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Decálogo del escritor católico

La figura del escritor católico presenta una curiosa dificultad conceptual. Resultan de eso discusiones amenas, largas y tendidas, gozosamente bizantinas

La figura del escritor católico presenta una curiosa dificultad conceptual. Resultan de eso discusiones amenas, largas y tendidas, gozosamente bizantinas. Pasa con el escritor católico lo que le ocurría a San Agustín con el tiempo. Si no nos preguntan qué es, sabemos perfectamente quiénes son o somos. Si nos preguntan, empiezan los pruritos, las salvedades, los resabios, los apuros, los compartimentos estancos y las excepciones.

Para serlo no hace falta ser un cristiano practicante o ejemplar. Aunque éstos son extremos recomendables, con el mismo derecho entran en la etiqueta los católicos culturales y hasta los que vienen de camino. De lo que se trata es de mirar, pensar y sentir el mundo en cristiano. La cosa se complica todavía más por un hecho que a menudo pasa desapercibido: para el lector católico toda lectura termina transfigurándose en católica, aunque no fuese ésa la intención del autor, del mismo modo que frente a cualquier paisaje sublime o hermoso, el alma de un católico se pone de rodillas. Ante una obra cerrada a la trascendencia, el lector católico percibe, antes que la nada, la presencia de la ausencia de Dios, el Insoslayable.

Pero aprovechemos hoy una pequeña ventaja al ser yo el que tiene el honor de hablarles. Podemos ahorrarnos bastantes salvedades y sutilezas. Yo estoy muy orgulloso de mi condición de escritor católico. Podría ser mucho mejor escritor, claro, y podría ser mucho mejor católico, por supuesto; pero difícilmente podría ser más escritor y más católico. En lo cuantitativo, voy bien. Algunos colegas hacen distinciones legítimas, quizá alguno de ustedes las haga, y matizan: soy un católico… que escribe o soy un escritor… que es católico, marcando muy pulcramente los términos y los ámbitos. Es muy legítimo, pero no es mi caso. En mí todo está confundido. Lo biográfico y lo bibliográfico.

Tolkien fue «converso de cuna». Yo soy católico de concepción. En sentido metafísico y en sentido literal. Mis padres se casaron a finales de abril de 1968 y yo nací en enero del 69, de modo que, en el celebérrimo mayo del 68, aquellos dos jóvenes ultramontanos —saquen las cuentas— estaban cumpliendo al pie de la letra el lema de los marxistas revolucionarios: hacían el amor y no la guerra. Felizmente.

Desde aquel momento inaugural de mi existencia me he atenido a mis usos contrarrevolucionarios. Cuando empecé a salir con la que hoy es mi mujer, mi familia política se marcó un Capuleto —esto es, me vio demasiado Montesco o montaraz o montuno—. No eran partidarios del enlace y les entiendo perfectamente. Querían lo mejor para su hija. Pero escogieron emplearse a fondo contra mi catolicismo a machamartillo. Aquel error estratégico nunca se lo agradeceré bastante a mis actuales y queridísimos parientes. Fue providencial. Si les hubiese dado por atacar cualquier otro flanco, lo habrían encontrado más débil. El cristianismo, en cambio, testado por dos mil años de fe y razón, de historia y misterio, de belleza y caridad, es inconquistable. Cuánto hubiese sufrido yo si hubiesen atacado mi educación menos exquisita o mis brumosas expectativas profesionales de profesor de secundaria y, para colmo, poeta.

Exactamente eso me sucede en la literatura: mientras me critiquen por católico, vamos de lujo. Llevaría muchísimo peor una observación desdeñosa sobre la caótica colocación de mis comas, contra los acentos de mis endecasílabos o acerca de la mecánica de mis metáforas. De mi catolicismo, no dudo. De mi literatura, sí. El Verbo lo tengo clarísimo, las letras, titubeantes.

No es sólo una cuestión de certezas, sino de poética. Yo escribo sustantivos, adjetivos, pronombres y hasta frecuentemente adverbios, pero el Verbo es Jesús. Puede que hable de otras cosas, como de mi familia política, pero siempre sostenido por la sacralidad latente de la Palabra. Si quitamos la condición de cristiana a mi escritura, ésta se desvanecería. De una razón de ser así, no se puede renegar, sino al precio altísimo de la disolución o en la frivolidad o en el silencio.

