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El escritor Stefan ZweigPaula Andrade

El Debate de las Ideas

La era de la benevolencia patológica

Artículo publicado originalmente en The European Conservative

En la novela de 1939 del escritor austrohúngaro Stefan Zweig, La piedad peligrosa (Ungeduld des Herzens), se puede seguir de cerca la sacudida psicológica que se desata en el alma del teniente Hofmiller después de invitar a bailar a la hija del anfitrión en una reunión social, sin saber que ella es paralítica. Lo que sigue es la «caminata a Canossa» del teniente, cuya principal lección es comprender los diferentes tipos de compasión. A través del teniente, Zweig demuestra que la compasión puede ser, por un lado, activa, racional y genuinamente provechosa. Por otro lado, puede ser débil, sentimental y egoísta: no se preocupa realmente por salvar a la otra persona, sino por apaciguar rápidamente la propia conciencia y evitar la incomodidad de la confrontación. Este tipo de «ostentación de virtudes» acaba llevando tanto a la víctima como al benefactor al desastre.

Nuestra época apenas ha cambiado, ya que actualmente vivimos en el culto a la empatía, que se relaciona con el segundo tipo de compasión descrito por Zweig. Recuerdo por experiencia propia, incluso durante mi época universitaria, que se insistía una y otra vez en que, si no eres empático, no puedes ser un buen profesor, ya que debes ponerte en el lugar del niño. Esto es innegablemente cierto, pero solo hasta cierto punto racional. Hoy en día ni siquiera se puede ser directivo de una empresa sin empatía, ya que se dice que su ausencia perjudica el bienestar en el lugar de trabajo y aumenta la rotación de personal en la organización. De hecho, ahora se espera que incluso la policía sea empática, ya que, según las narrativas progresistas contemporáneas, una persona que comete un crimen suele ser simplemente una víctima de circunstancias sociales como la «opresión sistémica de la supremacía blanca».

Sin embargo, esta es una de las mayores falacias de nuestro tiempo. La empatía es una virtud individual y personal, no una norma de conducta prescriptiva, ni un criterio universal que dicte a toda costa cómo debes ser. Elevada del nivel micro al macro y convertida en la base exclusiva de la toma de decisiones estatales e institucionales, la empatía ilimitada tiene un efecto autodestructivo; esta es la tesis que defiende Gad Saad en su último libro, Suicidal Empathy: Dying to Be Kind.

La saga de la mente parasita

El nuevo libro del Dr. Saad encaja a la perfección con su anterior éxito de ventas, La mente parásita; de hecho, sus premisas fundamentales resuenan continuamente a lo largo de su nueva obra. Suicidal Empathy es una exposición de una de las consecuencias prácticas más graves de las ideologías parasitarias que infectan las instituciones y universidades occidentales. Una vez que el sistema inmunológico intelectual de la sociedad ha sido desmantelado por esos «virus mentales» (como el posmodernismo o la cultura de la victimización), y la victimización percibida se ha establecido como el criterio moral último, el «huésped» infectado es obligado a reaccionar con una empatía autodestructiva.

El precio de este proceso es a desaparición de cualquier referencia a los hechos y la ciencia, que son sacrificados en nuestros días de forma habitual en aras de la sensibilidad ideológica. El libro demuestra de forma brillante cómo las instituciones de poder modernas (incluyendo los medios de comunicación) y el mundo académico obligan a las personas a negar sus propias experiencias racionales y sus mecanismos básicos de defensa biológica, simplemente para parecer empáticas y socialmente aceptables.

Tras leer estas líneas, el lector podría pensar, con razón, que el libro de Saad encaja a la perfección en la clásica corriente de pensamiento spengleriana sobre el declive de Occidente. La fórmula y su desenlace parecen, a primera vista, predeterminados: Occidente es malo, perecerá y no hay solución. En cuanto a su diagnóstico, el libro encaja naturalmente en este marco intelectual. Sin embargo, su conjunto de herramientas analíticas para abordar el problema difiere significativamente de las interpretaciones que intentan explicar la crisis de la civilización occidental mediante terminología económica, demográfica o geopolítica. Como psicólogo evolutivo, Saad aborda la cuestión desde la perspectiva de la psicología política, planteando una tesis lógica pero provocadora: en las sociedades occidentales modernas, la empatía se ha desvinculado de la racionalidad, pasando de ser un motor de cohesión social a convertirse en un instrumento de autoliquidación de la civilización.

