Oxford y Cambridge en Madrid: la residencia de estudiantes
El centro madrileño, inspirado en Oxford y Cambridge, se convirtió en el gran laboratorio cultural de la modernidad española y de la Generación del 27
La Residencia de Estudiantes
El amplio mundo que abarca la Generación del 27 no se puede entender al margen de lo que supuso la madrileña Residencia de Estudiantes: un verdadero foco cultural, vivo desde 1910 hasta 1936.
En 1925, visitó la Residencia el hispanista inglés J.B.Trend . Le impresionó tanto que la definió como «Oxford y Cambridge, en Madrid»: es la frase que ha utilizado como título de su muy útil historia de la institución mi amigo John Crispin.
La comparación no es casual. Los creadores de la Residencia tuvieron en cuenta el ejemplo de los colleges ingleses, junto al de los colegios para universitarios de nuestro Siglo de Oro.
A eso hay que añadir un fondo ideológico decisivo, el del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza. Conviene detenerse en ello un momento.
Suele repetirse la broma de que un filósofo alemán de categoría solamente discreta , Karl Krause (1781-1832), ejerció una influencia mucho mayor en nuestro país que en el suyo: no sólo inspiró una corriente ideológica que intentaba conciliar el racionalismo de Kant con el idealismo de Hegel, sino, sobre todo, una profunda renovación de la pedagogía.
Federico García Lorca posa en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919, recién ingresado
A mediados del XIX, Julián Sanz del Río introdujo en España las ideas de Krause. Luego, profundizó en ellas y las difundió Francisco Giner de los Ríos, con un grupo de catedráticos, que habían sido expulsados de la Universidad por defender la libertad de cátedra.
Propugnaba el krausismo español un humanismo racionalista: una «ciencia del hombre y para el hombre», según Julián Sanz del Río.
Juan López Morillas ha estudiado cómo influye ese clima intelectual en el renacimiento de la novela realista española, cuando se ponen en cuestión muchos principios de la convivencia nacional, después de la revolución de 1868.
El Galdós de la primera etapa, un liberal ilusionado, es un buen ejemplo. El protagonista de su novela La familia de León Roch es un «krausista de ficción», que defiende lo mismo que Giner de los Ríos : «Hacer hombres… la integridad moral, en medio de las agitaciones de la vida presente».
Dibujo de Lorca de sí mismo «embriagado» de té en la Residencia de Estudiantes
Más complejo – y contradictorio – es don Juan Valera, que se distancia irónicamente del idealismo absoluto y del puritanismo moral de muchos krausistas. Se ve claramente eso en su singularísima comedia filósofica Asclepigenia, favorita de Azaña y que yo he editado. A través de la anécdota de una cortesana de Alejandría, que necesita a la vez tres amantes – el rico, el guapo y el sabio – se burla Valera de las pedanterías del filósofo Proclo:
«La unión mística de que tanto me he envanecido fue, sin duda, ilusión malsana... Mi prurito de perderme en el Uno, absorbente, impersonal, que todo lo tiene en sí y nada tiene, es la más monstruosa perversión del espíritu. Es no saber vivir y gozar en el seno de este vario y bello universo. Es crear un misticismo contrario al Amor».
El filósofo que así se equivocaba – según Valera – era, sin duda, un krausista…
Señala Pedro Salinas que la Generación del 98 tiene, entre sus precursores ideológicos, a don Francisco Giner, al que llegaron a llamar «el santo laico». El testimonio más claro de la admiración que suscitó es el poema que le dedicó Antonio Machado y que abre sus Elogios:
la luz de esta mañana
me dijo: van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma (…)
Allí el maestro, un día,
soñaba un nuevo florecer de España
Del krausismo surgió la gran renovación pedagógica que condujo, en varias etapas, a la creación de la Residencia de Estudiantes.
En 1907, nació la Junta para Ampliación de Estudios: creó un sistema de becas de estudios y de investigaciones fuera de España que tuvieron un gran efecto multiplicador.
