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Historias del 27
Andrés Amorós

«Doña Margarita»

Dos grandes damas de la escena española, María Guerrero y Margarita Xirgu, marcaron el teatro del primer tercio del siglo XX, impulsaron a los grandes autores y proyectaron su influencia hasta Hispanoamérica

Margarita XirguReal Academia de la Historia

Dos grandes actrices son protagonistas indiscutibles de la escena española, antes de la guerra: María Guerrero (1868-1928) y Margarita Xirgu (1888-1969). Con gran respeto, a la primera la llamaron en su tiempo «doña María»; a la segunda, he conocido yo a varias personas que la recordaban como «doña Margarita».

Además de triunfar como actrices, las dos influyeron decisivamente en el rumbo de nuestro teatro: revolucionaron la puesta en escena, apoyaron decisivamente a algunos autores y atrajeron de modo decisivo al público.

La compañía de María Guerrero y de su marido, Fernando Díaz de Mendoza, reinó durante años en el madrileño Teatro de la Princesa (luego rebautizado con su nombre). Fue la gran actriz del modernismo y de la Generación del 98. Destacó en el repertorio clásico.

Margarita Xirgu estuvo vinculada a la Generación del 27 y a la República. Apostó por el teatro renovador. Estrenó a García Lorca, a Alberti, a Casona… Después de la guerra, siguió actuando con gran éxito en Hispanoamérica y realizó allí una importante labor como directora de escena y profesora de arte dramático.

Margarita Xirgu en una representación de La zapatera prodigiosa en 1931

Conocemos bien la biografía de la Xirgu, gracias al libro de Antonina Rodrigo. Distingue, en su carrera, tres períodos: la etapa catalana, hasta 1912. La etapa madrileña, desde entonces, hasta la guerra. Después, la etapa hispanoamericana.

Procedía de una familia humilde, era hija de un obrero. Según contaba ella misma, «desde que tenía cinco años, sintió una indomable vocación por el teatro». Quizá exageraba un poco cuando dijo que «aprendió a leer para poder estudiar cuantas obras teatrales caían en mis manos».

Su iniciación, en sociedades teatrales de aficionados, era habitual en el ambiente catalán de la época. (Años después, repetirá la historia Nuria Espert). En 1906, su éxito en Teresa Raquin, de Zola, la llevó a debutar profesionalmente en el Teatro Romea, con Mar y cielo, de Guimerá. Se ejercitó en todos los géneros teatrales. Se atrevió pronto con una obra tan difícil como la Salomé, de Óscar Wilde.

En Madrid, desde 1912, su horizonte se amplió enormemente. No respondía a los cánones clásicos de la belleza pero poseía una personalidad y un atractivo evidentes. Así la describe El Caballero Audaz, uno de los más populares entrevistadores de la época:

«¿Es bella Margarita? No sé qué deciros… Mientras permanece en silencio, parece una mujer algo extraña y un poco dura de facciones; pero, cuando se siente mirada y, sobre todo, cuando habla de arte, de luchas pasadas, de triunfos, de ilusiones pretéritas, entonces se transfigura de tal forma que se muestra como una belleza extraordinaria».

A otro periodista, Luis Uriarte, le impresionaron su ojos, que describe con retórica modernista:

«Mientras la Xirgu hablaba, yo la contemplaba con cierto arrobamiento, pretendiendo en vano inquirir la psicología de sus grandes ojos, negros como el pecado, profundos como un abismo, impenetrables como un misterio, atrayentes como un abismo».

Coinciden todos los testimonios en ensalzar su voluntad, su trabajo, su carácter luchador. Ella lo proclamaba: «Si no se me convence con razones, por imposición y por fuerza, soy indomable».

Lorca junto a la actriz Margarita Xirgu y el dramaturgo Cipriano Rivas Cherif, retratados en 1935Josep Brangulí

Al ensayar un papel, se preocupaba sobre todo por lo que ella llamaba «la música»: los matices, los tonos. Y por jugar dramáticamente con las pausas, algo que le había enseñado Adrià Gual, el creador del Teatre Íntim. Así se lo contó a López Pinillos:

«En el acto primero, Teresa es asaltada por la tentación de asesinar a su marido y lo revela con una sola palabra: ‘¡Viuda!’… Y Gual me aconsejó que, antes de decir sobriamente ‘¡Viuda!’, hiciera una larga pausa. ¡Las pausas! Las pausas, que sirven para hablar con una contracción de músculos, con una sonrisa, con un movimiento de ojos… ¿Hay algo más difícil? Pero yo estudié mi pausa y creo que conseguí transmitir una emoción con el gesto porque, cuando dije ‘¡Viuda!’, no estalló un aplauso, ¡mas escuché un murmullo tan halagador!»

Al público madrileño le asombró ver el movimiento dramático de sus brazos, que ensalza con retórica Ortega y Gasset:

«Los brazos de Margarita Xirgu son únicos en la expresión, describiendo curvas de armonía que quedan ante la vista como esos rastrillazos fosfóricos que sobreviven, por momentos, al pincel o al punzón que los va trazando».

