La Galería Central del Museo del Prado
Un tesoro, una iglesia románica y una ‘Mona Lisa’ desconocida: los secretos del Museo del Prado
Fuera de los principales recorridos por sus galerías, el Museo del Prado aún guarda secretos que sorprenden a sus visitantes
La mayor parte de los amantes del arte, turistas o simples curiosos que acuden cada día al Museo del Prado lo hacen atraídos por la fama de la pinacoteca, como una de las más importantes (para algunos la más importante) del mundo, o por la fama de algunas de sus obras maestras salidas de los pinceles de Velázquez, Goya, el Greco, Murillo, el Bosco, Zurbarán, Rubens o Ribera.
Y es comprensible: en el Prado se exponen obras de fama internacional como Las meninas de Velázquez, Las majas de Goya, Las tres gracias de Rubens, El caballero de la mano en el pecho de El Greco o El jardín de las delicias, de El Bosco.
Sin embargo, el Museo del Prado esconde algunos secretos, algunas obras de arte únicas de importancia mundial y que, sin embargo, suelen pasar desapercibidas al público general.
En ese sentido, muchos visitantes de la pinacoteca madrileña desconocen que en las galerías del Prado se custodia un auténtico tesoro, una iglesia románica o una Mona Lisa que según algunos expertos habría salido de la mano del mismo Leonardo Da Vinci (e incluso superaría a su hermana de mayor fama del Louvre).
Tesoro del Delfín
El tesoro al que hacíamos referencia es el llamado Tesoro del Delfín, una exuberante y única colección de objetos preciosos de enorme valor artístico y material que formaban parte de la colección de Luis, gran Delfín de Francia, y que entregó en herencia a su hijo el rey de España Felipe V, primer monarca español de la dinastía Borbón.
Dos de las piezas del Tesoro del Delfín
El tesoro está formado por piezas elaboradas en los siglos XVI y XVII elaboradas en lapislázuli, ágata, jaspe, jade o cristal de roca; en soportes de oro y plata, esmaltadas con diamantes, rubíes y esmeraldas, entre otras gemas, se apunta en la descripción de la colección disponible en el Museo del Prado.
Pinturas de la Vera Cruz de Maderuelo
Otro de los tesoros que esconde el Museo del Prado, pese a no generar el interés que generan, por ejemplo, las pinturas de Velázquez, es el conjunto mural de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo.
Una de las pinturas de la Ermita de la Vera Cruz de Maderuelo
Se trata de uno de los conjuntos de pintura medieval más valiosos de España. Pintadas en el siglo XII en la ermita segoviana, el conjunto recoge varias representaciones iconográficas bíblicas, como el Cordero Místico, la Virgen María con el Niño, el sacerdote Melquisedec, la creación de Adán, los apóstoles o la Magdalena penitente.
El conjunto se trasladó al lienzo en el año 1947 y se reconstruyó en el Prado disponiendo las pinturas en su posición original.
Una de las pinturas más asombrosas del conjunto en un Pantocrátor sostenido por cuatro ángeles que por su configuración y extraordinaria rareza constituye una obra única en su tipología.
La otra Mona Lisa
La existencia de una Mona Lisa en el Museo del Prado no era ningún secreto. La pintura pertenecía a las colecciones reales desde el año 1666, y formaba parte del conjunto artístico del antiguo Alcázar de Madrid desde el reinado de Felipe IV.
Sin embargo, la pintura se consideraba como una de las muchas copias existentes de la Gioconda de Leonardo da Vinci que se expone en el Louvre de París.
Imagen de la Mona Lisa del Prado
La sorpresa vino con la restauración del año 2011, cuando se le retiró la pintura negra del fondo y quedó a la luz un paisaje muy similar a la de su hermana parisina y con la indudable técnica del maestro florentino.
El estudio técnico realizado con motivo de la restauración, presentado en 2012, terminó de subrayar la importancia de la obra: no era una simple copia hecha por un artista anónimo, sino una copia realizada en el mismo taller de Leonardo realizada al mismo tiempo que se pintaba la Gioconda.
En el Museo del Prado se aclara que esta Mona Lisa tiene una calidad inferior respecto a la original y que carece del característico sfumato que ha hecho célebre a la pintura del Louvre.
Pero lo más interesante es que todas las correcciones presentes en la tabla del Louvre están en la del Prado, y el proceso creativo de la del Prado es idéntico a la del Louvre, lo que demuestra que ambas se pintaron de manera simultánea. No falta, incluso, quien afirma que la del Prado también podría haber salido de los pinceles de Da Vinci.