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Gilbert Keith Chesterton, en una imagen de archivoWikimedia

Chesterton, apóstol del distributismo

Aunque algo semejante haya podido ocurrir en tiempos precedentes, jamás ha cundido una ignorancia tan terca, un desvarío tan acusado, y los motivos resaltan meridianos

Si algo distingue al héroe del mediocre es su relación con la moda, lo coyuntural, el burdo interés, eso que Marx, despectivamente, llamaba ideología. Esto es, el conjunto de tópicos y rémoras que la inmensa mayoría de la gente considera fundamental. Un arsenal de prejuicios que no solo defiende con pasión airada, sino que cree haber alumbrado por generación espontánea, tirando de criterio personal.

Aunque algo semejante haya podido ocurrir en tiempos precedentes, jamás ha cundido una ignorancia tan terca, un desvarío tan acusado, y los motivos resaltan meridianos. Si Marshall McLuhan hace más de seis décadas explicó que el medio es el mensaje (o el masaje), es obvio que, con las tecnologías vigentes, la intoxicación mental alcanza cotas inéditas. Antaño, la fuente primordial de saberes y certezas era la tradición: un acervo de experiencias en constante depuración y mejora, tras milenios de ensayo y error. El hombre posmoderno, en cambio, es adanista y apocalíptico. Habita un presente continuo, infantil, cuyos terrores y sofismas, también llamados relatos por enfatizar su ficción, se suceden vertiginosamente. Conforme son difundidos, sus destinarios los abrazan al ritmo que decretan las fontanerías del poder, mientras las trolas de la semana anterior se hunden en un mar de amnesia, abulia y estupor.

El sistema educativo, estos medios de comunicación de masas, el mal llamado (por inexistente) consenso científico no son instrumentos de emancipación o esclarecimiento, sino herramientas para adocenar y embaucar. Un solo perro pastor, dirigido por el amo, mueve centenares de ovejas a su gusto, cambiándoles la dirección a placer. Y no hay constancia de que oveja alguna haya protestado, por sentir su libertad coartada.

El individuo extraordinario, por el contrario, el que piensa por su cuenta, ocupa el sitio de la oveja negra. Nace con otros rasgos y no altera su designio. Si le tocan tiempos hostiles, como a Baruch Spinoza en la «tolerante» Holanda del siglo XVII, a Averroes, o a los personajes analizados por Leo Strauss en La persecución y el arte de escribir, deberá ocultarse, disimular su pensamiento, calibrar el riesgo de ser asesinado por los biempensantes. Si, como Gilbert Keith Chesterton, tiene la fortuna de residir en la civilizada Inglaterra de su época, puede permitirse ser un bicho raro sin esperar cancelación. Goza de la oportunidad –hoy escasa—de opinar a contracorriente, contradiciendo a las vacas sagradas más en boga. Y logra convertirse en un intelectual aclamado, en faro luminoso todavía en vida.

Desde luego no fue por su modernismo, su apego a lo políticamente correcto, su progresismo o su afinidad con iconos coetáneos como H.G. Wells, Rudyard Kipling, George Bernard Shaw, Oscar Wilde, León Tolstói o Henrik Ibsen, a quienes despacha con cariño y respeto, mas sin ninguna pena, en su libro de 1905, Herejes. Siendo un liberal en el sentido británico, y no en el de exaltados decimonónicos nuestros tipo Mendizábal, Pascual Madoz o Pi y Margall, y no siendo ni remotamente un antisemita, como demuestra Ann Farmer en un extenso tomo aparecido en 2015, sí poseía los arrestos para proclamar la prelación filosófica, teológica y moral de la Edad Media sobre la Ilustración, situando a Santo Domingo de Guzmán, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino por encima de esos henchidos enciclopedistas de los que se burló el pintor y poeta William Blake.

Es significativo que, careciendo Chesterton de titulaciones universitarias, y habiéndose desempeñado apenas como periodista (lo que no le impidió escribir cerca de cien libros y millares de ensayos), sea reclamado como autoridad en bien diversas ramas. Como experto en literatura inglesa, se permitió rechazar nada menos que una cátedra en la Universidad de Birmingham. Como novelista y autor de historias policiacas, sus obras han deleitado a generaciones de lectores normales, en modo alguno elitistas, porque nuestro hombre siempre volcó su afecto principal en el sujeto corriente, sin rendir pleitesía a los santones ni achicarse ante ellos. Y estos últimos años asistimos a la publicación de sesudos estudios sobre la teología de Chesterton, a cargo de especialistas de campanillas como Alison Millbank, Juan Luis Lorda, Stratford Caldecott o Aidan Nichols.

Tras lo antedicho, no debe sorprender que Chesterton sea asimismo un preclaro propulsor del distributismo, doctrina económica brotada de la más valiente, lúcida y quijotesca oposición a los dos titanes ideológicos que rugían en los años 20 y 30 (el célebre opúsculo de Arthur Penty, Distributismo. Un manifiesto, es de 1919). Nos referimos al comunismo y al fascismo, dos hermanos de leche que acabaron subsumidos tanto en el colectivismo de la Agenda 2030 como en el totalitarismo chino, dilectos referentes de los políticos españoles de hoy. Situados en sus antípodas, los distributistas desarrollan un ideario económico, ético y humanista que podrán describir como utópico, sí, en tanto que apela a la nobleza moral; pero harto sensato y practicable. Lo demuestran no solo Rerum Novarum, la encíclica de León XIII, y los cientos de páginas consagradas por Chesterton al asunto, sino dos perspicaces libros de E.F. Schumacher escritos tras su conversión al catolicismo en 1971, Lo pequeño es hermoso y Una guía para los perplejos. También lo atestiguan los estudios de Wilhelm Röpke, al igual que Schumacher un acreditado pilar de la ciencia económica, o el reciente volumen de Alexander William Salter, catedrático de la Universidad de Texas, La política económica del distributismo. Propiedad, libertad y el bien común, de 2023.

Defender la distribución de la riqueza desde un paradigma opuesto al socialismo y al expolio fiscal, basado en la propiedad privada, la libertad individual y la familia como institución central no parece poca cosa, ni reflejar el aire de los tiempos. Empero, es meta tan elemental como imprescindible. Si más ciudadanos del planeta despiertan de su obnubilación para optar por una vida más feliz, el distributismo será su piedra filosofal. No es una ocurrencia posmoderna, ni cuadra con la pirotecnia de mentiras que nos lanzan a diario. Aunque sí descansa asentado sobre una unidad cultural, intelectual y religiosa que lleva más de dos milenios de rodaje.