El amigo y rival de Joselito apareció en su época en la portada de la revista Time. Hasta allí llegó su fama impulsada por la admiración natural de los intelectuales españoles por las formas nuevas (otra vez la modernidad de hace un siglo) de la joven y particular estrella absoluta del toreo. A «El Pasmo de Triana» le adoraba Valle-Inclán y a este le seguía Ramón Pérez de Ayala como le pintó Romero de Torres y le escribió versos Gerardo Diego. De novillero y desde novillero. Contaba el «torerillo semianalfabeto» que no sabía por qué se sentía más a gusto entre «aquellas gentes, tan distintas de mí», que entre cualesquiera otras, del mismo modo que no comprendía el porqué de la admiración que despertaba por quedarse quieto por primera vez delante de un toro: el «parar, templar y mandar» que revolucionó la tauromaquia, cuya historia contó Chaves Nogales para la posteridad.