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David Cerdá

Barbero del Rey de Suecia

Filósofo enamorado

David Cerdá es un filósofo muy atento a la actualidad profunda. Como tiene formación económica, detecta lo que más necesita nuestro tiempo y se lo ofrece, ya sea una ética del honor, una defensa de la verdad o, ahora, el amor conyugal. Ha titulado el libro, sencillamente, Amar para siempre. Lo ha publicado Rialp.

Es un ensayo puro, sin concesiones a la autoficción o a la autorreflexión, salvo algunos mínimos guiños personales, apenas los imprescindibles. Más ética que lírica. Esta cita de sir Roger Scruton da una idea del tono de exigencia general: «El principal acicate para la bondad humana es el deseo de estar a la altura de las exigencias de una persona que nos importa más que nosotros mismos». Aunque cita a poetas (gracias) y muchas letras de canciones y películas y novelas, lo hace porque sabe que el clima sentimental de un tiempo lo modelan su lírica y su narrativa. Él se atiene, con total honestidad, a su papel de ensayista.

Ahora bien, es un filósofo enamorado. Valga la redundancia: la propia etimología nos dice que el filósofo es el que ama la sabiduría. Eso explica su preciosa definición de amor: «El amor es, en sí, el más intenso empeño de conocer que existe». No hace concesiones a la galería sentimental. Explica: «El amor no es emocional, sino ético. No existe la emoción «amar», sino muchas emociones que, cuando se yuxtaponen, producen la conclusión «te amo»».

Pero no confundamos con frialdad lo que es amor: amor a la verdad. Esto no se lo diríamos al oído a nuestro cónyuge en una cena romántica, desde luego, pero es una lección imprescindible para sostener esas cenas a lo largo de toda una vida: «Es harto improbable que la persona que elegimos amar sea objetivamente la única con la que ese gran amor sería posible. No es que valga cualquiera, ni mucho menos; pero, más que hallar lo singular, singularizamos amando». No es lo más romántico, no; pero es verdad, y eso es lo que importa al filósofo. Y, cuando uno lo piensa, es bellísimo.

¿Hay un exceso de citas, como, por ejemplo, tantas de una admirable Eva Illouz? El autor se pone la venda antes de la herida: «Lo que puede esperar entonces quien lea estas páginas es que yo le prepare un fastuoso concierto de voces al que trataré de aportar estructura y ritmo, sin olvidar la melodía». Pero luego no hay herida: Cerdá cumple su promesa de aportar melodía, ritmo y estructura, y las citas son muy de agradecer.

Para que no nos durmamos en los laureles, el autor muestra a veces una impaciencia con los tópicos del tiempo, que despacha como don Quijote los cueros de vino. Lanza afirmaciones muy tajantes. «Los adalides de la variedad son unos pardillos, porque el precio a pagar es siempre la superficialidad» o «El frío cálculo de beneficios y costes ha colonizado nuestra mirada amorosa». Arremete contra los románticos, contra los calculadores, contra los sexualizadores, contra los idealistas, contra el crush, etc. El filósofo está dotado para el epigrama, así como para la imagen y para el ejemplo. Podría haber empatizado más con las relaciones difíciles y la colorida casuística; pero él está en insuflar ánimos. Explica Coontz: «En todas partes el matrimonio se ha vuelto más optativo y frágil». Responde Cerdá: «Es, por tanto, el momento de echarle arrestos».

El filósofo hace gala de un extraño optimismo epocal (pone grandes esperanzas en la igualdad entre los sexos, en la democratización, en el trabajo de ambos cónyuges), pero, como él mismo reconoce, son esperanzas por ahora defraudadas. No es una contradicción. Cerdá no quiere escribir un texto novelesco ni una utopía ni una elegía de tiempos pasados. Pretende que amemos para siempre desde ya o, como diría Antonio Machado: «Hoy es siempre todavía». Para ello nos ha dado un libro que es, ante todo, un instrumento utilísimo. Nada hay más práctico que una buena teoría. Desmonta tópicos, dinamita determinismos, propone ideales realizables y despliega un auténtico arsenal de ideas propias y ajenas al servicio del amor posible e inoxidable. Aquí recojo un ramillete.

W. H. Auden: «Soy amado, luego existo»

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Si hablamos del ser humano, justo es decir que no es el deseo, sino los deseos; hay muchos.

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Helen Fisher, en Anatomía del amor: «El animal humano no está preparado para vivir pegado a su pareja las veinticuatro horas del día» por razones antropológicas relativas a la estructura de la caza y las labores de recolección.

