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Ímagen de la voluta o cabeza del violín de GaudíGuillem García Cubí

Centenario de la muerte del arquitecto catalán

El violín de Gaudí existe: nació en Cremona y vive en Barcelona

En el año del centenario de su muerte y de la Torre de Jesús recién inaugurada, una historia menos conocida une dos ciudades: un violín construido en Cremona, inspirado en la imaginación de Gaudí y conservado en Barcelona, cuya voz parece esperar todavía una historia de escucha

Mientras Barcelona celebra el centenario de la muerte de Antoni Gaudí y acaba de ver inaugurada, de manos de León XIV, la Torre de Jesús que convierte la Sagrada Familia en la iglesia más alta del mundo, hay una historia menor y casi secreta que merece un lugar: la de un violín nacido en Cremona y dedicado al arquitecto catalán.

Una pieza única

Lo construyó en 2002 el lutier Guillem García Cubí, en Cremona, con ocasión de los ciento cincuenta años del nacimiento de Gaudí. No es un instrumento de serie: el propio lutier lo presenta como una pieza única, fruto de un año de trabajo, expuesta en Barcelona durante las celebraciones gaudinianas de aquel año. Desde 2003 forma parte de la colección del Museu de la Música.

Su fuerza, antes aún que sonora, es visual. El cuerpo del instrumento lleva en la madera el imaginario del arquitecto: el fondo, en relieve, recuerda el tejado ondulado de la Pedrera; las efes —las dos aberturas acústicas— parecen transformarse en las criaturas sinuosas de Park Güell, esos lagartos, salamandras y dragones de mosaico que se han convertido en la imagen del parque; la voluta, en lo alto del mástil, dibuja el perfil de una de esas chimeneas que, en los tejados de Barcelona, parecen presencias vivas más que simples elementos de arquitectura.

Voluta del violín de GaudíGuillem García Cubí

No son simples citas ornamentales. En el violín el léxico de Gaudí cambia de materia y de función: la piedra se hace madera, la criatura de Park Güell se hace abertura por donde puede salir la voz, la chimenea se convierte en corona del instrumento. El violín no copia a Gaudí: lo traduce en voz.

Y, sin embargo, no es un violín mudo. El propio García Cubí contó que llegó a montarlo con cuerdas de tripa y que quedó satisfecho del resultado. Pero, una vez entregado al museo, el instrumento no conoció esa vida lenta que hace madurar un violín entre el arco, la sala y la escucha. No es, por tanto, un violín que nunca sonó: es un violín de voz suspendida. En el fondo queda incluso el sueño interrumpido del que nació: no un solo instrumento, sino un cuarteto gaudiniano que jamás llegó a realizarse.

Volver a sonar

Hay en ello una paradoja delicada. Un museo conserva, protege, salva de la dispersión; pero un instrumento musical no es del todo sí mismo mientras siga siendo solo objeto que mirar. Su belleza no se cumple en la vitrina, sino en el gesto que lo despierta. En el centenario de Gaudí sería hermoso que esta voz volviera a sonar, al menos una vez: no para espectacularizar el museo, sino para cumplir la naturaleza misma del instrumento.

Porque Gaudí no solo dejó piedras que mirar; dejó también formas capaces de generar voces. El violín de Gaudí existe: nació en Cremona, vive en Barcelona y quizá espera todavía su verdadera historia de escucha.