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Bocados de realidadCésar Wonenburger

El genio de la lámpara va por libre

Dos ejecutivos norteamericanos advierten de que podemos ir ya tarde en la regulación de la IA, mientras Mourinho piensa en su padre y los aburridos magnates de hoy se comportan como amos del universo

La inteligencia artificial plantea nuevos y complejos desafíos a la sociedadLu Tolstova

En las páginas iniciales de Koljós, su nueva, aclamada novela, donde la ficción se entreteje con la propia vida del autor, el escritor Emanuele Carrère suelta: «Formo parte de ese grupo de personas, cada vez más numeroso, que están convencidas de que nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes: el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor…».

Y de inmediato cita como una de las causas previsibles de este aniquilamiento a «la inteligencia artificial, que se nos comerá antes incluso de que nos demos cuenta…»

Puede que a los autores de «novelitas», en su condición de fabuladores, interesadamente exagerados, no se les suela conceder demasiado crédito como médiums. Pero hete aquí lo que estos días acaban de escribir en las páginas del New York Times Greg Jensen y Nir Bar Dea, dos ejecutivos principales de Bridgewater, una próspera empresa que ha invertido cientos de millones en el desarrollo de la IA.

En un artículo firmado conjuntamente, bajo el título de «Creemos en la IA, pero necesita regulación», ambos autores se refieren a los fallos, o fugas, detectados recientemente, que llevaron a algunos de estos modelos a eludir los controles previstos aventurándose a tomar sofisticadas decisiones por su cuenta («una conducta que habría sido considerada como criminal en humanos», señalan ambos).

La base del incidente les sirve a los autores para insistir sobre la urgencia de regular la IA por dos causas fundamentales: en primer lugar, «la necesidad de proteger el trabajo humano logrando que todas las personas puedan recibir una parte del beneficio». Este colosal negocio «se llevará por delante el 18 % de los empleos en EE. UU. durante los próximos cinco años».

Para ello resultaría esencial que, en lugar de ahorrarse impuestos al sustituir a personas por el invento, las empresas paguen gravámenes según el uso de la IA. Esos recursos podrían emplearse en compensar, bien redistribuidos, los daños infligidos en el tejido laboral.

Curiosamente, esto lo proponen dos ejecutivos criados en el capitalismo que se dedican a hacer más rentables las inversiones de las compañías para las que trabajan, no miembros del ala más extrema del actual Partido Demócrata.

Después, consideran que resulta imprescindible prevenir lo que denominan como «una catástrofe tecnológica».

Y ahí es donde se refieren al reciente «escape» que, en el presente, si no se regulan ya las condiciones en las que se desarrollan los modelos en curso, podría llegar a sembrar un caos parecido al de aquella persona que se deja la puerta abierta en una de las cintas de Parque jurásico, propiciando la escapada de varios de aquellos simpáticos animalitos.

«Si no se toman medidas ya, mitigar los riesgos de la IA será casi imposible en la medida en que la tecnología se difumina y los modelos llegan a ser capaces de mejorarse a ellos mismos y actuar de manera autónoma», advierten.

Su conclusión: «Regular la IA de manera agresiva, tan temprano, puede sonar como algo no realista. No hacerlo es inimaginable».

Seguro que nuestros esforzados legisladores están ya pensando en qué medidas adoptar, durante este merecido asueto estival, lo mismo que los gobernantes. Aunque afortunadamente para todos ellos, pueden seguir tranquilamente con sus consejos de libritos y musiquitas varias, pues esto de la IA va poco con ellos.

El país que no inventa se limita a esperar. Las soluciones para asuntos tan complejos como acuciantes, si las encuentran, tendrán que llegar seguramente de otros lugares lejanos, porque tampoco la UE pinta mucho en el diseño del futuro de sus habitantes.

Y bueno, mientras tanto la gente puede entretenerse pensando en cómo lograr un microcrédito para pagar los gastos del desplazamiento para asistir al próximo eclipse, que esa sí es una experiencia bien real, y no las interesadas distopías que pintan cada semana unos cuantos cenizos.

Mourinho y las sombras de la infancia

Consideraba Rilke que la única patria verdadera del hombre se encuentra en su infancia. Del Rosebud de Ciudadano Kane al dueño del ultramarinos que se negó a fiarle una compra más a la madre del avergonzado niño Amancio Ortega, algunos instantes decisivos de los primeros atardeceres de una vida resultan luego determinantes para la forja del auténtico carácter, la voluntad de los sueños por cumplir, el propio destino.