Causaba sensación, sobre todo, su voz, muy personal, alejada de la tópica dulzura, que se espera de una joven actriz. Comenta María Teresa León:

«Su voz extraña canta en tonos altos, llegando a patetismos increíbles, especie de do de pecho cumbre…»

Puede apreciarse esto en algunas grabaciones que han llegado a nosotros. Hace poco, el compositor Tomás Marco, que estaba preparando una obra sobre el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca, escuchó unos discos de pizarra de la actriz. Temía que su voz o su manera de recitar quedaran anticuados pero, una vez que limpiaron los ruidos, el resultado le pareció maravilloso:

«La Xirgu hace una versión poderosa y nada antigua del poema; su voz y su manera de recitar no sólo eran convincentes, sino que recogían en nuestra época la esencia profunda de la poética de Federico».

Célebre retrato de Valle Inclán realizado por Ignacio ZuloagaGTRES

En Madrid, en 1916, Margarita obtuvo un enorme éxito representando la adaptación teatral de Marianela, la novela que Galdós había escrito en 1878, diez años antes de que naciera ella. Muchos testimonios coinciden en subrayar la profunda emoción de don Benito, que había rebasado ya los setenta años y estaba ciego, cuando sintió renacer a su querida «Nela» (así la llamaba), gracias a la Xirgu.

También estrenó a Valle-Inclán, a pesar de algunos choques, y él la elogió: «Nunca ha existido una actriz como ésta. Haber visto trabajar a Margarita Xirgu será un orgullo, para los públicos».

Estrenó a los Quintero, a los Machado, a Benavente. Para éste, «Margarita Xirgu pone al descubierto bellezas de las obras que sus propios autores no sospechábamos».

Cumplió con su sueño de actuar en el Teatro Romano de Mérida, interpretando la versión de la Medea de Séneca, que ella le había encargado a Unamuno. Comentó don Miguel:

«Yo no he hecho más que hacer hablar a Séneca en castellano. Séneca no hizo más que explicar la historia de Medea. Pero Margarita Xirgu ha hecho Medea. Ha convertido este personaje, imaginario o real, en un ser vivo que se apodera de nosotros en cuerpo y alma».

La Xirgu fue la gran musa escénica de la Generación del 27. Sentía los ideales republicanos. Colaboró con el director Rivas Cherif. Estrenó a Casona y a Alberti.

Homenaje a Luis Cernuda en Madrid, en abril de 1936Fundación Federico García Lorca

En sus memorias, La arboleda perdida, cuenta éste la gresca que se produjo en el estreno de su drama Fermín Galán (1931), que ensalza a uno de los sublevados de Jaca. Con la satisfacción de haber provocado ese escándalo, cuenta Rafael una anécdota –real o adornada, ¿quién lo sabe?– que vivió Margarita Xirgu:

“A escasos días del estreno, un linajudo carruaje detuvo sus caballos en el paseo de coches del Retiro. Una dama muy estirada– mantilla negra y devocionario –descendió de él. Bajo la sombra de los árboles, una señora muy sencilla caminaba tranquilamente. La estirada se le acercó:

«- ¿Es usted Margarita Xirgu? . Y, antes de que la actriz pudiera responderle: -¡Tome! ¡Por lo de Fermín Galán! – le dijo, dándole una bofetada y desapareciendo, a la carrera».

La colaboración artística fundamental de Margarita Xirgu fue la que mantuvo con García Lorca. Su talento como actriz fue decisivo, sin duda, para que el gran público aceptara el teatro de Federico. Y él así lo proclamaba:

«Margarita es un caso extraordinario de talento. Talento que se impone a la ñoñería actual de nuestro teatro en batallas constantes de inquietudes interpretativas. Con emoción auténtica, con fanatismo de arte, acogió mi obra, y con ternuras maternales va cuidando día a día, en el ritual casi religioso de los ensayos, los detalles más nimios de su puesta en escena. Cada tarde, en la penumbra fría del escenario, me sorprende el arte genial de Margarita con un nuevo matiz, conseguido la noche anterior, en el silencio estudioso de sus insomnios».

Se conocieron los dos en 1926, por intermedio de la escritora cubana Lydia Cabrera. Entonces, Federico estaba escribiendo su Romancero gitano: le dedicará a Lydia el poema «La casada infiel», y a Margarita, «Prendimiento de Antoñito el Camborio».

La colaboración entre el poeta y la actriz es tan amplia y tan importante que debo resumir lo básico (disculpe el lector la aridez de los datos). Después del fracaso de El maleficio de la mariposa (1920), que estrenó Gregorio Martínez Sierra en el Teatro Eslava, Federico tuvo muchas dificultades para su segundo estreno.

Una y otra vez, escribía a sus amigos Eduardo Marquina y Melchor Fernández Almagro, pidiendo ayuda para su «latosísima Mariana Pineda». Finalmente, la estrenó Margarita Xirgu en Barcelona, el 24 de junio de 1927, con decorados de Salvador Dalí.

