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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Los otros rostros de Brendel

Un libro reciente desvela algunas de las variadas facetas, menos conocidas, del gran pianista Alfred Brendel, como su labor de comisario en varias muestras dedicadas al cine, donde se valió de grandes directores españoles

El pianista y poeta Alfred Brendel

Un libro reciente desvela algunas de las variadas facetas, menos conocidas, del gran pianista Alfred Brendel, como su labor de comisario en varias muestras dedicadas al cine, donde se valió de grandes directores españoles

Los españoles tenemos, entre otros, el vicio de encasillar a nuestros semejantes. Si fulano se nos presenta la primera vez como abogado, ya puede venir luego a tocar el violín como el mismísimo Jascha Heifetz. Para los restos, cada vez que volvamos a pensar en ella, esa persona se encontrará para siempre debidamente almacenada en el cajón de los penalistas, expertos en derecho administrativo o meros leguleyos, sin establecer mayor distinción tampoco entre especialidades o categorías jurídicas.

Cela, nuestro Nobel gallego, lo atribuía a la proverbial miseria ibérica. Somos tan pobres, afirmaba, que ni siquiera nos alcanza para tener un par de ideas distintas acerca de un mismo individuo.

Más allá del pianista

Posiblemente esto tenga que ver sobre todo con una cierta pereza, más que nada de espíritu, pero también parece comprobado que, en los ambientes más angostos, como el reducido ámbito de la provincia, conviene no conceder nunca demasiado terreno al contrario. No vaya a ser que de tanto acaparar títulos, habilidades, aficiones, medallas… resulte que se ponga en peligro nuestra propia pequeña parcela, el minifundio sobre el que se sostiene el precario andamiaje de nuestras maltrechas economías.

Se ve que a Alfred Brendel, ilustre ciudadano del mundo, nacido en Austria, estas limitaciones no le afectaron en el transcurso de su rica existencia, pues además del gran pianista que llegó a ser (nos dejó el año pasado), pudo consagrarse a otras variadas actividades en las que también destacó, sin que a nadie se le ocurriera acercársele nunca para reprenderlo: «Oiga, pero usted no tocaba cosas de Schubert…»

Milagrería y escalas disonantes de Alfred Brendel

De algunos de sus múltiples intereses más allá del instrumento por el que se hizo célebre, todo sea dicho, dan cuenta algunos de sus enjundiosos escritos, que siguen apareciendo publicados estos días más allá de su llorada partida. En Milagrería y escalas disonantes, uno de estos últimos, nos enteramos, por ejemplo, de que su temprano amor por el cine no fue simplemente una afición cultivada con esmero entre ensayos y períodos sabáticos.

Un encargo inesperado, en Viena

En 2012, Hans Hurch, a la sazón director del Festival Internacional de Cine de Viena, le encargó el comisariado de un ciclo cinematográfico, al que, según el éxito obtenido, le siguieron inmediatamente otros en Praga y Berlín.

En el primer caso, Brendel decidió reunir un grupo de películas bajo el tema «Entre el horror y la risa», «porque la línea fronteriza entre lo grotesco y lo macabro es el lugar donde se sitúan importantes obras de la literatura, el teatro, la música y el cine del siglo XX», territorio fértil en el que él mismo sitúa las obras teatrales de Ionesco y Beckett, la ópera El gran macabro de Ligeti o el Auto de Fe de Canetti junto a los escritos de Kafka, Bulgákov y Charms y «los últimos cuadros de Philip Guston».

Auto de fe de Elías Canetti

La labor de selección, en cada caso, le sirvió para regresar a los primeros filmes de su infancia, cortos de Chaplin, Harold Lloyd y Keaton, de los años en los que pasaba el tiempo en la sala que dirigía su padre aprendiendo lo que era un cómico: «Alguien que libera y relaja las relaciones morales, lógicas y mecánicas en las que se encuentra terriblemente atrapado el llamado hombre serio». Para desesperación de este último, deberíamos añadir, como el propio autor desvela en sus conocidos escritos sobre la risa en la música.

Su carácter paradójico, heterodoxo, reflexivo, ajeno a los males eternos de los dogmas y las ideologías, lo impulsó lógicamente a elegir un puñado de obras «subversivas pues ponen en duda lo convencional, muestran que el mundo es absurdo y, con sus medios, revelan el carácter cómico del absurdo».

Una joya de Woody Allen

Junto a joyas tan diversas como Zelig, «la película probablemente más fascinante de Woody Allen»; Luces de la ciudad de Chaplin; El soplo al corazón de Louis Malle; La parada de los monstruos de Todd Browning; Cena a las ocho de Cukor; If… de Lindsay Anderson, o La comedia de la vida de G. W. Pabst, con la estupenda música de Kurt Weill, el pianista incluyó tres creaciones de autores españoles.

Imagino que los admiradores de Brendel, que tuvo legión propia en España, estarán relamiéndose por saber cuáles fueron sus favoritas. No hay muchas sorpresas: El fantasma de la libertad de Buñuel, para el cual «el cine está provisto de todos los atributos del sueño con la precisión de lo real». El espíritu de la colmena de Víctor Erice, cuya protagonista, la niña Ana Torrent, a través de sus ojos negros y su rostro casi inmutable, tiene la «capacidad para cautivar al espectador que no habría alcanzado ninguna estrella de cine adulta».

El fantasma de la libertad de Luis Buñuel

Y, por último, Cría cuervos de Carlos Saura, en la que vuelve a aparecer la entonces pequeña Torrent. A Saura, al que le encantaban Mozart y el piano (su madre fue una estimable intérprete) seguramente le habría agradado la idea de que Brendel se hubiera fijado en una de sus obras más emblemáticas, aunque a él no le gustara particularmente volver sobre sus filmes, en los que se verificaba de manera particular eso que el intérprete atribuía al cine: «La mejor forma de hacer justicia a los pares de términos opuestos como sentido y sinsentido, seriedad y ligereza o tragedia y farsa». Con el permiso de W. A. Mozart y sus grandes óperas, se le olvidó añadir.

Hay muchas otras cosas en este pequeño libro recopilatorio que mezcla casi a partes iguales el sarcasmo con la clarividencia de enunciados de simple, buena lógica, como cuando advierte en uno de sus textos a los tan alabados integrantes de El Sistema, las orquestas juveniles venezolanas: «Deseo a los jóvenes músicos latinoamericanos que en el esplendor de sus éxitos no prolifere el chovinismo, ni político ni musical, y que su temprana profesionalidad les permita entrar en una madurez que deje espacio al individuo».