Donde habitaban los dioses: un recorrido por los lugares sagrados de la antigüedad
La popularidad que está conociendo la Grecia antigua y la cultura clásica gracias al éxito de la adaptación al cine de ‘La Odisea’ invita a recorrer los espacios arqueológicos que un día fueron los centros culturales de la humanidad
Encendido del fuego olímpico en las ruinas del Santuario de Olimpia, en Grecia
Decía el periodista italiano Indro Montanelli, en la introducción de su legendaria Historia de los griegos, que, a diferencia de la de Roma, la historia de Grecia «es una historia de hombres más que una historia de pueblo, de nación o de Estado».
Indro Montanelli seguramente tenía razón, pues la historia de la civilización griega se escribe, principalmente, con nombres propios: Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles, Pitágoras, Fidias, Eurípides, Pericles…
Pero no solo de sus hombres, también de sus héroes legendarios: Aquiles, Agamenón, Leónidas, Jasón, Ícaro, Hércules, Prometeo, Perseo…
Y, sobre todo, de sus dioses: Zeus, Poseidón, Atenea, Apolo, Afrodita, Ares, Dioniso…, y todos sus mitos que forjaron una conciencia primitiva occidental antes de la llegada del cristianismo.
En esta extraña edad poscontemporánea, lo mismo se pone de moda y se convierte en cultura pop las canciones chabacanas de Bad Bunny como La Odisea de Homero. Y eso mismo es lo que acaba de pasar, milagro obrado por la batuta mágica del cineasta Christopher Nolan.
A pesar de las críticas recibidas, con razón o sin ella, por su reparto woke totalmente ajeno a la tradición literaria homérica, sus licencias modernizadoras para convertir a Ulises y a sus valientes aqueos en una unidad de élite de los marines estadounidenses recién desembarcados en las llanuras de Troya desde un helicóptero Black Hawk, o las decisiones creativas incomprensibles como la de convertir un drakkar vikingo en un trirreme griego, hay que reconocerle a Nolan que ha logrado despertar el interés por un texto de 2.800 años de antigüedad.
Porque, a pesar de ser un texto complejo, de que para muchos acostumbrados al lenguaje de TikTok y a las explicaciones argumentales bien masticadas de las series de Netflix es una obra incomprensible e inaccesible, de repente todo el mundo dice estar leyendo La Odisea.
Nadie quiere quedarse fuera por la pugna de quién es el influencer más cultivado y todos se apresuran en mostrar en su Instagram su ejemplar recién adquirido en una de las muchas ediciones recientes que las editoriales se han lanzado (como micénicos a las procelosas aguas del Mediterráneo oriental) a sacar a las librerías a rebufo de la película de Nolan.
Todo el mundo se ha convertido de repente en experto en Homero, en La Ilíada y en La Odisea, en la Grecia arcaica, en los textos clásicos, en mitología griega, en cine épico, en la filmografía de Nolan y hasta en arqueología de la Edad de Bronce. Un fenómeno, por otro lado, nada extraño en un tiempo como el actual, donde la «todología» es la materia más popular entre toda clase de expertos.
Un recorrido por las tierras de los dioses
También vamos a aprovechar aquí el tirón de la película de Nolan para ofrecer un recorrido por los lugares sagrados de la Antigüedad griega que han llegado hasta nosotros. Cierto que han llegado como un montón de ruinas, mero reflejo del esplendor que tuvieron en un día. Pero esas ruinas son también un interesante símbolo de la victoria de la verdad evangélica sobre la superstición y la idolatría.
Comenzamos por uno de los lugares más emblemáticos, el Monte Olimpo, recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Se ubica en la zona griega de la cordillera balcánica, en la región de Tesalia. Ostenta el récord de ser la montaña más alta de Grecia. Se creía que su cima era el hogar de los dioses y el lugar del trono de Zeus.
Comparte nombre, pero ubicación muy diferente, con el Santuario de Olimpia, cuna de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad y lugar donde se alzaba uno de los recintos sagrados dedicados a Zeus más importantes del mundo griego.
El Santuario de Olimpia ha recuperado parte de su importancia cultural para la civilización occidental gracias a los modernos Juegos Olímpicos, ya que es en las ruinas del Templo de Hera donde cada cuatro años se enciende la antorcha olímpica que viajará por todo el mundo hasta la sede designada.
El espacio más sagrado de la Grecia antigua, sin embargo, probablemente fuera el santuario de Apolo, junto al monte Parnaso, donde se encontraba el Oráculo de Delfos. Las fuentes antiguas lo sitúan como el mayor centro de peregrinación del mundo griego, donde, hasta el siglo IV d.C., en el atardecer del Imperio Romano, acudían peregrinos procedentes de todo el mundo conocido para consultar a las Pitonisas.
Ruinas del Templo de Apolo, donde se ubicaba el Oráculo de Delfos
Las ruinas del santuario y todo el recinto sagrado, convertido hoy en un gran parque arqueológico, dan testimonio de la importancia que este lugar tuvo en los orígenes de la civilización europea.
Otro oráculo que rivalizaba en importancia con el de Delfos fue el Oráculo de Apolo Filesio, ubicado en el colosal templo de Apolo en Dídima, en la actual Turquía.
El buen estado de sus ruinas, con prácticamente la escalinata en perfecto estado, sus altares y las bases de sus gigantescos pilares, permite hacerse una idea de la escenografía mística que se encontraba el peregrino al acceder a este lugar, cuya atmósfera de misterio, lograda en su origen gracias al juego de luces, sombras y policromías, sigue sobrecogiendo hoy.
También en Turquía se alzan aún hoy, en asombroso buen estado de conservación, las ruinas de la ciudad de Éfeso. Ciudad que desempeña un papel central en el Nuevo Testamento, donde tuvo lugar uno de los capítulos centrales de la predicación de San Pablo; en Éfeso se alzaba el templo más grande de la antigüedad y una de las 7 maravillas del mundo antiguo: El templo de Artemisa.
Poco queda del edificio. Exactamente una columna, que se alza solitaria y decadente en el lugar donde en el siglo IV a.C. se fundó el templo de la diosa griega de la caza.
Sin embargo, a pocos metros de distancia, sí se conserva en muy buen estado el teatro de Éfeso, lugar al que fue trasladado San Pablo a la fuerza con la intención de lincharlo.
El Partenón y la Acrópolis de Atenas
San Pablo se libró de la muerte a manos de los enfurecidos adeptos al culto de Artemisa, pero alzarse en la escena frente al inmenso graderío con aforo para 25.000 espectadores da una idea de lo que debió sentir San Pablo cuando la turba se abalanzó sobre él al grito de «¡Grande es la Artemisa de los efesios!».
Y para terminar el recorrido, es parada obligatoria el Templo de Atenea en la capital griega. El Partenón de Atenas sigue siendo hoy la imagen por antonomasia del esplendor de la Antigüedad griega.