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Matt Damon, en 'La Odisea' de Christopher Nolan

El Debate de las Ideas

Lo que podemos aprender de 'La Odisea' de Homero, pero no de la de Nolan

El realizador realiza una soterrada operación de castración de Odiseo, al que inventa un trauma posbélico y al que niega su fogosa vida sexual, su socarronería y su humor

Circula por las redes sociales el extracto de una entrevista a Christopher Nolan, a propósito de su Odisea, que resulta muy esclarecedora. En ella, el realizador explica que las sustanciales alteraciones que introdujo en la obra original de Homero fueron conscientes y premeditadas. En concreto, cuando la periodista le reprocha haber convertido a Odiseo en un ser atormentado por la culpa y los remordimientos, Nolan reconoce que lo hizo para adaptar la obra a una supuesta ‘demanda social contemporánea’ que exige que los malos comportamientos generen sentimiento de culpa. Por lo visto, la ultramoralización que ha extendido entre nosotros el wokismo genera ciudadanos, y espectadores, cada vez más infantiles y mentalmente débiles, a los que hay que proteger de cualquier ambigüedad moral. Porque, a oscuras, y en una sala de cine, no es posible pedir a nadie un ‘espacio seguro’.

Nolan estaba convencido de que un héroe clásico como Odiseo no sería entendido por sus contemporáneos sin pasarlo por el ‘túrmix modernizador’, y aportarle elementos de Oppenheimer o Batman, por referirnos solo a personajes que también ha recreado el realizador. El incuestionable éxito en taquilla de la película parece dar la razón al cineasta, pero es legítimo que nos cuestionemos si es una buena noticia que Nolan se pliegue a esa sensibilidad. Y si su decisión ayuda a un mejor aprovechamiento de una obra tan rica en sentidos como La Odisea, o lo impide. Volveremos sobre este asunto de la culpa un poco más adelante.

Ahora solo apuntaremos que, si bien todas las revisiones de obras clásicas aportan elementos del tiempo en el que se abordan, pocos casos encontraremos como el de La Odisea de Nolan, en el que una película esté tan atravesada por todas las ideologías (y las más perniciosas) de su tiempo: feminismo, inclusividad —con una Helena interpretada por una actriz negra como el carbón—, masculinidad tóxica, revisionismo histórico…

Lo primero que cabría señalar para entender por qué esta obra de Homero es tan crucial en la historia de la cultura es que La Odisea es un gran mapa cartográfico de lo humano (también de lo divino y lo monstruoso). Lo explica el filósofo Higinio Marín, un auténtico experto en Homero. Estamos ante una historia que habla de la necesidad de irse y de volver, pero también de su dificultad. Porque regresar no es solo una actividad física, sino que involucra una densa red de sentidos. Para empezar, necesitas una patria a la que volver –un lugar tejido por experiencias, recuerdos, historias compartidas–, pero también una familia. Y para ello es necesario, como afortunadamente le ocurre a Odiseo con Penélope, que haya alguien que te espere, y que mantenga viva tu memoria, que tu recuerdo no se haya desvanecido. Esta visión de lo humano tejida a partir de lazos fuertes dominó en Occidente hasta el siglo XX, cuando la modernidad, y luego la posmodernidad, caracterizaron al hombre como un ser errante y desvinculado. Como alguien que podía ser más libre y autónomo justamente porque sus lazos eran más débiles y mudables.

Uno tiene la sensación de que estamos en un momento histórico en el que las consecuencias destructivas y desorientadoras de esa desvinculación son especialmente visibles por todas partes. De modo que lo primero que podríamos aprender de La Odisea es a recuperar la importancia de esos vínculos fuertes, capaces de sostenernos en medio de la tormenta de la vida. Si Odiseo puede afrontar peligros y desventuras sin fin, es en gran medida porque tiene una patria y una familia a las que volver. La existencia de un punto de destino marca un rumbo y un propósito y evita que la lucha por la vida se convierta en una pelea de pollos sin cabeza. El deseo de reencontrarse con un hijo al que apenas conoce, y con la mujer a la que ama y con la que ha creado una vida en común, son una motivación determinante.