Aprovechando esa condición y el patronazgo de Moro, que tampoco tuvo dudas jamás de su condición de católico, quisiera encarnar esta reflexión en algunas acciones y actitudes concretas, que caracterizan la manera católica de ser y de estar en el mundo de la cultura. Al fin y al cabo, como escribió T. S. Eliot, la Encarnación es «la intuición medio adivinada, el don medio comprendido». Por católicos estamos llamado a lo concreto y a lo vivido, a la fe y a las obras. Expondré mis propuestas en forma de decálogo para rendir también un homenaje a la literatura veterotestamentaria.

1- Rechazar el victimismo

En buena doctrina, no hay ya más víctima que Cristo y, por tanto, el victimismo es ya de por sí un poco sacrílego, pero, además, lloriquear no es serio ni agradecido ni —como nos recuerda Higinio Marín— elegante. Afrontamos dificultades y contrariedades, por supuesto, pero, por una puerta que se cierra, se abren varias (casi al ciento por uno) y tan agradables, como, por ejemplo, las de esta casa y en esta noche. ¿Dónde estaríamos mejor que aquí?

En realidad, ser un escritor católico es un chollo. ¿Qué otra doctrina asegura su continuidad mientras dure la historia del mundo? Siempre tendremos lectores que podrán acudir a nuestros libros en un mismo espíritu. Los escritores del progresismo ya, durante su propia vida, encuentran que sus ideas de hace dos días son más viejas que las nuestras de hace dos milenios. Más que victimismo, lo que deberíamos tener es una alborozada compasión.

2- Alegría

A esa fortuna, hay que añadir aquella promesa de Cristo que atañe de una forma especial a los escritores católicos: «A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos». A partir de ahí, no olvidemos el regocijante dogma de la resurrección de los cuerpos ni la seguridad de que delante de los ángeles tañeremos para Dios, aunque momentáneamente nuestros poemas o relatos no copen las listas de libros más vendidos. Pero ¿qué son seis semanas en los ilusorios escaparates comparados con la eternidad en el paraíso?

Para cuando esto se nos olvide, recitémonos aquella oración de Tomás Moro, que termina:

[…] Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.

Amén.

Sin embargo, el propio Moro nos previene a los optimistas incombustibles contra el panfilismo. Y pone como ejemplos a Tobías y al santo Job: «Los dos varones sobrellevaron con paciencia y fortaleza sus calamidades, pero, que yo sepa, ninguno de ellos saltaba de gozo ni aplaudía de contento mientras tanto».

Hay un tiempo para la alegría y otro para la tristeza y, además, ¿no hay distintos temperamentos entre los católicos? Y tanto. Para abarcar el abanico de los caracteres, me gusta comparar la figura quejosa de Bloy con la jocosa de Chesterton, como los auténticos Heráclito y Demócrito cristianos, esto es, el filósofo que siempre rabia y el filósofo que siempre ríe. Bloy pudo convertir a Maritain con una amistad mutuamente consoladora; y Chesterton convertía y sigue convirtiendo a distancia con sus carcajadas. Ambos son excelentes, aunque del inglés observó Kafka que «era tan gracioso que casi se podría pensar que ha encontrado a Dios».

Tengo mi querencia por ese jolgorio que hace sospechar al alejado que uno ha encontrado a Dios, —como hemos, en efecto, encontrado—, pero admito que se puede ser pesimista como se puede ser optimista. Sólo sugiero que la fe siempre ha de darnos —como a Tobías y al santo Job y al mismo Moro encerrado en la Torre de Londres o a don Pedro Muñoz Seca en la cheka de Madrid— un trasfondo de esperanza inalterable. Esto es esencial para nuestro oficio, porque, como recuerda con frecuencia el poeta Eloy Sánchez Rosillo, sólo se puede crear desde la confianza en la bondad de la creación y del hombre y con el asombro y el agradecimiento, a pesar de los pesares.