De la Junta dependía, entre otras instituciones, el Centro de Estudios Históricos: el antecedente de lo que, después de la guerra, es el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Impresiona recordar, por ejemplo, que trabajaron en ese Centro, entre otros, figuras tan ilustres como Ramón Menéndez Pidal (que estudió los orígenes del español), Tomás Navarro Tomás (la fonética y la métrica), Homero Serís (la bibliografía), Pedro Salinas (la nueva literatura), el músico Martínez Torner, los arabistas Ribera y Asín Palacios, el historiador del arte Gómez Moreno, el filósofo Ortega y Gasset…
Sí quiero subrayar que, a todos ellos, les movía un claro afán patriótico: después del 98, estudiar con rigor científico todos los aspectos de la cultura española. De esta actitud nació, después de la guerra, la polémica sobre España que enfrentó al gran historiador Claudio Sánchez Albornoz con el gran filólogo Américo Castro.
La Residencia de Estudiantes, un colegio mayor masculino, nació en 1910, en un hotelito de la calle Fortuny. Se nombró director a Alberto Jiménez Fraud, un joven discípulo de Giner y de Manuel Bartolomé Cossío, que desempeñó un papel esencial.
La Generación del 27
En el primer curso, vivieron allí 17 residentes; en seguida, aumentó mucho su número, hasta cerca de un centenar. Además, la Residencia acogió temporalmente a personalidades invitadas, como Unamuno, Antonio Machado, Eugenio d’Ors, Juan Ramón Jiménez…
Los principios básicos de la Residencia eran la libertad, el trabajo, la sobriedad, la comunicación entre las diversas disciplinas y el propósito de alcanzar «un nivel moral, social e intelectual superior».
Por supuesto, junto a los estudios de Letras se daba gran importancia a los de Ciencias, con la creación de toda una serie de Laboratorios: de química, de fisiología, de histopatología… En ellos, trabajaron científicos de la categoría de Madinaveitia, Calandre, Negrín, Pío del Río Hortega…
En 1913, nació la editorial de la Residencia de Estudiantes, que publicó libros tan importantes como la primera edición de las Poesías completas, de Antonio Machado; las Meditaciones del Quijote, de Ortega; ensayos de Unamuno; Al margen de los clásicos, de Azorín; Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez…
Entre los principios básicos de la Institución estaba la separación del poder político. Eso no impidió que se alineara con los llamados aliadófilos, durante la Primera Guerra Mundial, que fueron el germen del liberalismo novecentista: Ortega, Marañón, Pérez de Ayala. Es decir, el grupo intelectual que, en un primer momento, apoyó la llegada de la Segunda República y que muy pronto se sintieron profundamente decepcionados por ella.
Lorca en la Residencia de Estudiantes
También en 1913, comenzó la construcción de los nuevos edificios de la Residencia, en lo que entonces se llamaba «los altos del Hipódromo» (la actual calle del Pinar).
Eran cinco pabellones de ladrillo, diseñados por el arquitecto Antonio Flórez. Cuatro de ellos tenían habitaciones de 4 por 4 metros, oficinas, salón de actos para conferencias y conciertos y comedor; el quinto, más grande, conocido popularmente como «el transatlántico», albergaba los laboratorios. En el diseño de los jardines, intervino Juan Ramón Jiménez.
Aunque los residentes fueran en general críticos con la monarquía y con la Dictadura de Primo de Rivera, hay que recordar que fue éste , en un gesto que le honra, el que propuso al Ministro de Instrucción Pública la compra de unos terrenos adyacentes, hacia la calle de Serrano: aproximadamente, los que hoy ocupan el edificio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la iglesia del Espíritu Santo y el Instituto Ramiro de Maeztu.
Resume con sencillez Pepín Bello el espíritu de la Residencia: «El buen gusto, la libertad absoluta, el buen tono y la sencillez extrema».