En el interesante documental que Netflix programa estos días, dedicado a la figura de José Mourinho, el entrenador del Real Madrid le niega cualquier valor relevante al tiempo de los veranos interminables en el curso de su heroica trayectoria.

«A mí de Steve Jobs me interesa solamente cómo llegó a lo más alto, lo otro se resume en cinco páginas», llega a comentar para escabullirse de las preguntas que intentan indagar en sus orígenes.

Pero el desmentido, quizá sin que él mismo llegue a advertirlo, se cuela a través de la evocación de la ejemplar figura del padre deportista, caballero del balón, siempre amable y risueño, arquitecto de sólidos diques contra las adversidades (que no le agriaron el carácter), de forma que nunca llegaran a colarse en las comidas familiares, territorio sagrado a salvo de las miserias cotidianas.

Aquel hombre básicamente bueno, al que hasta los rivales destinaban su cariño, recibió por Navidad una de las peores noticias posibles. Sus jefes ni siquiera tuvieron la delicadeza de aguardar a enero para comunicarle el despido: no estaban contentos con los resultados del equipo al que entrenaba, así que habían decidido sustituirlo sin más demora y comunicárselo en uno de los días más especiales del año.

Al imberbe Mourinho aquella afrenta jamás se le olvidó. Y seguramente, haya tenido más peso en el diseño de su posterior biografía que la importancia que le concede a este episodio, relatado como para justificarse de posteriores destemplanzas y algún abuso cometido por él mismo, aunque no lo diga así.

Como si a partir de ahora, cada vez que durante una rueda de prensa ejecuta a un adversario cubriéndolo directamente de improperios, o tirando de ese sarcasmo algo revirado que a veces gasta, todos tuviéramos que recordar aquellas tristes navidades en Setúbal, cuando a aquel pedazo de pan, su principal referencia para la vida, lo pusieron en la calle.

Desde entonces, algo en el interior de aquel chaval, tímido, serio y reservado, debió cambiar para siempre. Aunque prefiera olvidarlo, y restarle cualquier valor, sus sombras lo persiguen.

Los insoportables nuevos magnates

Del documental sobre «the special one» se glosan estos días en la prensa los cotilleos sobre su mala relación con el portero Casillas, un hombre que fuera del ámbito exclusivo de los tres palos da poco juego, salvo para los paparazzi del corazón, que se las ven para seguirle el paso de sus conquistas, mozas todas de Instagram versadas en cremas y bikinazos. Florentino no se equivocaba en aquella comida traicionera: estos tipos casi siempre son lo que parecen.

En cambio, se obvian otros detalles de gran interés. Por ejemplo, el que retrata no solo al poderoso financiero ruso Abramovich, antiguo dueño del Chelsea (¿o aún lo es?), sino a través de su mismo comportamiento a buena parte de los recientes oligarcas, sin la grandeza, la finura, el aplomo o el misterio de otros anteriores, como el viejo Agnelli.

Resulta que un buen día Mourinho recibe una llamada del gerente del club, cuando aún entrenaba al equipo londinense. Abramovich y los amigos invitados jugaban un partido de fútbol en la cubierta de su yate, anclado frente a las bellas costas de Cerdeña.

Como el equipo del amo iba perdiendo en la pachanga, se le requería al entrenador del Chelsea que se desplazara inmediatamente hasta allí, para que pudiera ofrecerle unos valiosos consejos tácticos de modo que lograran la remontada.

No se trataba de ningún chiste: Mourinho se negó pretextando que tenía un entrenamiento de verdad, y el amo se agarró un buen (mal) cabreo.

Apreciando este tipo de conductas, y otras similares de los malcriados podridos de millones que hoy manejan los hilos de la economía mundial, como Zuckerberg, cuyo mayor objetivo consiste en prepararse para combatir como púgil frente a otros magnates o luchadores contratados, parece fácil entender que la IA pretenda escabullirse a la menor ocasión.

Como pronto será más lista que nosotros, acabará tomando el control. Solo esperemos que primero se los meriende a ellos, por idiotas. Antes de encargarse de nosotros, los auténticos imbéciles.