Marcel Proust en 1913
La ciencia explica la magdalena de Proust: ¿por qué algunos olores nos recuerdan momentos felices de la niñez?
Neurocientíficos del Centro Nacional Francés de Investigación Científica ha utilizado ratones (por el similar sistema olfativo al de los humanos) para llegar al fondo de la cuestión proustiana
El gran Marcel Proust se lo preguntaba en su famoso pasaje de forma íntima entre sus proverbiales frases subordinadas. Nunca se pensó, ni siquiera se imaginó, que un párrafo literario diera lugar a un fenómeno sensorial y ni mucho menos a una explicación científica.
Lo primero ya se sabía: la magdalena de Proust o el efecto por el que, mayormente el olor, evoca un recuerdo. El autor de En busca del tiempo perdido escribía en Por la parte de Swann:
«Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba?».
La importancia de la obra del legendario escritor dio nombre al fenómeno: la magdalena de Proust, que ahora tiene, además, una explicación científica. Neurocientíficos del Centro Nacional Francés de Investigación Científica ha utilizado ratones (por el similar sistema olfativo al de los humanos) para llegar al fondo de la cuestión proustiana:
«Desde hace tiempo sabemos que las personas conservan recuerdos olfativos de la infancia, pero teníamos muy poca información sobre la base neuronal de este fenómeno», dijo la Dra. Nathalie Mandairon, directora del Centro de Investigación en Neurociencia de Lyon y coautora del estudio, publicado en la revista PLOS Biology.
Se entrevistó a más de seiscientas personas sobre sus recuerdos de infancia relacionados con el olfato y el gusto y luego utilizaron trescientos ratones para crear un «modelo de memoria olfativa». Los científicos introdujeron a roedores de edad equivalente a niños preadolescentes en un entorno con olor a citronela, con comida, juguetes y otros ratones donde, según el estudio, expresaron su «estado de bienestar» con chillidos agudos.
Cuando esos mismos ratones llegaron a la primera edad adulta (desde los 20 o 30 días de edad de principios del estudio a los 60 u 80), volvieron a emitir los mismos chillidos, sin parar de buscar y merodear por los orígenes del mismo olor de su infancia. De la literaria «magdalena de Proust» a la científica «citronela del ratón». El estudio se completó con la observación de que otros ratones no introducidos en el mismo entorno feliz como el de Combray y los recuerdos del Premio Goncourt de 1919 no mostraron ninguna reacción a la citronela.
El descubrimiento clave es el de la existencia de unas neuronas en el olfato que se forman después del nacimiento y conservan el recuerdo del olor durante toda la vida. Todos hemos sentido la magdalena de Proust alguna vez o muchas en nuestra vida. El aroma que nos lleva de viaje a la infancia o a la juventud o una etapa pasada de nuestra vida de una forma sorprendente y maravillosa porque esa sensación no estaba en nuestros recuerdos al uso, sino en nuestros extraordinarios y hasta hoy desconocidos recuerdos olfativos (o del gusto) que Proust expresó como nadie en la literatura.