Una austeridad casi monástica formaba parte de ese espíritu: mobiliario modesto; exigencia de puntualidad, en las comidas; nada de alcohol; los residentes tenían que traer, de sus casas, las sábanas, mantas y toallas; en 1933, pagaban 7’50 pesetas diarias…
La Residencia de Estudiantes en la actualidad
El presunto elitismo de la Residencia, que algunos izquierdistas han denunciado últimamente, era sólo intelectual, basado en la exigencia y en el trabajo, no social ni económico.
Paralela a la Residencia de Estudiantes fue la Residencia de Señoritas, creada en 1915. Estaba situada en el número 30 de la calle Fortuny (donde hoy está la Fundación Ortega y Gasset – Marañón). Se nombró directora a María de Maeztu, la hermana de Ramiro.
La Residencia de Señoritas mantuvo una estrecha relación con el vecino Instituto Internacional, situado en la calle Miguel Ángel número 8: la sede de varias universidades norteamericanas, que tenía – y tiene hoy en día – una importante biblioteca.
En la posguerra, allí recibió cursos Gloria Fuertes y conoció a su gran amor, la profesora de español Phyllis Turnbull. También allí han realizado sus actividades un grupo de precursoras del feminismo, mis amigas Consuelo de la Gándara, Elena Catena y la gran tenista Lilí Álvarez.
La vinculación de la Generación del 27 con la Residencia de Estudiantes es evidente. Dan testimonio de ella las autobiografías de Moreno Villa (Vida en claro) y Rafael Alberti (La arboleda perdida), el Diario íntimo de Emilio Prados, Vida sombría de Salvador Dalí, las ineteresantísimas Conversaciones con José «Pepín» Bello de David Castillo y Marc Sardá, todas las biografías de García Lorca…
Federico pronunció allí sus conferencias sobre La imagen poética de Góngora y sobre Las nanas infantiles. Frecuentaban la Residencia muchos colaboradores de La Barraca, como los pintores Benjamín Palencia y José Caballero; allí tuvieron lugar muchos ensayos del grupo teatral.
La hispanista Marcelle Auclair, que tuvo una relación sentimental con Ignacio Sánchez Mejías, el mecenas del grupo, ha contado que a Lorca se le solía olvidar rellenar el formulario de reserva de habitación, para el año siguiente. Resume Crispin: «Desaparecía por temporadas pero siempre volvía». Por su descuido, a veces lo tuvieron que colocar donde hubiera un sitio libre: por eso, Federico compartió habitación, entre otros, con Pepín Bello y con José Antonio Rubio Sacristán (que luego llegó a ser un importante historiador).
La Residencia de Estudiantes
En la Residencia, conoció por primera vez Alberti a García Lorca. Allí coincidieron con Emilio Prados, con Jorge Guillén, con Pedro Salinas (que dirigió los Cursos de Verano para extranjeros), con Gerardo Diego (que participó en las veladas musicales), con Salvador Dalí , con Luis Buñuel, con el joven Gabriel Celaya… A Moreno Villa se le consideró «el pintor de la casa».
Más allá de los jóvenes que allí vivían, la Residencia de Estudiantes proyectó su influencia sobre la sociedad española a través de las actividades culturales que organizó; sobre todo, veladas musicales y conferencias (que también se publicaban o se comentaban en la revista Residencia). Contó, para ello, con la ayuda del Comité Hispano-Inglés , presidido por el duque de Alba, que también patrocinó becas de intercambio con las Universidades de Oxford y Cambridge.
Impresiona repasar el número y la calidad de los personajes de primera fila internacional que acudieron a la Residencia de Estudiantes. (Puede verse, por ejemplo, en los estudios de John Crispin y de Isabel Pérez Villanueva).
En los conciertos de la Residencia, actuaron, entre otros, Manuel de Falla, el joven Andrés Segovia, Ricardo Viñes, la clavecinista Wanda Landowska, Gerardo Diego… Hablaron sobre sus obras Maurice Ravel, Darius Milhaud y Francisc Poulenc.
En el terreno música, el catálogo de libros que publicó la Residencia de Estudiantes incluye la recopilación Cuarenta canciones españolas, de Eduardo Martínez Torner, que tanto le gustaba a García Lorca y tanto influyó en su poesía, y el estudio Treinta canciones de Lope de Vega, de Jesús Bal y Gay.
