tan mínimos, un suspiro de hojas, unas pocas palabras tiritantes y expuestas a la intemperie. No me imaginaba la orquídea de un Adonáis, que se esfuerza por cifrar el mundo, junto a un mamotreto ensayístico, que persigue todo lo contrario. Aquí el obstáculo fue la cantidad de libros que no se dejan clasificar fácilmente. Sirva el caso de la Biblia. Ni siquiera entre los religiosos estaría bien colocada. Y decidí que, cualquiera que fuera el criterio definitivo, la tendría siempre sobre el escritorio, junto a la bibliografía de lo que me trajera entre manos. Unos y otros pasarán mientras la Biblia permanece.
Es una lástima, pero al final he optado por lo más sensato: orden alfabético. Dado que es un trabajo lento y sin vuelo de la imaginación, se lo tengo encargado a mis hijos. Vienen de vez en cuando y pasan un par de horas subiendo y bajando mentalmente por el alfabeto. Van por la Q. Y salvo algún patinazo, como suponer que Juan Valera es un libro escrito por una tal Pepita Jiménez, hacen bien su trabajo y con frecuencia se les ocurren preguntas pertinentes, como qué es un prólogo y por qué todos están escritos por Luis Alberto de Cuenca. A pesar de que haya triunfado el más aburrido de los criterios, al pasear la vista por los anaqueles, reparo en algunas coincidencias, en una especie de diseño que opera bajo apariencia de azar. Al poco de acabar Kavafis, empieza Kazantzakis. A mi admirado Cabodevilla no le disgustará estar a las puertas de Calderón de la Barca. León Bloy, en cambio, no está conforme con ser vecino de Heinrich Böll, pero no me importa porque en cualquier otra parte se habría quejado igual. Entre los hermanos García-Máiquez y Ramón Gaya se interpone Pedro Garfias, y es una buena oportunidad para que lo metan en vereda. C.S. Lewis y Simon Leys son uña y carne. A Camille Paglia le sigue Ángel Palomino, y a Ángel Palomino, y es cosa de no creer, le sigue Blaise Pascal. Hay una balda entera para el Quijote: uno ilustrado por Doré, otro de Clásicos Castellanos con notas de Rodríguez Marín, un tercero de Planeta, un cuarto de Clásicos Alhambra… Tengo incluso una edición en chino, aunque a saber si verdaderamente es el Quijote.