De lo anterior se deduce lo segundo importante que podemos aprender: para seguir adelante hace falta energía, ganas de vivir, esperanza en el futuro y determinación para afrontar los desafíos. Parece algo obvio, pero no lo es tanto en una época como la nuestra, en la que la desmotivación vital se extiende, ligada a una visión cada vez más individualista y hedonista de la existencia, y cada vez más incapaz de realizar sacrificios.

Una pérdida de confianza en el futuro que no solo se manifiesta en el galopante descenso de la natalidad, sino en el creciente número de personas que han perdido el interés por tener hijos. Padecemos el síndrome del barón de Münchhausen y creemos que somos autosuficientes y que podemos sostenernos a nosotros mismos –si acaso con alguna ayudita del Estado–, pero solo el compromiso, los lazos, que otros dependan de ti, pueden llevarte a realizar un esfuerzo más cuando las fuerzas flaquean. A menudo es más fácil esforzarse por otros que por uno mismo.

Pero poco o nada de esto encontrará el espectador en la película de Nolan a causa de un final inventado que tiene la ‘virtud’, y suponemos el propósito, de desnaturalizar estas dos ideas. Al Odiseo que ha añorado Ítaca y llorado por ella durante veinte años (diez de guerra y diez de travesía) le falta tiempo para volverse a marchar en el final de Nolan. Del mismo modo, la añoranza familiar se desdibuja, así como el anhelo de Telémaco por conocer a su padre, de tener un padre, pues apenas se ha recompuesto la familia, Nolan la vuelve a descomponer.

Podemos sospechar que el autor de Oppenheimer no cree en los lazos fuertes, ni en la fuerza de las raíces. Por eso excluye del relato el reencuentro sexual de Penélope y Odiseo en el tálamo conyugal. No es solo una cuestión de sexo. El tálamo habla de una historia compartida y exigente, y además está literalmente enraizado en el palacio. Habla de la fuerza de los vínculos y de los relatos que les dan cuerpo. Frente a eso, Nolan apuesta por un reencuentro de un carácter más bien sentimental, más acorde con el carácter melifluo de nuestro tiempo. Su final ofrece a la pareja una especie de vacaciones para que recuperen el tiempo perdido. En vez del futuro que podemos imaginar a partir del final de Homero: una pareja que se reencuentra para continuar tejiendo un proyecto común, no solo entre ellos dos, sino con otros. Un proyecto que se manifestaría en la casa y en el reino.

Dicho esto, no quiero dejar pasar la oportunidad de destacar que lo mejor de La Odisea de Nolan, lo único que a este espectador le pareció genuinamente emocionante, fue justamente todo el proceso de reencuentro entre el matrimonio separado. Que luego lo estropee, en gran medida, con el final es otro asunto.

Otro aspecto positivo que debe resaltarse es el renovado interés por el texto original de Homero que ha provocado el éxito de la película de Nolan. Las ventas del libro se han disparado y han sido publicados nuevos ensayos del máximo interés, como El regreso de Ulises. La travesía de un mito (La Esfera de los libros), de Mirella Romero Recio, una historiadora que realiza un completo repaso de las interpretaciones que La Odisea ha suscitado a lo largo de la historia. Y ya puestos, también pueden ser una buena forma de acercarse al original homérico las versiones audiolibro, como las de Audible. A fin de cuentas, los relatos de La Odisea fueron escuchados en forma oral la mayor parte del tiempo, como nos recuerda Higinio Marín. Quién sabe. Es un lugar común decir que Dios escribe recto con renglones torcidos y quizás este permita llegar a muchos a la obra original.