Allí se escuchó por primera vez en Madrid la Historia del soldado, de Stravinski, así como obras de Schoenberg, Alban Berg, Kurt Weill y de los componentes del grupo de «los Ocho», integrantes de la Generación del 27: Bacarisse, Bautista, Rosita García Ascot, Ernesto y Rodolfo Halffter, Mantecón, Pittaluga y Remacha.
Federico García Lorca y Salvador Dalí
En el piano de la Residencia, acompañó Federico García Lorca a La Argentinita, en su grabación de las Canciones populares antiguas, que hoy en día podemos escuchar fácilmente, pues se han remasterizado.
En el terreno de las conferencias, suscitaron máxima expectación las dos que pronunció Howard Carter, en 1928, sobre su descubrimiento de la tumba de Tutankamon. También, la de Albert Einstein, en 1923.
Dieron conferencias de tema científico en la Residencia, entre otros, María Curie («La radioactividad y la ciencia»), de Broglie («La luz»), Marañón ( «Problemas de intersexualidad en el hombre»), Blas Cabrera («El átomo y sus misterios»). También, antropólogos, como Leon Froebenius («El problema de la civilización»); el paleontólogo Hugo Obermaier; los etnógrafos Hamilton Rice y Elliot Smith; maestros de la nueva arquitectura, como Gropius y Le Corbusier.
No faltaron intervenciones polémicas. Keynes defendió que, a pesar de la crisis, el problema económico quedaría resuelto en cien años y el nuevo problema de la humanidad sería cómo emplear el tiempo libre. (Ya se ve cómo las grandes cabezas también son ingenuas y cometen grandes errores).
Hablaron en la Residencia filósofos, como Bergson (que tanto influyó sobre Antonio Machado), Julian Benda, Ramón Fernández, Santayana, Ortega y Gasset. También, escritores de prestigio internacional, como Rabindranath Tagore (traducido por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez), Marinetti, H.G. Wells, G.K. Chesterton, Hilaire Belloc, Paul Valéry, Paul Claudel, Louis Aragon, Blaise Cendrars, Georges Duhamel, Texeira de Pascoaes.
Además, escritores españoles como Ramiro de Maeztu, Valle-Inclán, Manuel Machado, Eugenio d’Ors, García Lorca, Pedro Salinas; historiadores, como Ballesteros; historiadores del arte, como Pijoán; cineastas, como Luis Buñuel…
Disculpe el lector esta ristra de nombres: es el dato objetivo, indiscutible, de la trascendencia social que tuvieron las actividades culturales de la Residencia de Estudiantes.
Homenaje a Luis Cernuda
No pensemos que había en ella un ambiente académico, solemne. En la Residencia, se tomaba muy en serio el trabajo y la creación artística, eso sí, pero la vida cotidiana estaba llena de buen humor y de bromas.
Con aparente seriedad, Federico García Lorca presumía (¿o se quejaba?) de haber asistido, en la Residencia de Estudiantes, a más de mil conferencias… Una exageración, sin la menor duda.
La guerra civil truncó este hermoso proyecto. El 18 de julio de 1936, la casa estaba llena de estudiantes extranjeros, que en seguida se marcharon. Quedó allí solamente un pequeño grupo de residentes, con el director.
Cuenta Moreno Villa, en su libro Vida en claro, que algunos miembros del personal de servicio se levantaron contra los residentes, por considerarlos «burgueses»…
El 28 de noviembre de 1936, Moreno Villa salió rumbo a Valencia, con otros residentes y miembros del Centro de Estudios Históricos. Iban en un par de autobuses, escoltados por los milicianos. En Valencia, los alojaron en el Hotel Palace, rebautizado como Casa de la Cultura.
En julio de 1937, esta Casa de la Cultura fue desalojada en beneficio del Partido Comunista. Es sólo una anécdota pero tiene un valor simbólico evidente.