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La teología medieval sostuvo que los esposos que se excedían en el mutuo cariño incurrían en un pecado de «idolatría».

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Ni soy capaz de dar eso a más de una ni creo que nadie merezca un gramo menos que eso. [Eso es: la dedicación, las conversaciones, el apoyo vital y la intensidad sentimental, el regalo de la verdad, mi hombro, mi pecho, mi admiración […] una familia.]

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Malcolm Potts y Roger Short: «El amor y el matrimonio son una mezcla curiosamente admirable de naturaleza y educación que liga a un par de extraños íntimos».

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Claude Anet afirma que tenemos que estar agradecidos al hombre por lo que ha hecho del amor. «La Naturaleza nos lo legó en forma de un acto animal puramente fisiológico. Pero nosotros lo hemos desarrollado hasta una rica complejidad». […] Esto se echa en falta en los deterministas de la naturaleza: orgullo civilizatorio.

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El amor que incesantemente se crea y es proyecto escogido es, en cambio, una proeza moral, estética y sentimental sobrecogedora.

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W. H. Auden: «Cualquier matrimonio, feliz o desgraciado, es infinitamente más interesante y significativo que cualquier aventura amorosa, por apasionada que sea».

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Como dice Denis de Rougemont en El amor y Occidente, hay demasiada gente enamorada del amor.

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Captar la singularidad del otro es enamorarse; crear esa singularidad es amar.

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Agatha Christie: «Cuando ves a las personas hacer el ridículo es cuando te das cuenta de lo mucho que las quieres».

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W. H. Auden: «Si un afecto igual no es posible/ que sea yo quien más ame».

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La idea de que existen infinitas posibilidades minusvalora lo que tenemos.

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Amar es el acto atencional por naturaleza.

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La sexualidad ha pasado de reprimida a totalitaria.

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Italo Calvino en El barón rampante: «Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad nunca se había conocido. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aun habiéndose conocido siempre, jamás se había podido reconocer así».

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Kierkegaard: «Lo trágico es que dos seres que se aman no se comprendan y lo cómico es que, sin comprenderse, se amen».

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Desear es un trabajo para el espíritu.

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Cantar de los Cantares: «Grábame como sello en tu corazón, / grábame como sello en tu brazo,/ porque es fuerte el amor como la muerte/ … /Las aguas caudalosas no podrán/ apagar el amor,/ ni anegarlo los ríos».

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La disyuntiva entre complementariedad y semejanza es una suerte de tango que bailan las parejas.

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Tim Kreider: «Si queremos la recompensa de ser amados, tenemos que someternos a la mortificante prueba de ser conocidos».

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Queremos excitación y tranquilidad, seguridad y aventura, que nos conozcan y nos descubran, que nos sorprendan y saber a qué atenernos, intimidad profunda y tener nuestro espacio, sensibilidad y fuerza, fragilidad y firmeza, bohemia y la despensa llena, un amigo y un amante, un compañero que solo nos mire a nosotros y un padre para nuestros hijos; queremos demasiadas cosas y algunas de ellas son difícilmente compatibles.

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Perdonar es olvidar recordando.

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Un duelo a muerte con el amor propio en defensa del amor compartido.

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Menos coaches y más amores. […] Nuestro amor, antes que un proyecto de felicidad, es una aventura de perfeccionamiento. […] Al final va a resultar que necesitamos más amor y menos másteres.

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Nos quedamos en nada sin nuestras consagraciones. […] Escribe Joseph Campbell en El poder del mito: «El matrimonio no es un simple amorío, es una ordalía, y la ordalía es el sacrificio del ego».

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Ser antimercado es una cosa bastante tonta; en cambio, ser antimercadeo es tan sabio como justo.

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John Wilmot, segundo conde de Rochester: «Antes de casarme tenía seis teorías sobre cómo educar hijos. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría».

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La madre de todas las daciones que puedan ofrecerse a un hijo: un modelo valioso de hogar.

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Si tuviera que elegir un rasgo común de las malas personas con las que me he topado en mi vida sería este: es gente que no admira.

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Como decía Shaw, el amor es una burda exageración de la diferencia entre una persona y todas las demás. De eso se trata, de que exageremos.

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Que el amor no se consiga a menudo no lo refuta, sólo refleja la distancia que hay que salvar para lograrlo, y la magnitud del triunfo de quienes lo coronan.