3- Diversidad vocacional

Valga ese reconocimiento de los diversos caracteres que modulan la esperanza cristiana, para destacar otra característica nuestra: la más absoluta diversidad. En la Iglesia Católica, universal como su nombre indica, caben todas las sensibilidades, igual que en una vidriera gótica todos los colores sin que ninguno rompa la luz. Tan católico es el hermano franciscano como el caballero templario. Esto, que vale para los caminos de la santidad, también concede una libertad extraordinaria a los géneros literarios, a los estilos artísticos y a los compromisos cívicos. En su libro Jesucristo y la sociedad política, don José María Casciaro documenta la absoluta diversidad política y social entre los doce apóstoles. Santiago y Juan eran hijos de un armador de pesca y tenían una amistad familiar con el Sumo Sacerdote del Sanedrín, nada menos; Mateo, en cambio, era un colaboracionista del Imperio Romano y cobrador de impuestos; el segundo Simón era un nacionalista radical, un zelote, como entonces se llamaban los patriotas, etc. Alguna controversia hubo como es natural, pero la superaba, como es sobrenatural, un amor y una fe más grande. «La verdad no uniforma; la verdad une» es una frase gloriosa de la película Hispanidad, de López-Linares. Nos vale de lema.

Un escritor católico puede pensar que otro escritor católico se equivoca, incluso que escribe mal o, peor, fatal; lo que no puede pensar es que sólo exista una manera católica de ser escritor.

4- Interés por lo social

Entre tantísima variedad, se incluyen los que se desentienden del mundo para llevar una vida más contemplativa. Junto al franciscano y al templario, el benedictino y el cartujo. No fue el caso de Tomás Moro, aunque él se planteó seriamente entrar en la Cartuja —prueba de que todas las vocaciones le parecían valiosísimas—. Pero lo suyo fue lo contrario, aunque, en el fondo, lo mismo. Servir a Dios en la vorágine voraz de la política y en el revuelo del renacimiento. El biógrafo de Luis Vives, José Luis Villacañas, ha recogido la incomprensión de los amigos intelectuales de Tomás Moro porque el inglés se involucrase en política. Moro demostró que la inteligencia cristiana no se mancha por tocar la política; se mancha por vender la conciencia.

Aquí, invitados por la ACdP, que tiene una firme vocación de compromiso cívico, ejercida de forma incansable y ejemplar, es lógico que reflexionemos sobre esta cuestión, especialmente viva para los escritores. Al fin y al cabo, trabajamos con el lenguaje común del pueblo y se lo devolvemos depurado y afinado en su belleza y en su verdad. El escritor católico, como el artista y el intelectual, debe ser sensible a la dimensión comunitaria de su trabajo. Esta observación del filósofo francés Bellamy nos interpela: «La verdadera urgencia política es resucitar el lenguaje. Tenemos que recuperar juntos el sentido de lo real y para eso tenemos que recuperar juntos el sentido de las palabras. Esto es tanto como decir, y no hay nada de abstracto en ello, que la verdadera urgencia política es, en realidad, poética».

5- Crítica y caridad

La práctica de la literatura, el pensamiento y el arte exige el ejercicio de la crítica. Hay que juzgar, incluso asumiendo la contraprestación evangélica de ser luego juzgados de vuelta con la misma vara. ¿Cómo no ofrecer al prójimo lo bueno y cómo no prevenirlo contra lo malo? Tengo el privilegio de hacer crítica literaria en El Debate y sabe el director del suplemento de Ideas, Jorge Soley, el valor que otorgo a esa oportunidad periódica. Valor que exige otro valor: el de denunciar lo erróneo.

¿Cómo hacerlo sin faltar a la caridad? Me gusta especialmente el programa del converso Joseph Joubert, que dice que, cuando sus amigos son tuertos, los mira de perfil. El apotegma deja la mitad del mensaje en su ángulo ciego: para mirarlos por el lado del ojo bueno, hay que saber que el otro lado tiene un ojo tuerto. La caridad no consiste en no ver, sino en mirar mejor.

Véase de nuevo el ejemplo de Moro, que desde la Torre de Londres agradeció al buen rey Enrique que le fuera a curar definitivamente su jaqueca crónica. Le iba a dispensar el remedio más tajante, desde luego, para el dolor de cabeza.