El torero Ignacio Sánchez Mejías fue el principal impulsor de la Generación del 27

En el Teatro Español de Madrid, estrenó Margarita el 24 de diciembre de 1930 La zapatera prodigiosa, con bocetos de Burmann.

El 29 de diciembre de 1934, la compañía de la Xirgu estrenó en Barcelona Yerma, con decorados de Burmann.

Lola Membrives había estrenado Bodas de sangre en Madrid, en 1933, pero la Xirgu la repuso en Barcelona en 1935, con decorados y figurines de José Caballero, el joven pintor que ilustró la primera edición del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; luego, la volvió a interpretar en Buenos Aires (1937).

El 13 de diciembre de 1935, Margarita estrenó Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores en Barcelona, con decorados de Fontanals. Como tuvo gran éxito, el poeta y la actriz dedicaron un homenaje a las floristas de las Ramblas.

En Bilbao, en enero de 1936, se hicieron la última fotografía juntos. Poco después, ella se embarcó con su compañía rumbo a Cuba, para una gira por varios países hispanoamericanos.

Hasta el último momento, ella y Rivas Cherif insistieron en que les acompañara Lorca. Él lo rechazó, por no dejar a su pareja, Rafael Rodríguez Rapún, secretario y administrador de La Barraca, el inspirador de los Sonetos del amor oscuro, que tenía que pasar unos exámenes de ingeniería.

En un libro muy reciente, Cómicos en guerra, Pedro Corral ha añadido otra versión: Federico no fue a América porque no lo acompañó Juan Ramírez de Lucas, al ser menor de edad y necesitar la autorización de su padre.

Por una razón o por otra –o la suma de las dos– Federico no acompañó a la Xirgu a Hispanoamérica. Si lo hubiera hecho, la historia hubiera sido muy distinta…

La despidió García Lorca con estos hermosos versos:

«Margarita: cada rosa
tiene un rumorcillo de agua
y un dolor de estrella viva
bajo sus hojas heladas.

Llegan como niñas chicas
a tu mano delicada,
bajo el ardiente jazmín
moreno de tus pestañas.

Quisiera haberlas cogido
en un jardín de Granada
y haberme herido los dedos
con espinas de sus ramas.

Ojalá que pronto puedas
correr por altas montañas,
libre de tu camerino,
como una corza de llamas».

En los países hispanoamericanos, Margarita Xirgu fue acogida como lo que era, una gran estrella. Continuó actuando allí como actriz y como directora.

Para su relación con la Generación del 27, no cabe olvidar dos acontecimientos. El primero, el 8 de junio de 1944, en Buenos Aires, la compañía de Margarita Xirgu estrenó El adefesio, de Rafael Alberti. Ella interpretó el papel de la vieja Gorgo, con barbas. Según el escenógrafo Ontañón, el público le dedicó una ovación de un cuarto de hora.

Parece ser que García Lorca había terminado de escribir La casa de Bernarda Alba en junio de 1936. La estrenó Margarita Xirgu en Buenos Aires, con decorados de Ontañón, el 8 de marzo de 1945. (En Madrid se estrenó, en el Teatro Goya, en época de Franco, el 10 de enero de 1964, con dirección de Juan Antonio Bardem y decorados de Antonio Saura).

Además de actuar, Margarita Xirgu desarrolló una importantísima labor pedagógica en Hispanoamérica. Cuando escucho ahora a algunos actores españoles, formados en la televisión, y no entiendo lo que dicen, pienso en lo que habría dicho ella… En cambio, el muy alto nivel de muchos actores de teatro argentinos y uruguayos se debe al mantenimiento de una tradición clásica que la Xirgu llevó allí.

Recordaba, por ejemplo, Alberto Closas cómo la conoció, en Chile, cuando él tenía veinte años. Cuando el jovencillo le dijo que quería entrar en su academia de arte escénico, ella le preguntó cuánto aguantaba sin comer:

«Yo, con toda desenvoltura, le contesté: ‘Pues como un año y medio’. ‘Tú vas a llegar a primer actor’, me dijo».

Tuve yo la fortuna de ser amigo de Pepe Estruch, uno de sus más cercanos discípulos, en Montevideo. Cuando volvió a España, a fines de los sesenta, los dos colaborábamos con José Luis Alonso, en el Teatro María Guerrero.

Pepe Estruch era una gran persona. A pesar de lo mal que lo había pasado en el exilio, no guardaba ningún rencor. Recordaba continuamente las enseñanzas de la Xirgu:

«Ella decía siempre que la cadencia y el ritmo no se pueden perder, hay una musicalidad que se logra a base de estudio y de trabajo, antes de iniciar el ensayo. Un texto, para ella, era una partitura».

A muy pocos he conocido yo que amaran tanto el teatro como a Pepe Estruch. Ésa era la herencia viva que él había recibido de «doña Margarita»: así la siguió llamando, siempre.