La empatía como arma política

Una premisa fundamental de la psicología evolutiva es que la empatía es un mecanismo adaptativo. Su propósito evolutivo era garantizar la supervivencia de la comunidad más cercana, la familia y la tribu: una red emocional que aseguraba la interdependencia. Según Saad, las emociones nos ayudan a resolver grandes problemas evolutivos. Un elemento crucial de esta clave para la supervivencia es recurrir a nuestras emociones de forma adecuada a cada situación. Esto es válido tanto para las emociones positivas como para las negativas, ya que cualquiera de ellas puede llevarnos a error en determinadas circunstancias. Dado que la empatía se sitúa en el extremo positivo, aplicarla en el momento equivocado, en el lugar equivocado y en el grado equivocado conduce a la confusión o, en términos psicológicos, a la desregulación emocional y al engaño.

Las narrativas políticas actuales utilizan la empatía como arma. Cualquiera que apele a la razón, a la sostenibilidad o a los intereses a largo plazo de la comunidad —en contraposición a las quejas, reales o percibidas, de un grupo de víctimas momentáneo— queda inmediatamente desacreditado moralmente. Así, la empatía deja de ser una virtud y se convierte en una herramienta de chantaje ideológico. A continuación, el autor recurre a ejemplos concretos de Estados Unidos para demostrar cómo se manifiesta esto en la comunicación política contemporánea. Saad señala la represión sistémica: las opiniones racionales que no se subordinan a la empatía obligatoria son ahora etiquetadas de forma rutinaria por la corriente dominante como obra de «desinformadores». Además, la propia etiqueta de «falta de empatía» se ha convertido en un arma en sí misma, pasando a ser una de las herramientas más eficaces de estigmatización social y política.

El libro recoge situaciones absurdas en las que la realidad queda totalmente eclipsada por esta «ostentación de virtudes». En este marco distorsionado encaja el hecho de que a las personas con obesidad grave se les inculque la idea de que la gordura es bella y que los pliegues de grasa son saludables, todo ello con el único fin de no herir sus sentimientos. El mismo enfoque autodestructivo prevalece cuando se exige una comprensión incondicional hacia grupos demográficos que suponen un peligro para la sociedad: según la corriente dominante, debemos mostrar empatía hacia las personas que hacen que los espacios públicos sean inhabitables o incluso hacia los delincuentes que irrumpen en los hogares. Si el autor del delito es una persona de color nacida en un supuesto «entorno opresivo blanco», entonces hay que actuar con empatía, ya que se considera que esa persona ya ha sido penalizada por la sociedad, lo que significa que su comportamiento delictivo puede relativizarse instantaneamente.

Los límites del determinismo biológico

Si bien el enfoque naturalista de Gad Saad resulta muy eficaz para su argumentación, no considera uno de los pilares fundamentales del pensamiento clásico: el orden moral trascendente. Si rechazamos la empatía autodestructiva únicamente por el hecho de que no resulta beneficiosa desde el punto de vista evolutivo, corremos el riesgo de perder de vista la dimensión espiritual del sistema de valores judeocristiano que durante tanto tiempo ha garantizado el equilibrio de la civilización occidental —un aspecto profundo que simplemente queda fuera del alcance del análisis—.

Una vía de salida de la autodestrucción

A pesar de todo ello, al final del libro, el Dr. Saad formula unas pautas prácticas e intelectuales para defendernos de la «empatía suicida». Nos advierte de que debemos resistirnos a la gratificación moral inmediata —el «subidón de dopamina de la empatía»— y no dejar que casos aislados y conmovedores nos impidan ver la realidad estadística y biológica. A la hora de tomar decisiones, debemos tener siempre en cuenta las consecuencias sociales a gran escala, evitar el sesgo de la falsa igualdad y exigir reciprocidad; de lo contrario, nos convertiremos en víctimas de relaciones unilaterales y parasitarias. La empatía no es un derecho universal: debemos elegir sabiamente a quiénes la dirigimos, rechazando la postura cómoda de mantenerse al margen para evitar conflictos.

En conclusión, Suicidal Empathy es una llamada de atención implacable, pero absolutamente necesaria, para el mundo occidental. No nos insta a volvernos insensibles, sino a garantizar que la empatía —ese rasgo humano intrínsecamente noble— vuelva a guiarse por la razón y los hechos. Como resume Saad en sus observaciones finales, la empatía adaptativa es una noble virtud, pero la empatía suicida es fatal. Tanto a nivel social como institucional, debemos encontrar el valor para establecer límites frente a la exhibición patológica de «virtudes», ya que las meras buenas intenciones por sí solas no nos eximen de consecuencias catastróficas.