Ironías aparte, no olvidemos otra advertencia de Moro: «No seamos como esos que tienen el miedo a no parecer suficientemente sabios si no encuentran alguna falta en los demás». Aspiremos a ser a la vez exactos y ponderativos, tratando de asemejarnos a Dios que es, sin contradicción posible, justo y misericordioso.

6- Ordo caritatis

Especialmente, no rebusquemos las faltas en los más próximos. Como están más cerca, se las vemos mejor; y, encima, el cristianismo nos ha insuflado una delicadeza admirable hacia los enemigos. A amar a los amigos se nos insta mucho menos, lo que demuestra que Cristo pensaba muy bien de nosotros. Quizá demasiado bien. Porque, aunque Él elegantemente no lo viese, también necesitamos que nos animen mucho a querer mejor a los más íntimos. Pero Jesús lo da por supuesto: en el Padrenuestro llama a perdonar a nuestros deudores, no a agradecer el pronto pago. La parábola de salir a buscar a la oveja perdida deja en un segundo plano a las noventa y nueve que tuvieron la discreción de no salirse del redil. Hay en el mundo católico una fascinación por la parábola del hijo pródigo que lleva al exceso de dejar fuera de la fiesta al hermano mayor sin salir siquiera a invitarle como sí que hizo enseguida el padre bueno de la historia.

Hagamos honor al sobreentendido de Cristo, esto es, a reconocer con idéntica fuerza y entusiasmo el mérito de los nuestros —sin perder la generosidad ni el buen gusto ni la admiración por los de fuera que se lo merezcan—. Tal y como estamos ahora, en términos de marketing o de interés profesional, ser un hijo fiel de la Iglesia no renta. No renta ni en la Iglesia. Es algo que, sin corporativismos, con buen gusto y sentido de la justicia, urge revertir.

7- La tradición

Hemos de cuidar, tanto como al prójimo próximo, nuestra propia tradición. Estudiarla a fondo. Frecuentemos a Dante. Chesterton acertó al decir que «La Iglesia Católica es la única cosa que salva al hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su época». Amemos y cuidemos el latín. Y a los grandes maestros. Y la liturgia. No dilapidemos la herencia. Del culto viene la cultura, insistía John Senior. En el poema «Exaltación del rito», Julio Martínez Mesanza nos avisa de que quien descuida las formas «no tiene dios ni patria ni costumbre».

Se nos tiene que notar que no estamos esclavizados por las modas ni por el afán de reconocimiento ni por el ansia de ser premiados. Miguel d’Ors escribió una poesía titulada «Para un poema inconformista» donde describe lo que es ser un poeta católico. Entre sus versos, éste, donde califica como católica, «la risa con que mira el tamaño del tiempo». Riamos.

8- La otra mejilla

Riámonos, seguros de la riqueza del pasado, pero no ajenos a las turbulencias del presente. Quien dispone de las armas más civilizadas —la inteligencia y la sensibilidad— tiene el deber de usarlas. El Verbo conlleva acción. Pongamos la otra mejilla, no la mejilla de otro. Especialmente, nunca la de aquel que depende o puede hacerlo de nuestra defensa doctrinal. Hay obras más comprometidas y otras menos, y ya hemos dicho que caben todas, pero, como mínimo, el creador católico tiene que sentir como suyos los principios no negociables que expuso Benedicto XVI y que León XIV ha recordado en las Cortes: la vida, la familia, la libertad de educación y la primacía de la conciencia.

En el fragor inevitable del debate intelectual, los ataques hay que responderlos, sin perder ni la caridad ni la gracia, sabiendo que, igual que la guerra justa tiene sus requisitos y sus formas, la batalla cultural no puede ser ni cobardía ni encarnizamiento. Hay una anécdota de Pío Baroja que vale de modelo. A él, que se ganaba la vida regentando una panadería, le fueron con que el gran poeta nicaragüense Rubén Darío había dicho: «Baroja es un escritor de mucha miga: se nota que es panadero». La broma le desprofesionalizaba. Cuando Baroja contestó: «Y Rubén Darío tiene buena pluma: se nota que es indio», los presentes se indignaron muchísimo y hasta perdió amigos. Allí aprendió Baroja que unos pueden lanzar puyas y otros no pueden decir ni pío. En la medida de nuestro ingenio, seamos muy de la justicia equitativa. Por cierto, no consta que Rubén Darío se tomase a mal la contestación. Y seguro tendría más respeto a partir de entonces por la miga de Baroja.