Ha llegado el momento de volver al ‘trauma’ de Odiseo, inexistente en Homero y fundamental en Nolan. El trauma es el elemento central de un proceso soterrado de emasculación del personaje por parte del realizador. Mientras el Odiseo de Homero seduce por su energía y su impulso vital, el de Nolan es sombrío y va por el mundo como alma en pena. El director castra todos los elementos del relato que realzan uno de sus atributos más destacados, el ingenio y la astucia. Y así, por ejemplo, se nos priva de la parte del episodio del cíclope en que le dice que su nombre es Nadie. Por si fuera poco, la película excluye toda la activa vida sexual del personaje. No es que no se nos muestre, es que se nos oculta. Calipso, con la que ha compartido lecho durante siete años, se nos presenta como una sanadora psicológica, no como la ninfa-hembra que quiere convencerlo para que se quede con ella para siempre. Y de la relación con Circe no hay ni mención. Por no hablar del reencuentro conyugal con Penélope. Solo en el episodio de los pretendientes podemos reconocer al personaje en parte, en su determinación por restablecer el orden perdido en su propio hogar. Y, aun así, Nolan suprime también la ejecución de las doncellas traidoras.

En La Odisea hay abundantes referencias al poder devastador de la guerra y muchos lamentos y llantos por los compañeros perdidos, pero no hay ni atisbo de arrepentimiento por parte de Odiseo. La idea de que se sienta culpable porque su caballo de Troya violara las leyes de la hospitalidad de los dioses es un completo disparate, pues tales leyes en ningún caso se aplicaban a las leyes de la guerra, que en la antigua Grecia era brutal.

En cualquier caso, la verdadera pregunta que hay que hacerse es qué sentido y qué consecuencias tiene esa invención para el espectador. Y lo primero que hay que destacar es que el trauma de Odiseo genera una inconsistencia radical en todo el relato de Nolan, pues nadie con un complejo de culpa de tal calibre podría afrontar los desafíos a los que él se enfrenta. Pensar que una experiencia como la que se nos describe no afecta al ánimo, ni a la capacidad de sobrevivir, es de una ingenuidad pavorosa. YLa Odisea va de muchas cosas, pero, en primer lugar, de esforzarse al máximo para seguir vivo un día más.

Pero, además, ¿qué posibilidades tiene el espectador de proyectarse en ese conflicto de conciencia y sacar algún provecho de él? Ninguna, en realidad. No hace falta ser físico nuclear para entender el dilema de Oppenheimer, ni ser un superhéroe para comprender los conflictos de Batman, pero nadie en su sano juicio puede meterse dentro del dilema de Odiseo. Es imposible. Sospecho que tampoco es necesario, ni Nolan lo buscaba. Como destaca en la entrevista citada al comienzo de este texto, parece que el objetivo real es proyectar una carga de censura sobre el personaje homérico, pero, al tiempo, salvarlo lo suficiente -merced a su arrepentimiento- como para que la moral no nos arruine el espectáculo. De modo que la culpa fake de Odiseo tiene mucho de postureo moral.

Aunque algunos indicios de cambio puedan confundirnos y hacernos pensar lo contrario, eso que llamamos wokismo sigue teniendo mucho peso, especialmente en el mundo de la cultura. Y uno de sus rasgos más destacados es la revisión crítica de la cultura occidental de un modo esencialmente autodestructivo. No cabe situar los hechos en su contexto, ni tener una visión amplia de los dilemas éticos que ha afrontado la humanidad. Frente a ello se impone la simpleza de creer, por ejemplo, que la esclavitud la inventó el hombre blanco, ignorando que si a alguien cupiera tal demérito sería a Atila y los hunos, con abundante desarrollo de los imperios persas y egipcios, entre otros. Ninguno de ellos 'blancos', por descontado.

Lo que Nolan plantea con El caballo de Troya va en la misma línea. Guerras crueles y salvajes ha habido siempre en la historia de la humanidad, pero Homero logra que, de Troya, recordemos sobre todo la astucia humana. En vez de verlo como un innegable avance, nuestra aburrida posmodernidad prefiere interpretarlo como un subterfugio que hay que desenmascarar. Pero Homero, como ya hemos dicho antes, nunca nos oculta el carácter devastador y sangriento de la guerra. Lo que sí hace es exaltar el ingenio humano para afrontar y vencer todo tipo de desafíos. Esencialmente porque tiene claro, como lo tenían los clásicos, que, en el conflicto entre moral y supervivencia, conviene dar prioridad a la supervivencia. Algo que parecemos haber olvidado.