9- La verdad

Adelanté antes que el intelectual cristiano no lo es sólo en lo que escribe, sino también en lo que lee. Lo explicó para siempre san Justino con su idea del «logos spermatikós»: Verbo seminal o las semillas del Verbo. Hay destellos de verdad en toda la humanidad antes de la Encarnación. Por eso los filósofos paganos pudieron alcanzar algunas verdades auténticas. Que Moro, en su libro Agonía de Cristo, ponga a Horacio y Virgilio como maestros de oración no es un capricho renacentista: es pura ortodoxia. San Justino lo explica: «Cuantos vivieron según el Logos son cristianos, aunque hayan sido tenidos por ateos; como entre los griegos Sócrates, Heráclito y otros semejantes.» Hay, por tanto, un proselitismo de la lectura correcta. Insiste san Justino: «Todo cuanto de bueno dijeron y hallaron pertenece a nosotros los cristianos». Seamos practicantes del aplauso apropiativo bajo el lema de san Ambrosio que recogió otro Tomás, el de Aquino: «Toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo». Antes lo había dicho, precisamente, Séneca: «Lo que es verdad es mío». Lo que es bueno, verdadero y hermoso es de Cristo y, por lo tanto, nuestro.

10- La amistad

La descripción más famosa de Tomás Moro es de Erasmo de Róterdam, que dijo de él: «Parece nacido y hecho para la amistad.» Y añade: «Nadie es más abierto para hacer amigos ni más constante para conservarlos». No tenemos ningún interés en seguir a Moro hasta el martirio, como él entendería, pero sí en esto. Cultivemos el «mirad cómo se aman». Un individualismo rabioso, unas costumbres erosionadas, un ritmo de vida desquiciado y una tecnología absorbente han dejado a la vida social en los huesos. Se necesitan, ante todo, lazos comunitarios que recompongan el tejido. Las letras, en cuanto comunicación a la máxima potencia, y la fe, en cuanto comunión en su más alta expresión, nos empujan doblemente a esta empresa.

Para ponérnoslo fácil, la Fundación Herrera Oria nos invita ahora a un vino español, a cervezas españolas, a cava español, a copazo español… No es una coda, sino el corazón del acto. Ver cómo bebían Belloc, Chesterton y sus incesantes amigos irritaba muchísimo a los ateos y abstemios George Bernard Shaw y H. G. Wells, que protestaban contra lo que llamaban «The boozy halo of Catholicism», esto es, «la aureola alcohólica del catolicismo». Se les hacían chocantes y un tanto insufribles tantas risas, tanta camaradería, tantas canciones, tanto disfrute al modo más popular y tradicional, al modo, por cierto, de las bodas de Caná.

Ahora que voy a callarme, no terminemos. Sería un final abrupto y seco. Escritor netamente confesional, hace muchos años me estaba confesando –en aquella ocasión en un confesionario– de no cuidar lo suficiente a mi mujer con tanta ansia por leer y escribir a todas horas. El sacerdote me ofreció este consejo: «Tienes que mimar a tu esposa hasta que diga «basta»». En ese instante vi encarnada la institución del celibato. El buen sacerdote ignoraba que ellas nunca dicen «basta». Fue una epifanía. Gracias a aquella experiencia, escribí un poema que afirmaba que las cosas buenas no tienen fin. Decía mi poema que «La vida es una fiesta interminable». Por eso seguimos escribiendo. Las palabras no son un juego vacío ni una técnica refinada. Remiten a una Palabra mayor. Nosotros escribimos sustantivos, adjetivos, pronombres y adverbios. El Verbo es Otro y es Eterno. Y la acción de gracias ha de ser interminable, como la fiesta.